EL ROCK, COMO TODO LLANTO

La despedida al Indio Solari, un funeral político

Por qué el adiós al último héroe popular fue una manifestación artística colectiva que golpea a Milei. Claves de una misa en paz con un millón de fieles en el conurbano tan denostado.

Ahí estaba el truco argentino. En la comunidad, en el abrazo, las lágrimas compartidas, las canciones que todo lo narran, el rock, la rebeldía, el cuidado colectivo. Todo había quedado olvidado en los cajones de una sociedad que apenas tiene tiempo para sobrevivir y parece indolente, que camina resignada. La partida del Indio Solari lo trajo de regreso, lo hizo florecer para volver a incomodar.

“Gracias al Indio abrí el diccionario”. Una voz quebrada suena a la salida de la capilla ardiente instalada en un polideportivo de Villa Domínico. En el conurbano bonaerense, bajo un cielo plomizo, un laburante llora y cuenta cómo unas letras enredadas cultivaron un destino que se había imaginado rústico.

Afuera se acumulan kilómetros de fila. Los de los barrios, los marginados, los rebeldes, los llamados a resistir, peregrinan para exorcizar la pérdida colectiva. Una chica dice que el Indio “hizo bailar a los filósofos y leer a los ladrones”. Parece una síntesis perfecta. Pero hay muchas más. Los que hablan de horizontes abiertos, de sueños encendidos, de los dolores atravesados con canciones. Otros cantan, lloran, se abrazan, agitan banderas, evocan tiempos mágicos, traen recuerdos de juventud, de épocas agrias transformadas en convicciones. Hablan de lecturas, de poesía, de amor, de pérdidas, llaman a honrar un legado.

El pueblo ricotero marcha hacia la despedida y no pierde la línea. La familia del Indio marcó el rumbo. “No será el momento de sacar la rabia, ni de caer en provocaciones, sino de estrechar los lazos entre nosotros, cuidándonos como él nos pidió siempre. Caminaremos y seremos pacientes, mientras compartimos canciones hasta llegar a su encuentro”, escribió en sus cuentas de redes oficiales. Sabe de las sospechas, comprende los riesgos.

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La negación de Javier Milei

El gobierno de Javier Milei no quiso hacerse cargo del adiós. Le negó los honores, el duelo, la Casa Rosada y el Congreso de la Nación. Agitó por razones partidarias el rechazo al ídolo popular. A Martín Menem, el presidente de la Cámara de Diputados, le había llegado el pedido para que habilitara el espacio para la despedida. Adujo cuestiones de seguridad y se negó. El jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, tampoco habilitó la organización de la despedida en los clubes de fútbol de la Ciudad.

Unos y otros imaginaron la despedida del Indio entre incidentes y desmanes. Los prejuicios anunciaron barbarie. El viernes, mientras seguía la indefinición sobre el lugar que pudiera ser capaz de albergar tantas almas en pena, la televisión acumuló horas de intentos por descifrar a una tribu que empezaba a reunirse sin coordenadas definidas. Hubo tensiones entre fanáticos y cuerpos policiales que, siguiendo el clima de época, pusieron en marcha movimientos represivos.

Pero en los móviles aparecieron, también, las reflexiones más profundas, vocablos en desuso mezclados con las manifestaciones políticas previsibles para cualquiera que haya gritado como propio el manifiesto ricotero sin necesidad de esperar a que el artista se autodefiniera como un peronista devenido en kirchnerista. Con naturalidad, la despedida del último héroe popular se convertía, de a poco, en una manifestación artística en sí misma, contraria a la esencia del individualismo mileísta.

velorio del Indio Solari

Una despedida a la altura del mito

Por cuestiones ideológicas, por temor o por incompetencia confesa, el Gobierno nacional se autoproclamó prescindente y Axel Kicillof, Máximo Kirchner y el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, retomaron el diálogo interrumpido por las internas y se cargaron la responsabilidad y el riesgo inmenso de la organización de un evento histórico.

En la cuna del peronismo, prepararon y coordinaron un operativo que estuvo a la altura del acontecimiento que congregó a un millón de personas, sin que se registrara un solo incidente. En el conurbano tan denostado reinó la civilización y no fue casual. La organización supo entender quiénes iban a peregrinar a la última misa y descifrar la mejor forma de acompañar a la multitud para que todo transcurriera en paz.

Por cuestiones generacionales, de una juventud forjada al calor de la década menemista, tocó que fueran funcionarios de pasado y espíritu ricotero los que tuvieran a cargo el armado de la peregrinación. De esa historia haya salido, tal vez, el acierto que resultó la decisión de mantener a la Policía Bonaerense lejos de los dolientes.

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Fueron los bomberos, defensa civil y trabajadores del Gobierno de la provincia de Buenos Aires o militantes de La Cámpora con pecheras del Indio los que condujeron, acompañaron y orientaron en todo momento a los asistentes y los contuvieron incluso afectivamente y con abrazos a lo largo de kilómetros, mientras el helicóptero policial custodiaba desde el cielo. No hubo infantería, palos, gases ni escudos.

Una chispa pudo haber encendido un fuego, una falla pudo haber sido letal para Kicillof, embarcado en su proyecto presidencial. Pero la apuesta por lo colectivo salió tan bien que hasta encontró un reconocimiento en toda la dirigencia política y en la Casa Rosada.

A Milei le llegaron todas las facturas juntas. Durante tres días, la televisión se convirtió en una cadena nacional opositora. Salieron al aire críticas feroces al Gobierno, reproches, reclamos.

Afloró una Argentina olvidada. No hubo escenas de caos ni represión. Hubo llanto, emoción, un dolor compartido, una despedida ahogada bajo la lluvia, sentido de pertenencia, de comunidad. De pronto, lo colectivo volvió a brillar.

El funeral del Indio Solari 
La muerte del Indio Solari: de la misa ricotera a la batalla cultural

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