La Argentina cancelada y la máquina de hacer quilombo
¿Es posible encontrar la medida justa de las cosas en el multiverso global de la sobreinformación y las verdades de diseño? Un miércoles lleno de preguntas.
Frente a todo esto, el miércoles se me llenó de preguntas.
¿Será una novedad?
¿Será tan grande la ola?
¿Será la espuma que sube siempre cuando acontecimientos masivos, superpopulares e internacionales agitan los ardores de pasiones que mezclan los chorizos y la velocidad en un caldo siempre tóxico?
Antes, cuando no veíamos la cantidad de cosas que vemos ahora, ¿no lo veíamos?
¿El consumo constante, compulsivo de tanta información, de la buena y de la mala, nos permite tomar real dimensión de las cosas o las termina sobredimensionando y, entonces, distorsionando, creando ficciones de la realidad?
¿Esta pulsión que nos empuja a usar las plataformas de expresión que tenemos 24/7 al alcance literal de nuestras manos, a pronunciarnos sobre todo –es lícito inscribir estas líneas en esa tendencia- y a zambullirnos en todas las reyertas que se nos cruzan por el camino (sufrimos el "miedo a perdernos algo" -FOMO, por la sigla en inglés-, incluso alguna buena pelea) termina cebando aquellas pasiones?
¿Conspira para exaltar nuestros prejuicios y nuestras fobias, presas de la manipulación del algoritmo, que nos calienta la cabeza construyéndonos el mundo que queremos ver –los aliados y los enemigos que queremos tener-?
¿Sobrecarga y sobredramatiza nuestras discusiones?
¿Cava más hondo y arma hasta los dientes nuestras trincheras?
¿Convierte los sustratos donde antes se guarecían nuestras mayores miserias -esas cuya exposición reservábamos para las sobremesas de los asados, como detonaciones controladas que minimizaban los daños- en hechos sociales de altísimo poder destructivo y consecuencias impredecibles?
¿Son carne de esa máquina centrífuga de hacer quilombo y multiplicarlo al infinito, como parece demostrar la cancelación global de la Argentina, y terminan de darles a las escaramuzas entidad de conflictos políticos y hasta institucionales y diplomáticos, intelectuales, dirigentes políticos, funcionarios de gobierno, medios mundialmente reconocidos y hasta artistas candorosas como la superestrella española Rosalía, que se subió a la moto del odio sin querer queriendo y tuvo que salir a pedir perdooonnnn, acaso después de recordar que tiene sold out sus próximos shows en Argentina?
¿Cuál será, entonces, la verdadera medida de las cosas en este multiverso infernal de la sobreinformación y la ultraexposición?
¿Cómo podemos diferenciar la verdad de las infinitas construcciones de verdades de diseño o, en el mejor de los casos, de realidades aumentadas artificialmente?
O sea, ¿cómo hacemos para encontrar la medida justa de las cosas?