La catedral metropolitana volverá a ser, este 25 de mayo, algo más que el escenario de una tradición patria. Frente a Javier Milei y la primera línea del poder libertario, el arzobispo porteño Jorge García Cuerva pronunciará una homilía que combinará tres ejes: deterioro social, fractura política y crisis de integración en los barrios populares.
No será un mensaje improvisado ni aislado. García Cuerva construye desde hace meses una narrativa pastoral sostenida sobre la misma preocupación: una Argentina donde baja la pobreza estadística pero crece la intemperie social; donde el ajuste económico convive con niveles alarmantes de precarización; y donde el tejido comunitario aparece atravesado por la violencia, el narcotráfico y la lógica del descarte.
El trasfondo conceptual de ese planteo quedó explicitado en la reciente exposición de Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, durante la última Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA). Allí se presentó el documento "Argentina: una sociedad en crisis de transición. Bajó la pobreza, pero no se siente", que impactó especialmente entre los obispos por una conclusión incómoda para el oficialismo: la mejora macroeconómica no se traduce todavía en bienestar concreto para amplios sectores sociales.
El informe advierte que más del 55% de las personas ocupadas trabaja en la informalidad, que se expandió el cuentapropismo y que persisten problemas estructurales como inseguridad alimentaria, deterioro psicológico, dificultades de acceso a la salud y déficit de integración infantil. La frase que más resonó entre obispos y sacerdotes fue otra: la caída de la pobreza oficial no refleja plenamente las condiciones de vida de los hogares.
Ese "mapa invisible" de la pobreza es el que García Cuerva probablemente lleve al púlpito del tedeum.
Un párrafo para el alcalde porteño
El arzobispo no habla desde una abstracción doctrinal. Su construcción pastoral tiene anclaje territorial. El pasado domingo, durante la misa por el aniversario del asesinato del sacerdote Carlos Mugica en la Villa 31, volvió a exhibir cuál es el núcleo de preocupación de la Iglesia.
Allí criticó el operativo "Tormenta Negra" desplegado por el gobierno porteño de Jorge Macri en villas y asentamientos, y resignificó el nombre del procedimiento policial con una frase que en ambientes eclesiásticos ya leen como anticipo del tedeum: "Tormenta negra se llama el narcotráfico; tormenta negra se llama la falta de trabajo; tormenta negra se llama cuando el Estado se retira".
La frase condensa una visión social y política completa. Para García Cuerva, el problema de los barrios populares no puede abordarse únicamente desde la seguridad. La Iglesia insiste en que el repliegue estatal, la pérdida de empleo formal y el avance narco forman parte de un mismo fenómeno de desintegración urbana y comunitaria. En la lógica pastoral del arzobispo, la marginalidad no se combate sólo con patrulleros: requiere presencia social, escuela, trabajo, clubes, parroquias y urbanización.
Por eso, en la catedral, Milei probablemente vuelva a escuchar una apelación directa a los "descartados" del sistema económico, categoría típicamente bergogliana que García Cuerva utiliza con frecuencia para hablar de jubilados, personas en situación de calle, jóvenes atrapados por consumos problemáticos y familias expulsadas del mercado laboral formal.
El legado de Francisco y la cultura del encuentro
Desde su llegada al arzobispado porteño, García Cuerva se consolidó como el principal intérprete argentino de la doctrina social y política del papa Francisco. Esa identidad pastoral quedó expuesta en todos sus grandes discursos públicos y especialmente en los tedeum frente al gobierno libertario.
El año pasado, delante de Milei, habló de "las manos sucias del egoísmo y la indiferencia", cuestionó el odio como método político y reclamó políticas públicas urgentes para evitar daños sociales irreversibles. "No podemos hacernos los tontos", lanzó entonces en referencia al costo humano del ajuste.
Este año, la prédica parece orientarse a profundizar ese mismo camino, con una novedad: la preocupación creciente de la Iglesia por la fragmentación política y social. En las últimas semanas, García Cuerva volvió repetidamente sobre el concepto de "cultura del encuentro", uno de los ejes centrales del pontificado de Jorge Bergoglio. Lo hizo tras los homenajes al papa fallecido, cuando cuestionó a la dirigencia por no ser "capaz de sentarse en el mismo banco de una iglesia".
La escena que irritó al arzobispo fue la del primer aniversario de la muerte del papa Francisco, cuando la misa principal en la basílica de Luján quedó atravesada por la interna política. Victoria Villarruel no asistió a la ceremonia tras considerar que el acto estaba "politizado".
Fuentes eclesiásticas consultadas por Letra P admitieron su malestar: el pedido de la Iglesia para evitar gestos partidarios, dijeron, "cayó en saco roto". Para García Cuerva, ese episodio funcionó como síntoma de algo más profundo: una dirigencia encerrada en trincheras identitarias, incapaz de construir mínimos espacios comunes.
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Axel Kicillof y Manuel Adorni en el homenaje al papa Francisco
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Por eso no sería extraño que el próximo lunes reaparezca en la catedral el vocabulario que ya utilizó en el último tedeum: odio, descalificación, "haters", violencia verbal y terrorismo de redes. En la mirada del arzobispo, la degradación económica y la degradación del vínculo social son procesos inseparables.
Un mensaje incómodo para la Casa Rosada
En el entorno libertario descuentan que el tedeum no será una ceremonia amable. No lo fue desde la llegada de García Cuerva. Con ese antecedente, en las vísperas, Milei envió al canciller Pablo Quirno, a la ministra Sandra Pettovello y al flamante secretario de Culto y Civilización, Agustín Caulo, para intentar moderar el tono del mensaje patrio.
El vínculo entre la Iglesia y el gobierno de Milei transita una convivencia tensa pero pragmática. La Casa Rosada evita confrontar abiertamente con el Episcopado, mientras la Iglesia procura no quedar atrapada en la polarización política. Sin embargo, las diferencias sobre el diagnóstico social son evidentes: mientras el oficialismo enfatiza la desaceleración inflacionaria y la baja de la pobreza medida por ingresos, la Iglesia insiste en describir un escenario de sufrimiento persistente en los territorios populares.
Ese contrapunto probablemente atraviese el corazón de la homilía. El planteo eclesiástico no apunta sólo a cuestionar indicadores económicos, sino a advertir sobre las consecuencias sociales y culturales de un modelo que, según entienden en el Episcopado, corre el riesgo de naturalizar la exclusión. En ese marco, la situación de jubilados, personas con discapacidad y habitantes de calle aparece como uno de los focos más sensibles.
La reciente declaración de la Pastoral Social platense reforzó esa línea: personas mayores obligadas a elegir entre medicamentos y alimentos, desfinanciamiento de prestaciones para discapacitados y criminalización de quienes viven en la calle. "La seguridad social no es un privilegio, es un derecho", sostuvo el documento. Ese lenguaje, profundamente atravesado por la doctrina de Francisco, seguramente vuelva a escucharse en la catedral.
El rito político que nadie puede esquivar
Desde tiempos de Bergoglio, el tedeum dejó de ser una ceremonia protocolar para convertirse en una instancia de interpelación política. Néstor Kirchner lo entendió rápido y decidió mudarlo al interior del país durante años para evitar homilías incómodas. Cristina Fernández de Kirchner hizo lo mismo. Mauricio Macri y Alberto Fernández volvieron a la catedral. Milei también eligió sostener la tradición.
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Jorge García Cuerva en el tedeum
Captura de redes
Pero la liturgia del 25 de Mayo tiene una particularidad: el Presidente no controla el mensaje central. Y García Cuerva parece decidido a utilizar nuevamente ese púlpito como caja de resonancia del "clamor social" que la Iglesia dice escuchar en parroquias, comedores y barrios populares.
La escena final probablemente vuelva a mostrar el contraste entre el discurso eclesial y el clima político argentino. Un arzobispo hablando de fraternidad, integración y encuentro; una dirigencia atrapada en la lógica de la confrontación permanente. Con el mapa de la pobreza, la precarización y el desgaste social sobre la mesa, García Cuerva prepara una homilía que buscará incomodar al poder sin romper el diálogo. Como hizo Bergoglio durante años. Como viene haciendo él desde que heredó la catedral porteña.