León XIV completará en noviembre una gira sudamericana que expondrá tres vínculos con la política muy distintos: la distancia doctrinal con Javier Milei, la cordialidad con matices de Yamandú Orsi y el nudo biográfico con Keiko Fujimori, hija del expresidente cuyos abusos el propio papa denunció como sacerdote en Chiclayo, durante los años noventa, en plena guerra interna y régimen autoritario.
Para el pontífice, la gira de noviembre (diez días en Perú, tres en Argentina y uno y medio en Uruguay), que el Vaticano aún no confirmó oficialmente, no es una excursión a terrenos neutrales. Se sentará frente a tres presidentes que representan tres relaciones distintas con la Iglesia y, en el caso peruano, con la propia biografía episcopal de Robert Prevost.
No es un dato menor: el primer papa agustino de la historia conoce a fondo el suelo que pisará, porque en dos de los tres países que visitará tuvo, en algún momento, un rol activo en las tensiones que ahora deberá gestionar como pontífice.
Javier Milei: desaire protocolar y una encíclica que incomoda
Con Milei, el vínculo es correcto pero frío. El propio León XIV lo recibió en el Palacio Apostólico en junio de 2025, en una audiencia que marcó una relación transitada por carriles institucionales, muy distinta a la cercanía informal que el papa Francisco supo tener con dirigentes sociales del arco kirchnerista y también con referentes libertarios.
Fiel a la Escuela Austríaca de Mises de Friedrich Hayek y Murray Rothbard, Milei no es automáticamente antagónico a la Doctrina Social de la Iglesia en materia de propiedad privada, pero choca de frente con ella en la cuestión distributiva y en el rol del Estado frente a la pobreza.
El presidente Javier Milei y el papa León XIV
Vatican Media
Ese choque tiene, además, un capítulo protocolar pendiente: desde que asumió, Milei nunca recibió a las autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), que encabeza el arzobispo Marcelo Colombo, ruptura de una costumbre que atravesaba gobiernos de cualquier signo político.
En paralelo, el Presidente profundizó sus vínculos con el mundo evangélico vernáculo e internacional -recibió a Franklin Graham- y con el judaísmo, incluida una audiencia con el gran rabino sefardí de Israel, en un desplazamiento hacia interlocutores no católicos que no pasa inadvertido puertas adentro del Episcopado.
El punto de mayor fricción de cara a la visita, sin embargo, es más reciente y más específico: Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, que advierte sobre el poder, la guerra y la necesidad de una regulación global de la inteligencia artificial, un terreno en el que las diferencias de fondo entre la Casa Rosada y la Doctrina Social de la Iglesia son explícitas. El entusiasmo presidencial por la gira convive, así, con una agenda vaticana que lo interpela directamente.
Orsi: laicidad sin ruptura, tensión por la eutanasia
Orsi encarna la laicidad más estricta de la región, pero sin la hostilidad hacia lo religioso que a veces se le atribuye a la izquierda uruguaya. Fue monaguillo de niño, se distanció después y su gestión volvió a acercarlo tanto al culto católico como a otras religiones. Su fórmula es clara: reivindica la separación entre Iglesia y Estado como una de las características más saludables del país, pero distingue esa laicidad de un laicismo negador de lo religioso.
El vínculo institucional con el Vaticano es, en ese marco, cordial: Orsi ya adelantó que espera la confirmación de la visita de León XIV a Uruguay, con foco en políticas sociales y educativas, en sintonía con lo que dialogaba con Francisco. Sin embargo, hay una fisura reciente y significativa.
León XIV recibió a Orsi en el Vaticano y conversó con él sobre "cuestiones de carácter ético y el problema demográfico" apenas dos días después de que el Senado uruguayo aprobara la ley de eutanasia, un tema en el que la posición del Frente Amplio y la de la Iglesia son frontalmente opuestas. Es la tensión clásica entre agenda ética y Estado laico, sin quiebre personal de por medio.
Fujimori: el nudo biográfico
El vínculo con el episcopado peruano será, de los tres, el más cargado, porque no se agota en lo institucional. Keiko Fujimori, presidenta electa, representa un liberalismo conservador en lo económico -shock desregulatorio, disciplina fiscal, independencia del Banco Central- y un anclaje social en sectores católicos y evangélicos conservadores: se casó en 2004 en una boda oficiada por el cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, el purpurado más confrontado históricamente con la línea social que representó Jorge Bergoglio y continúa Prevost.
Pero el verdadero nudo tiene nombre y apellido: Alberto Fujimori. Prevost no llegó a Chiclayo como obispo hasta 2015, pero vivió el fujimorismo desde adentro, como misionero agustino y párroco en Trujillo durante los años noventa. Impulsó activamente la recolección de firmas para crear la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que determinó más de 60.000 personas muertas en el conflicto interno, y participó en protestas contra los abusos del régimen bajo el lema paulino "si quieres la paz, trabaja por la justicia".
Un joven Robert Prevost encabeza protesta social en tiempos de Alberto Fujimori
Captura de redes
El momento de mayor tensión llegó ya como obispo: en 2017 repudió el indulto a Alberto Fujimori y fue más allá de la condena genérica, al reclamarle públicamente que pidiera perdón personal por las injusticias por las que fue juzgado y sentenciado. Es ese mismo hombre, actual pontífice, quien será recibido por la hija de aquel presidente como jefa de Estado.
A esa carga se suma un pendiente concreto: el caso Sodalicio de Vida Cristiana, cuya disolución impulsó Prevost y Francisco firmó días antes de morir, con colectivos de víctimas que reclaman que la visita no se reduzca a un encuentro protocolar.
La variable poselectoral
El propio calendario de la gira confirma que en el Vaticano se leyó la elección peruana como un dato sensible: uno de los motivos del retraso en el anuncio oficial fue, según trascendió, la ajustada segunda vuelta entre Fujimori y Roberto Sánchez, que la Santa Sede prefirió no cruzar con un escenario de conflicto poselectoral.
Con Milei, el conflicto es doctrinal y protocolar. Con Orsi, ético sin ruptura personal. Con Fujimori, el nudo es biográfico: el papa que llegará a Lima en noviembre documentó, desde adentro, los abusos de poder y corrupción que caracterizaron la gestión del padre de la presidenta electa, que aún sobrevuelan la política peruana.