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CFK 2023

Esperando a Cristina

La candidatura de la vice nunca llega, pero sus misas mantienen a la militancia expectante. La trampa de la eternidad, los muletos que no funcionan y el proyecto perdedor.

Vladimir y Estragon se la pasan esperando a Godot, un tipo que nunca llega. Les dicen una y otra vez que hoy no va a llegar, pero les prometen que mañana seguro que sí. La secuencia promesa-frustración-promesa-frustración se convierte en loop, pero Vladimir y Estragon siguen esperando. ¿Por qué? No les queda otra. No tienen otra cosa que hacer. Solo esperar a Godot.

La militancia kirchnerista es una marea de Vladimires y Estragones; una marea esperante. Espera a Cristina Fernández de Kirchner, que nunca llega. Le dijeron mil veces que no va a llegar, pero otras mil veces le prometieron que sí, que mañana seguro que sí. Entonces, a pesar del loop de promesas-frustraciones, los miles de Vladimires y Estragones kirchneristas siguen esperando. ¿Por qué? No les queda otra. No tienen a quién más esperar.

La diferencia entre Esperando a Godot, el clásico en dos actos de Samuel Beckett, y Esperando a Cristina, el clásico en mil actos del kirchnerismo, es que en la adaptación K no hay un mensajero que promete, frustra y vuelve a prometer para que los Vladimires y los Estragones sigan esperando. La propia Cristina promete y frustra, una y otra vez -"Voy a hacer lo que tenga que hacer" vs. "No voy a ser candidata a nada"...-.

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¿Para qué sirven las misas de CFK -multitudinaria la de este jueves, según se ocuparon de destacar voceros de la vicepresidenta difundiendo la imagen de un gentío que colmaba más de dos cuadras de la avenida 51 de La Plata- sino para mantener encendida la llama de la esperanza en el regreso, ese mantra tan peronista, y, entonces, el liderazgo concentrado en un puño?

Perón decía algo así como que quienes acumulan (votos, poder, fans) son los líderes -hoy debería agregar las lideresas-, no los proyectos. Se entienden, entonces, las misas de Cristina y la promesa eterna de la llegada, pero el plan tiene agujeros. Si la lideresa ya no alcanza -si al final, como Godot, nunca llegará-, hace falta un nuevo liderazgo. No un proyecto ni un testaferro político, sino alguien que pueda llegar. Ya lo sabe el kirchnerismo: el proyecto no garpa como candidato.

Cristina eterna

El plan de alternancia intramatrimonial eterna que había pergeñado Néstor Kirchner se rompió el 27 de octubre de 2010, por prematura razón de fuerza mayor. La muerte del expresidente dejó sola a CFK en la empresa de sostener el poder en casa y la eternidad se le hizo muy larga, eterna.

Cristina no pudo-no quiso-no supo construir un sucesor o una sucesora, un líder o una lideresa a quien pudiera pasarle el bastón de mariscal. No pudo-no quiso-no supo ni siquiera con Máximo, su hijo, que tiene apellido de sobra, pero prefiere los segundos planos y las veredas de enfrente para practicar el lanzamiento de piedras.

Cristina viene pagando por no haber podido-no haber querido-no haber sabido fabricarse un Frankenstein a medida. Los planes de contingencia que ha debido improvisar han resultado fracasos electorales y, peor, gobiernos fallidos.

En 2015, bendijo a Daniel Scioli, un muleto tan extranjero para el ADN K que el candidato terminó siendo el proyecto y, claro, el proyecto no gana elecciones. CFK perdió -al cabo, perdió ella- y dejó el país en manos de Mauricio Macri.

Lógico: sus Vladimires y sus Estragones corrieron a pedirle que volviera. Lo hicieron rápido, en abril de 2016, bajo la lluvia, frente a Comodoro Py.

En 2017, volvió. Perdió, pero ratificó su liderazgo -la esperanza de volver a llegar-. De ella seguía siendo la mayoría de los votos peronistas, pero no alcanzaban.

En 2019, inventó a Alberto Fernández, pero tomó el recaudo de anotarse en la boleta. Ganó, pero al presidente inventado, un extranjero mejor maquillado que el anterior pero extranjero al fin, se lo comió el personaje y el experimento estalló. La historia, de tan reciente, se presume conocida.

En 2023, los Vladimires y los Estragones del kirchnerismo volvieron a esperar a Cristina, cebados por la propia CFK en una gira de misas con las que no ha conseguido -la pregunta macrista por el para qué- torcer el rumbo de un gobierno del que no se hace cargo ni ordenar una interna endiablada que no le ha permitido al peronismo, al menos hasta el cierre de esta nota, diseñar una propuesta electoral competitiva, más allá de la transformación del presidente inventado en presidente saliente.

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De su última homilía -la que ofreció este jueves desde el altar del Teatro Argentino-, se desprende la sospecha -un país de exégetas- de que Sergio Massa es su nuevo extranjero favorito, tan parecido a los dos anteriores, el tercero de la saga de muletos que revelan que no pudo-no quiso-no supo resetear el plan original para que la eternidad no se le hiciera tan larga.

¿Volverá a perder? ¿Volverá a dejar el país en manos del macrismo? Las apuestas no le sonríen y, a esta altura, a menos de dos meses de la oficialización de candidaturas, no hay tiempo para que el flamante Instituto Justicialista Néstor Kirchner haga magia.

¿Y si, por alguna carambola cósmica, ganara? ¿Massa sería el nuevo Alberto Fernández?

Por si acaso, Andrés Larroque -¡apareció el mensajero!- se ocupó este viernes de volver a prometer. La vicepresidenta "no se bajó". Que no decaiga. Que Cristina nunca deje de estar por llegar.

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