Sin embargo, los mismos futbolistas que se apegaron a ese discurso a rajatabla antes de jugar con Inglaterra terminaron mostrando, en medio de un festejo que tampoco fue un festejo más, una bandera escrita con aerosol que porfiaba "las Malvinas son argentinas". Lo hicieron Giovani Lo Celso, Lisandro Martínez y Cuti Romero, entre otros.
El caso cuenta con un antecedente. Según recuerda acertadamente Clarín, fue en Rusia 2018, cuando los futbolistas suizos de origen albanés Granit Xhaka y Xherdan Shaqiri festejaron sus goles haciendo con sus manos un gesto evocador del águila bicéfala de la bandera de Albania en el triunfo 2 a 1 ante Serbia.
Eso, que aludió al conflicto por Kosovo –territorio étnicamente albanés que declaró su independencia en 2008, pero que cuenta con un reconocimiento internacional limitado que sigue siendo reivindicado por Belgrado–, terminó con una multa a ambos jugadores y al capitán del equipo, Stephan Lichtsteiner, quien se sumó al acto.
¿Habrá sanciones esta vez?
Gracias, Argentina
¿Hicieron mal los jugadores argentinos? Definitivamente no y la opinión de la FIFA carece de relevancia, sean cuales sean las medidas que disponga.
Los mundiales de fútbol presentan como metáforas de guerra. Esa organización se descafeína cuando le conviene, pero juega a fondo en la excitación de los sentimientos nacionalistas con el despliegue de himnos y banderas. No por nada el fútbol es un negocio casi tan lucrativo como la guerra.
La FIFA es una organización siempre rayana con el escándalo, que sabe de exdirigentes presos por corrupción y colusiones impropias con gobiernos de diverso pelaje –incluso la última dictadura argentina–, y mete o retira la política según su conveniencia del momento.
La excluye cuando Argentina e Inglaterra juegan un cotejo mundialista y viola el principio básico de la libertad de expresión al prohibir el ingreso al estadio a cualquier persona que llevara una bandera o una remera con una "consigna política". Al decir de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, que actuó como vocera de ese atropello, no estaba permitido ni siquiera mostrar "un mapita de las islas".
Sin embargo, la entidad que conduce el relacionista público Gianni Infantino mete la política cuando decide excluir a la selección de Rusia por cuenta de la invasión a Ucrania o cuando acepta que Estados Unidos, uno de los países organizadores de la Copa, mande de vuelta a un árbitro como el somalí Omar Abdulkadir Artan por portación de pasaporte, que discrimine –y le haga la vida deportiva más difícil– al equipo de Irán o que una presión ramplona de Donald Trump derive en la anulación de una tarjeta roja.
Prohibido prohibir
¿Consiguió la FIFA consumar la censura? No, porque es imposible taparles la boca a 40.000 personas.
Así, no pudo evitar que Malvinas haya sido un grito en ese estadio, un sentimiento en cada hogar de la Argentina, un trapo entrado de canuto y, al final de un simple partido de fútbol, la satisfecha convicción de disfrutar en el mismo momento en que sufrían quienes avasallan el derecho nacional. El fútbol es, a veces, la módica revancha de los débiles.
Por algo medio Bangladesh, un país de 175 millones de habitantes que se cuenta entre los más pobres del mundo, también gozó locamente por la nueva venganza argentina contra el imperio que lo subyugó.
Festejo argentino en Bangladesh.
Hablemos de soft power...
Fenómeno Mundial
La "bandera de Malvinas" le recordó al mundo que ese reclamo puede estar obturado por intereses externos e internos, pero no muere.
El tema compitió mano a mano en los medios con el resultado del partido y con la nueva frustración inglesa, convirtiéndose en portada de todas las webs noticiosas del Reino Unido.
El amarillista The Sun se escandalizó y tildó a los "argies" –¡ay, esa xenofobia!– de "arrogantes". Una mirada curiosa por provenir de Londres.
The Times, The Telegraph y The Guardian se limitaron a informar de modo destacado. No es poco.
Sin embargo, hay algo todavía más importante y profundo disparado por ese gesto de jugadores que muchas veces son mirados con cierta desconfianza por su asepsia política.
El fútbol es casi en todo el mundo, pero muy especialmente en la Argentina, una expresión cultural y un puente entre generaciones.
Una de las consecuencias más hermosas de lo que ocurrió este miércoles en Atlanta es que los pibes ya tienen su propia memoria de un Argentina-Inglaterra, su recuerdo de un triunfo épico, su vivencia de una revancha. Ya no dependen de las historias sepia –verdaderos tesoros de una generación anterior– sobre "la mano de Dios" y sobre el "mejor gol de todos los tiempos" de ese héroe trágico que es Diego Maradona.
El trapo de las Malvinas se les colará para siempre en sus cabezas, testimonio de un reclamo tan justo como indisputable con argumentos que excedan la mera prepotencia del más fuerte.
El fútbol, ese hecho cultural y ese puente entre generaciones, hizo más por el enraizamiento de la causa Malvinas entre los pibes que mil reclamos rutinarios ante el Comité de Descolonización de la ONU o que los discursos que Javier Milei, pronuncia con desgano cada 2 de abril.
Lo que Javier Milei no da
Nadie se engaña: la causa Malvinas se puso extremadamente difícil tras la guerra demencial lanzada por la dictadura en 1982 y el reclamo por la soberanía no registrará ningún avance mientras la Argentina no se fortalezca como país y no recupere su vocación nacional.
Pese a eso, ¿por qué abandonarla? ¿Desde cuándo la defensa de lo propio, la reivindicación del orgullo y la pelea por lo justo son cosas atadas a resultados?
Malvinas no puede ni debe convertirse en una reivindicación testimonial, apenas ritual e impuesta por un mandato constitucional que gobiernos como el actual cumplen con escaso compromiso.
El canciller Pablo Quirno nunca respondió por los viejos posteos en los que ironizaba sobre el referendo realizado en las islas, que consagró la permanencia del estatus colonial, pero que incluía una posible independencia. Una consulta carente de legitimidad y reconocimiento internacional.
Su antecesora Diana Mondino no hizo ningún mea culpa por haber hablado tan livianamente sobre la cuestión.
Patricia Bullrich no se arrepintió lo suficiente por haber declarado, con sorna, que Argentina debería haber canjeado las islas por algunas vacunas de Pfizer en la pandemia.
Y Milei jamás se retractó de su confesada admiración por Margaret Thatcher, de declaraciones que lo pusieron al borde del reconocimiento del derecho a la autodeterminación de una población implantada e incapaz de llenar el aforo del Gran Rex ni de una política exterior que alinea a la Argentina con los países menos sensibles a esa reivindicación y que les da la espalda a los más solidarios con ella.
Entonces, vale que el fútbol, ese hecho cultural que distingue a la Argentina en el mundo, haga por Malvinas lo que la política no hace. Convertirlas en canción, homenajear a los héroes y los caídos en la guerra, sensibilizar a miles y miles de jóvenes que tal vez puedan empezar a sentirlas como algo lejano o poco importante.
Malvinas, su reivindicación, es la expresión más honda –acaso final– de un orgullo nacional imprescindible para rescatar a la Argentina de los abismos de enajenación con los que siempre flirtea. Es una memoria de lo que alguna vez fue, o no, pero que en todo caso está obligados a ser. Más allá de su recuperación, ese es el gran valor social de su evocación interminable. Y tanto mejor que se lo haga mientras el pueblo baila feliz en las calles.