OPINIÓN

Fútbol & política: el campeón del mundo que no quiere crecer

El dilema entre la sociedad anónima deportiva (SAD) y la asociación civil, la falsa grieta y la tercera posición que el fútbol argentino merece.

Hay una costumbre argentina para los temas grandes: convertirlos en grieta. Partimos el problema en dos bandos, repartimos las banderas y obligamos a cada uno a elegir vereda. El que duda queda sospechado por los dos lados. Con la inversión privada en el fútbol se hizo exactamente eso, pero con una trampa adicional: la grieta está mal armada, y lo está a propósito.

De un lado se colocó todo lo sagrado —el club de barrio, la historia centenaria, el pibe contenido, la identidad de los colores— y del otro se puso al capital privado, en el papel del villano que viene a destruir todo eso. Así quedaron presentados como enemigos irreconciliables dos cosas que no lo son: defender al socio y dejar entrar inversión. Es una grieta tramposa porque le entrega de antemano la bandera emotiva a uno solo de los bandos, y deja al otro condenado a discutir como si quisiera demoler un patrimonio.

Vale la pena desarmar la trampa por partes. Y para eso hay que empezar por mirar de frente, sin demagogia, eso que efectivamente decimos defender.

Aquello que pusimos de rehén

Lo que está en juego es real, y conviene tomarlo en serio en lugar de usarlo como escudo.

Argentina tiene alrededor de quince mil clubes, la mayoría con más de un siglo de vida. Casi todos nacieron alrededor del fútbol —por la popularidad del juego— y con los años crecieron hasta contener mucho más que fútbol: el básquet, el vóley, la pileta, la biblioteca, el baile de fin de año. Dejaron de ser clubes de fútbol para volverse clubes con fútbol. Y en esa transformación quedó algo casi único en el mundo: acá el deporte no es responsabilidad del Estado ni de las universidades, sino de la comunidad organizada. El club de barrio es el lugar donde el chico que no tiene a dónde ir encuentra una cancha, un entrenador, a veces un plato de comida y casi siempre un grupo de pertenencia. Millones de argentinos pasan por esas instituciones buscando exactamente eso. En muchos barrios, es lo único que quedó en pie.

Precisamente porque es tan valioso, no debería usarse como rehén de la discusión. Y acá aparece la vuelta que la grieta esconde: la mayor amenaza para ese patrimonio no es el capital privado. Es la fragilidad del modelo actual. Porque el fútbol, que fue la semilla del club, creció hasta volverse un negocio descomunal que excede largamente los límites de la institución que lo vio nacer. Y cuando ese fútbol profesional se endeuda más allá de lo que puede pagar, no se hunde solo: arrastra al club entero, con su biblioteca y su escuela de natación adentro. Lo que decimos querer proteger está hoy más expuesto por el statu quo que por cualquier inversor.

Campeones del mundo, exportadores de materia prima

Hay además un segundo problema, y es de los que duelen.

Argentina produce el mejor talento futbolístico del planeta. Somos campeones del mundo. Nuestros jugadores están en todas las ligas importantes. Y, sin embargo, hacemos con ese talento exactamente lo que criticamos cuando hablamos del campo: lo exportamos crudo. Vendemos la materia prima al precio más bajo —apenas el pibe asoma, antes de que madure— y dejamos que otros capturen el valor agregado. Formamos al jugador, lo vendemos barato y temprano, y después lo miramos por televisión valorizarse, volverse figura y generar fortunas en clubes que supieron retenerlo. Somos el país que cosecha el grano y después importa la harina.

El problema no es el talento. Es que no agregamos valor acá. Y para agregarlo —retener jugadores, construir marca, internacionalizar, levantar infraestructura— hace falta una sola cosa que la estructura actual no puede dar: capital, a una escala que la cuota del socio y la venta reactiva de jugadores nunca van a alcanzar.

MESSI EZEIZA

No es la gente, es la arquitectura

La respuesta fácil a todo esto es "hay que gestionar mejor". Y es cierto que hay que gestionar mejor. Pero por más profesional que sea una conducción, la asociación civil tiene un techo que no es de talento administrativo: es estructural.

Una asociación civil no puede vender una participación. No tiene cómo ofrecerle a un inversor un porcentaje a cambio de su capital. Solo puede endeudarse, vender jugadores o conseguir patrocinadores. Su acceso al capital tiene un límite que ninguna buena gestión puede correr.

Hay además una segunda razón, más profunda: la previsibilidad. El capital que se compromete a quince o veinte años necesita saber que las reglas con las que entró van a seguir vigentes. En una estructura donde cada conducción electa puede revisar lo que hizo la anterior, donde el horizonte es el mandato y no el proyecto, el inversor serio no entra. No por avaricia: por elemental cálculo de riesgo. El problema no es ideológico. Es de arquitectura.

Por eso dos frases que parecen opuestas en realidad conviven sin contradecirse: "El club tiene que seguir siendo de los socios" es una definición de propiedad; "la forma de gestionar el fútbol tiene que cambiar" es una definición de gestión. Creer que para cambiar la gestión hay que entregar la propiedad es, otra vez, la grieta hablando.

Ni venderlo ni dejarlo morir de pie

Entonces, ¿hacia dónde? Hacia un lugar que no es ninguno de los dos extremos: una estructura donde el club siga siendo de los socios, donde el capital pueda entrar a financiar y hacer crecer el fútbol, y donde una cosa esté blindada de la otra.

No hay que inventarlo. Separar la propiedad de la gestión, sin entregar ninguna de las dos, es lo que hicieron varios de los países con mejor fútbol del mundo. Pero hay dos caminos muy distintos, y conviene no confundirlos. Brasil eligió uno: permitió que los privados tomen el control de los clubes. Funciona para inyectar capital —algunos clubes crecieron mucho— pero es el camino donde el club deja de ser de su gente. Alemania eligió el otro: su famosa regla "50+1" exige que el club conserve siempre la mayoría de los votos de la sociedad que explota el fútbol. El capital entra, financia, profesionaliza, pero nunca toma el control. La sociedad del fútbol es propiedad del club, y no al revés.

Acá hay que ser honestos, porque es donde muchos análisis se vuelven ilusos: no se trata de "ser Alemania". Esa regla funciona envuelta en un ecosistema que tardó décadas en construirse —cultura de socios, estabilidad institucional, clubes con cientos de miles de miembros activos—. Trasplantar la norma y suponer que por sí sola va a ordenar todo lo demás es la receta del fracaso. Lo que sí se puede hacer es tomar el principio —el club conserva la propiedad; el capital entra a gestionar, no a mandar— y construir con él un instrumento propio, pensado para la realidad argentina y no para la de otro.

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Todos pueden fracasar; la pregunta es quién cae con el barco

Y acá está el punto que casi nadie dice, porque incomoda a los dos bandos: ninguna estructura es una varita mágica. Ni la privada, ni la asociativa.

El capital privado fracasa, y seguido. Un fondo estadounidense que llegó a controlar ocho clubes en tres continentes colapsó hace poco por falta de liquidez y mala gestión, hundiendo al Standard de Lieja, dejando al Vasco da Gama en crisis y al Hertha de Berlín en el descenso. Otro grupo, dueño del Olympique de Lyon, estuvo a un paso del descenso administrativo y fue acusado de vender jugadores de su club brasileño por debajo del mercado para tapar los agujeros del francés. "Traé un fondo" no garantiza absolutamente nada.

Pero la asociación civil también fracasa. Más de un club argentino, sin ningún privado de por medio, se fue a la quiebra por pura mala administración propia. Y otros, con la misma forma jurídica, son sólidos y prósperos. O sea: no hay una forma jurídica virtuosa y otra condenada. Hay personas gestionando, con intereses, capaces de equivocarse y a veces de obrar de mala fe. Eso no se elimina con ninguna estructura: una "50+1" argentina, mal gestionada o capturada por los intereses equivocados, también puede fracasar.

De ahí que la pregunta correcta no sea "qué estructura garantiza el éxito" —ninguna lo hace— sino otra mucho más realista: cuando la gestión falle, y alguna vez fallará, ¿se cae el club con ella, o sobrevive?

Esa es exactamente la diferencia que importa. Cuando una sociedad que explota el fútbol quiebra, lo que define si el club sigue en pie no es la suerte ni el coraje de los hinchas: es si su patrimonio estaba o no separado del negocio que fracasó. Un club cuyo predio, inferiores y disciplinas sociales quedaron expuestos a las deudas del fútbol cae con él. Uno cuyo patrimonio estaba blindado, sobrevive: la sociedad muere, la institución queda de pie.

Ese resultado no puede depender de la suerte ni del coraje de los hinchas: tiene que estar garantizado por diseño. Ese es, en el fondo, el verdadero corazón del proyecto. No apostar a encontrar buenos gestores —siempre habrá buenos y malos— sino blindar al club de los malos: poner por escrito los límites a la gestión, los mecanismos que protegen el patrimonio social, las llaves que ninguna administración —ni torpe ni malintencionada— pueda forzar. No se trata de confiar. Se trata de no necesitar confiar.

El contrato que ningún mandato puede romper

Queda la pregunta que todos hacen: ¿por qué entraría un inversor si no manda?

La respuesta es concreta. El inversor no entra a buscar el control político del club —no le interesa quién lo preside ni quién maneja el predio—. Entra por el retorno económico sobre el negocio del fútbol, y ese retorno no necesita la mayoría para estar protegido. La clave es una distinción que en la asociación civil no existe: los derechos económicos y los derechos políticos son separables. El inversor quiere los económicos. El control político es del socio.

¿Y qué lo protege, si no tiene los votos? No la confianza en la conducción de turno, sino el contrato. En una sociedad anónima, un pacto entre accionistas fija por escrito qué decisiones no pueden tomarse sin su consentimiento, y —esto es lo decisivo— ese pacto no se cae cuando cambian las autoridades del club: la conducción siguiente lo hereda y no puede romperlo sin pagar caro. El inversor acepta no controlar precisamente porque está blindado por un contrato que vale lo mismo gobierne quien gobierne, no por una promesa que dura lo que dura un mandato. Eso es lo que la asociación civil tradicional no puede ofrecerle: no un mejor apretón de manos, sino derechos exigibles.

Y el mismo mecanismo que protege al inversor protege al club, que es donde todo cierra. El capital entra para hacer crecer el fútbol —ese es su propósito, no subsidiar al resto de la institución—. Pero queda encerrado en la sociedad del fútbol, de modo que, si ese negocio fracasa, el patrimonio social —las inferiores, el predio, las otras disciplinas, la biblioteca— queda aislado y no se hunde con él. El fútbol pasa a poder hacer crecer al club sin tener jamás el poder de arrastrarlo a la caída.

La madurez de salir de la grieta

El debate real, entonces, no es privatizar o no. Es si tenemos la madurez institucional para diseñar nuestro propio instrumento: una estructura donde el club siga siendo de los socios, donde el capital pueda entrar a financiar y profesionalizar el fútbol, y donde cada cosa esté blindada de la otra. No vender el alma. Tampoco dejarla morir de pie, defendiendo una pureza que nos condena a exportar para siempre la mejor materia prima del mundo al precio más bajo, mientras los clubes que le dieron sentido a todo se caen a pedazos.

Es la tercera posición que la grieta volvió invisible. Y probablemente sea la única que combina lo que casi todos quieren cuando se los escucha sin la camiseta puesta: que el club siga siendo nuestro, y que de una vez por todas pueda crecer.

Karina Milei y Javier Milei, con camisetas firmadas por Lionel Messi. 
Clarín sale de la cancha del fútbol y concentra su negocio en las telecomunicaciones: la pelota, bajo la suela de Javier MIlei (imagen generada con IA).

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