La directora ejecutiva de Management & Fit marca tres fracturas claves de cara a las urnas. Generaciones, género, territorio y el nuevo electorado argentino.
El electorado argentino cambió. No de manera gradual ni lineal, sino con la velocidad y la profundidad de quien atraviesa una ruptura. El problema es que los instrumentos con los que la política mide, interpreta y toma decisiones de cara a las elecciones no acompañaron esa transformación. Y en política, un diagnóstico desactualizado no es un error académico, sino una derrota que se incuba antes de que empiece la campaña.
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A meses del ciclo electoral 2027, el cuadro de situación es el siguiente: hay un electorado con comportamientos nuevos, con fracturas inéditas, con mecanismos de formación de preferencias que no responden a los modelos que organizaron la lectura política argentina durante las últimas dos décadas. Y hay, al mismo tiempo, inercia metodológica que insiste en medir ese electorado con las mismas herramientas de siempre.
La grieta no desapareció, pero ya no alcanza para explicar todo.
La brecha de género que la grieta oscureció
Durante casi dos décadas, el análisis político argentino organizó su lectura del electorado sobre el eje kirchnerismo/antikirchnerismo. Ese clivaje fue útil como herramienta descriptiva e incluso predictiva mientras fue estructurante, pero esa arquitectura binaria obscurece hoy tensiones más profundas que la atraviesan transversalmente: la brecha de género en la percepción económica, la divergencia generacional en las expectativas y la fragmentación del ecosistema informativo. Tres fracturas que no reemplazan la grieta, pero que la condicionan y, en muchos segmentos, la reorganizan.
Tomemos la dimensión de género. Nuestra última medición, de junio de 2026, expone una asimetría estructural, no coyuntural. La situación económica personal es evaluada como negativa por el 44,4% de las mujeres, frente al 36,8% de los varones.
En los ingresos del hogar la distancia se repite: al 56,1% de las mujeres no les alcanza para cubrir sus gastos, contra el 48,0% de los varones. Son entre siete y ocho puntos en cada caso, no ruido estadístico. En el plano de las preocupaciones personales, la dificultad para llegar a fin de mes vuelve a encabezar entre las mujeres, con el 25,7%, por encima del 22,1% registrado entre varones. El ajuste fiscal impacta de manera diferencial y previsible en los sectores de la economía del cuidado, históricamente feminizados, y esa asimetría produce racionalidades de voto que las encuestas de intención raramente capturan.
La brecha no se agota en la percepción económica. Se traduce en comportamiento político. La desaprobación a la gestión nacional trepa al 62,1% entre las mujeres y desciende al 54,1% entre los varones.
La confianza en el Gobierno sigue el mismo patrón: 43,0% entre varones contra 32,9% entre mujeres, más de diez puntos de diferencia. No es una brecha de opinión aislada, sino que se sostiene indicador tras indicador y apunta en una sola dirección. Esta fractura tiene implicancias electorales directas: los liderazgos que logren conectar con las preocupaciones cotidianas de este segmento (que no son abstractas ni ideológicas, sino domésticas y concretas) tienen el mayor potencial de conversión electoral de cara a 2027.
Elecciones y el voto que no figura en las encuestas de intención
Entre los ciclos 2023 y 2025 se incorporaron 1.139.315 nuevos votantes al padrón, con el 38,2% concentrado en la provincia de Buenos Aires. En elecciones competitivas, ese volumen puede definir resultados en múltiples distritos. Sin embargo, este segmento no opera con la misma lógica que el resto del electorado.
Los menores de 40 años sostienen expectativas de largo plazo ("más de un año") de manera consistente a lo largo de todas las oleadas de medición registradas entre mayo y septiembre de 2025. El voto joven no opera sobre una evaluación del presente (que percibe mayoritariamente como negativo), sino sobre una apuesta al futuro. Eso lo hace estructuralmente más permeable a narrativas de transformación y más resistente a los costos de una transición. El voto libertario de 2023 entre jóvenes fue, en parte, expresión precisa de esa lógica, pero asumir que esa preferencia es identitaria y estable (y no coyuntural y volátil) es uno de los errores de lectura más costosos que puede cometer hoy cualquier analista político.
El problema de fondo es que los instrumentos de medición convencionales tratan a este segmento como una categoría demográfica, cuando en realidad es un ecosistema comunicacional, valórico e informativo cualitativamente distinto al de las generaciones anteriores. Los jóvenes de 2026 no consumen los mismos medios, no procesan la información política de la misma manera y no construyen su confianza en líderes sobre las mismas bases. Medir su intención de voto sin comprender esos mecanismos equivale a medir el síntoma sin el diagnóstico.
Los algoritmos como formadores de preferencia
La consolidación de TikTok, X y Twitch, entre otras, como espacios primarios de consumo informativo político entre los menores de 35 años no es una novedad tecnológica, es un cambio estructural en la formación de preferencias. Los algoritmos de recomendación no son neutrales: construyen burbujas que refuerzan identidades previas, amplifican la desconfianza hacia actores externos y exponen al usuario a una versión curada de la realidad política.
A eso se suma la irrupción de la inteligencia artificial generativa y la proliferación de deepfakes en contextos electorales: la desconfianza epistémica (la duda sobre qué es real y qué es fabricado) empieza a funcionar ya como variable independiente en la formación de la opinión pública.
¿Cómo toman decisiones los ciudadanos en un entorno donde la distinción entre lo verdadero y lo construido se vuelve progresivamente borrosa? Son preguntas que los instrumentos estándar no están diseñados para responder y que van a organizar parte del tablero electoral de 2027.
El mecanismo que los escándalos revelan
Hay un hallazgo que venimos registrando con creciente consistencia, ola tras ola, y que resulta contraintuitivo a primera vista: la disociación sistemática entre el impacto de imagen y el impacto electoral de los escándalos de corrupción.
Tres casos evaluados durante 2025 ($LIBRA, el caso Spagnuolo y el caso Espert) produjeron un impacto de confianza superior al 50% en todos los casos: 51,2%, 56,1% y 59,8% respectivamente en la dimensión "repercute mucho + algo". El nivel de confianza en la gestión descendió de 55,7% en diciembre de 2024 a 37,8% en junio de 2026. La caída es real y sostenida, pero notablemente menor a lo que el impacto declarado de esos escándalos, acumulados uno sobre otro, haría suponer.
CORRUPCIÓN EN LA ERA LIBERTARIA
La Justicia allanó la ANDIS y otros 14 domicilios: secuestraron dólares y Spagnuolo apareció y entregó el teléfonohttps://t.co/h9ukPECFNT
El caso Adorni, medido en mayo de 2026, confirma el patrón con una precisión que pareciera no admitir lecturas alternativas. El 59,2% de las personas encuestadas consideraba que el funcionario debía renunciar y el 69,6% declaraba que los sucesos de corrupción ligados a la gestión disminuían su confianza en el Gobierno (diez puntos más que en abril). Sin embargo, el mecanismo de atribución de responsabilidad volvió a operar con la misma lógica de siempre.
Entre quienes aprueban la gestión, el 49,4% consideraba que no había motivos suficientes para la salida de Adorni o que era inocente, mientras que entre quienes la desaprueban, el 65,7% atribuía su permanencia a información comprometedora sobre irregularidades internas. La misma evidencia factual, leída desde identidades políticas opuestas, produce interpretaciones causales radicalmente distintas.
Este es el mecanismo central que las encuestas sólo de intención de voto no capturan con precisión: la identidad política previa no sólo predice la preferencia electoral, sino que opera como filtro de interpretación de la realidad. Los escándalos erosionan la confianza institucional de manera transversal (incluso el 50,8% de los propios votantes de Milei en 2023 declaraba que su confianza disminuyó), pero esa erosión no se traduce linealmente en cambio de voto. Comprender por qué y para qué segmentos específicos esa brecha se vuelve electoralmente relevante es la diferencia entre el análisis descriptivo y el análisis políticamente accionable.
El interior que Buenos Aires no mide
Hay una pregunta que el análisis político porteño rara vez se formula con honestidad: ¿por qué los modelos predictivos fallarían sistemáticamente en el interior? La respuesta incómoda es que no lo hacen por error técnico, sino porque fueron diseñados para medir otra cosa.
Jujuy no vota como Neuquén. Corrientes no vota como Mendoza. Entre Ríos no vota como Santa Fe, aunque las dos pertenezcan a la misma región estadística. El país que aparece en los estudios de opinión pública nacionales es, en su enorme mayoría, el AMBA ponderada con algunos casos del interior que no alcanzan a representar la densidad política, identitaria y económica de esos territorios. Las regiones del NOA, NEA, Cuyo y Patagonia no son variantes del mismo electorado, son electorados cualitativamente distintos, con agendas propias, con estructuras de poder local que condicionan el voto de maneras que ninguna encuesta telefónica desde Buenos Aires logra capturar.
FEDERALISMO HASTA QUE DUELA Elecciones 2027: dime dónde vives y te diré cómo votas
En las provincias conviven listas sábana, lemas, voto electrónico y ballotage
La elección de 2023 debería haber sido la advertencia. Milei arrasó en provincias donde el relato anticasta se articuló con décadas de agravio federalista acumulado. La bronca contra Buenos Aires no fue un subtexto, fue el combustible. En algunas de esas provincias, votar a La Libertad Avanza fue votar contra el centralismo porteño tanto como votar contra el kirchnerismo. Son dos cosas distintas que las mediciones nacionales procesaron como si fueran la misma. Ese error de lectura tiene consecuencias, porque si no entendés por qué alguien votó lo que votó, difícilmente puedas anticipar si lo volverá a hacer.
De cara a 2027, la heterogeneidad territorial es más relevante que en ciclos anteriores. La disputa por el federalismo fiscal (con provincias que exigen una renegociación real de la coparticipación), la construcción de liderazgos locales que desafían la lógica nacional de los bloques y la diferenciación creciente entre el interior urbano y el interior profundo configuran un mapa que no se puede leer desde el microcentro. Un análisis que no incorpore esas realidades con la granularidad que merecen no es solo metodológicamente insuficiente: es políticamente ciego.
La urgencia del diagnóstico
El ciclo 2027 se aproxima en un contexto de singular complejidad: un electorado en mutación estructural, fracturas que no se superponen con las de ciclos anteriores, una generación de nuevos votantes cuya lógica de decisión no fue suficientemente comprendida y un ecosistema informativo que fragmenta audiencias y dificulta los diagnósticos agregados.
Comprender al nuevo elector argentino (quién es, qué valora, cómo procesa la información, qué narrativas le resultan creíbles, qué lo mueve a votar lo que vota) requiere instrumentos que combinen metodología cuantitativa y cualitativa, escala nacional y granularidad regional, medición de preferencias declaradas y análisis de estructuras de valor y mecanismos de decisión. No alcanza con saber quién gana si no entendemos por qué vota lo que vota quien vota lo que vota.
Argentina va a votar en 2027 con un electorado que no está bien caracterizado. Ese no es un problema académico. Es una oportunidad para quien llegue primero con el diagnóstico correcto y un riesgo real para quien confíe en los instrumentos de siempre. El nuevo elector argentino ya existe. Lo que falta es salir a buscarlo donde está. Nosotros ya empezamos.