FATE: cuando el ajuste perfora la rueda productiva de Argentina
El cierre de la empresa, una señal de alarma del modelo productivo de la Argentina. Apertura comercial acelerada, caída del consumo y encarecimiento de costos.
Una empresa con décadas de trayectoria industrial, con fuerte inserción en el mercado interno y capacidad exportadora, decide detener su actividad en un contexto que combina apertura comercial acelerada, caída del consumo y encarecimiento de costos.
Ese dato, por sí solo, merece un análisis profundo.
El gobierno de Javier Milei ha planteado como prioridad excluyente la estabilización macroeconómica y el equilibrio fiscal. Desde esa lógica, toda política se evalúa en función de su impacto en las cuentas públicas y en la señal que transmite a los mercados. Sin embargo, la macro no es un fin en sí mismo: es una herramienta para ordenar la economía real. Cuando el orden contable convive con el cierre de plantas industriales, la pregunta que surge es inevitable: ¿qué tipo de estructura productiva está emergiendo?
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La industria del neumático, históricamente estratégica, combina empleo intensivo, tecnología y encadenamientos con sectores clave como el automotriz y el transporte. La decisión de paralizar una empresa de ese calibre no puede leerse únicamente como un problema sectorial.
Expone tensiones más amplias: una apertura de importaciones que presiona sobre la producción local, una retracción del mercado interno que reduce escala y una política económica que asume que el mercado reasignará recursos con eficiencia automática.
El problema es que los procesos de reasignación no son instantáneos ni neutros.
Detrás de cada línea de producción hay trabajadores especializados, proveedores, comunidades enteras que dependen de ese entramado.
La teoría económica puede sostener que el capital se moverá hacia actividades más competitivas; la práctica demuestra que esa transición suele ser costosa, desigual y, muchas veces, irreversible.
El gobierno argumenta que la Argentina debe integrarse al mundo y eliminar distorsiones que durante años protegieron sectores ineficientes. Es un debate legítimo. Pero la experiencia comparada muestra que los países que lograron desarrollarse no lo hicieron desmantelando su base industrial de un día para el otro. Lo hicieron combinando disciplina macroeconómica con políticas activas de desarrollo productivo.
Aquí radica el núcleo de la discusión. No se trata de negar la necesidad de ordenar la economía ni de desconocer los problemas estructurales que arrastra el país. Se trata de preguntarse si el camino elegido contempla la transición productiva o si, por el contrario, asume que el cierre de empresas es un costo inevitable y secundario frente a la estabilización.
El caso de FATE interpela esa premisa. Porque cuando una firma de larga trayectoria decide frenar su actividad, el mensaje que reciben inversores y trabajadores no es de previsibilidad, sino de incertidumbre. La señal que se transmite no es únicamente fiscal; es productiva.
La encrucijada de la Argentina
La Argentina enfrenta, una vez más, una encrucijada clásica: priorizar la estabilidad de corto plazo o construir una estrategia de desarrollo de largo plazo que integre industria, tecnología y empleo formal. La tensión no es nueva. Lo novedoso es la velocidad del proceso y la ausencia de una narrativa oficial que reconozca el costo social de esa transición.
La estabilización es necesaria. Pero sin una agenda complementaria de promoción productiva, corre el riesgo de convertirse en un ajuste permanente sobre la economía real. La pregunta de fondo no es si el déficit baja. Es si el país que emerge después de la baja del déficit será más competitivo, más diversificado y más capaz de generar empleo de calidad.
El cierre de FATE obliga a formular esa pregunta con claridad. Porque cuando la rueda de la industria se detiene, no solo se frena una fábrica: se pone en discusión el modelo de desarrollo.