Javier Milei y Toto Caputo en su libre interpretación de los datos de la economía.
Las fallas del programa económico de Javier Milei estaban en su diseño, pero se hicieron indisimulables desde enero de 2025. Sin embargo, fue la durísima derrota electoral del domingo 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires la que aceleró los tiempos, solo para calmarse con un nuevo salvataje, en este caso de Estados Unidos.
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Todo ello es usado por el Gobierno, sus analistas y periodistas para intentar argumentar que los problemas residen en la “política”, “la falta de acuerdos” y “los escándalos políticos y de corrupción”. Eso es un error garrafal y no augura nada bueno.
Lo que no funciona es el programa económico y ya no hay maquillaje que alcance para ocultar esos problemas. La economía argentina tenía, hasta el salvataje de Trump, tres problemas centrales, vinculados pero diferentes:
Una economía que no crecía ni generaba empleo ni incrementaba los ingresos
Una política cambiaria que sobrevalúaba el peso y no acumulaba reservas
Una incapacidad para hacer frente a la deuda en 2026.
Repasemos el derrotero.
En enero de 2025, se consolidó un consenso entre los economistas de que el dólar estaba demasiado barato y que la política de forzarlo aún más abajo -como principal pilar de su estrategia antiinflacionaria- traería problemas tanto en la “macro” como en la “micro”. Lamentablemente tuvimos razón: un par de meses después, en el marco de una pequeña corrida, el Gobierno se endeudó aún más con el FMI (ya le debemos unos 60 mil millones de dólares) y reformuló el esquema hacia unas bandas cambiarias que estuvieron mal diseñadas desde el comienzo porque consolidaban el atraso cambiario como objetivo. En la “micro”, en conjunto con apertura comercial y paritarias pisadas, llevó a la economía a un estancamiento y luego a la recesión en la que estamos actualmente.
Durante la estacionalidad positiva de la cosecha gruesa el Gobierno logró sostener el esquema, pero profundizando los problemas. Terminada esa temporada, y como advirtió ese mismo consenso de economistas, la situación externa se complicó. El dólar estaba muy barato y todos siguieron el consejo del ministro trader: “Comprá campeón”.
A partir de allí, a comienzos de julio junto con la eliminación de las LEFI cuyos objetivos e implementación aún no pudo ser explicado, el programa falló definitivamente y el gobierno comenzó a utilizar todos los instrumentos disponibles para impedir la suba del dólar: intervención en dólar futuro, aumento de la tasa de interés, mayores encajes y finalmente venta de dólares del Tesoro. El resultado de las elecciones de PBA sólo reforzó el consenso: el programa debe cambiar.
La pérdida de 1.000 millones de dólares de reservas en apenas tres días deberían ser una señal clara de la necesidad de un cambio de rumbo, pero solo se buscó emparchar: reducción temporal de retenciones para alentar la oferta de divisas -cuya contracara fueron beneficios extraordinarias para las exportadoras- y salvataje financiero de Estados Unidos para esquivar un default de la deuda. A pesar de todo, hoy volvieron las restricciones cambiarias entre el dólar oficial y los mercados financieros.
Para que no queden dudas sobre la evaluación del programa económico:
No genera crecimiento económico. Con datos del INDEC y otros indicadores adelantados, sabemos que la economía está en recesión.
No genera empleo de calidad. Desde diciembre de 2024 que se encuentra estancado el número de asalariados registrados del sector privado, y aún seguimos por debajo de diciembre de 2023.
El mercado laboral está en líneas generales igual que a comienzos de 2024 cuando nos encontrábamos en medio de una profunda crisis causada por la devaluación de diciembre de 2023.
Las cuentas externas se muestran insostenibles. El superávit de balanza comercial se ha reducido, la cuenta corriente es deficitaria y la formación de activos externos por parte de los privados crece todos los meses.
A pesar de los brutales ajustes fiscales (jubilaciones, salarios públicos, universidades, obra pública) el gobierno tiene un déficit financiero creciente por el costo de intereses de la deuda en pesos que, por sus características, no se incluye en el dato publicado.
No acumula reservas, ni el Tesoro ni el BCRA, para enfrentar los pagos del año 2026, lo que se reflejaba en un Riesgo País superior a los 1000 puntos.
Quedan cuatro semanas hasta las elecciones y con la decisión de reimplantar restricciones cambiarias queda claro que el salvataje no resuelve los problemas. También parece confirmar que el salvataje no está cerrado -en monto, forma o condiciones- y que el gobierno avisora tormentas hasta el 26 de octubre. Por su parte, la mayor oferta temporal de divisas por parte de agroexportadores aliviará las tensiones cambiarias estas semanas a costa de mayores tensiones mañana. Lo que es claro es que los serios problemas de crecimiento, de condiciones de empleo y acumulación de reservas genuinas siguen allí y se profundizan de la mano del salvataje.
Se necesita otro programa económico que seguramente, dada la mala praxis del gobierno hasta acá, requerirá de una nueva política cambiaria (bandas más altas que tengan un dólar más razonable en el centro y una flotación sucia) y necesariamente otra distribución de los costos de la estabilización: mejora de ingresos y reactivación económica.
Ese otro programa debe reconocer valores “razonables” para las variables centrales.
Es válido para el dólar: no podemos continuar repitiendo ciclo tras ciclo la política de abaratar el dólar, sus niveles razonables están dados por los niveles de productividad de la economía. El esquema de bandas actual no cumple con ello, hay que modificarlo. De esa manera, los sectores productivos pueden crecer y generar empleo y se estira el horizonte de planificación. Cualquier costo sobre la población debe ser compensado como no lo ha sido en ningún momento de este gobierno.
Y es válido para las cuentas fiscales: no podemos desconocer que tenemos límites al déficit fiscal, más en un país que destruyó su moneda. Pero el Estado existe para algo y eso implica cumplir con sus roles en educación, salud, inversión en ciencia y tecnología, obra pública. Es perfectamente posible mantener un presupuesto equilibrado y cumplir esos roles siempre que se discutan partes del gasto y tributos que el gobierno de Milei no quiere discutir. El gasto tributario -cerca de 3,5 puntos del PIB- es el lugar a reformar. Allí hay exenciones a contribuyentes de altos ingresos como jueces, a propietarios de tierras rurales, y también regímenes de promoción a revisar como la ley de economía del conocimiento y el régimen de promoción en Tierra del Fuego -nuevamente, considerando los costos sociales de tales reformas-. Pero también recuperar las alícuotas del impuesto a los bienes personales cuya baja impulsó el gobierno el año pasado o la generosidad del Régimen de Grandes Inversiones (RIGI). Y si de cuentas públicas hablamos, es inaceptable que ya se hayan cumplido dos años sin un presupuesto aprobado por el Congreso, o que leyes promulgadas no tengan aplicación -como la de emergencia en discapacidad- mientras se rifan recursos con bajas temporales de retenciones.
Seguramente el gobierno profundizará los daños a la economía y a las familias argentinas hasta octubre para intentar mejorar su desempeño electoral, es lo que hizo desde al menos enero de 2025. Pero luego estará obligado a cambiar el rumbo. Frente a eso la oposición debe proponer una alternativa que debe ser novedosa porque lo anterior no funcionó y difícilmente alguien quiera elegirlo. Mientras tanto del control que pueda ejercer la oposición depende que no repita errores ni cometa nuevos, los argentinos no tienen más margen.