23|7|2022

La salida de Guzmán, hora cero de 2023

02 de julio de 2022

02 de julio de 2022

El ministro les renunció a Fernández y a CFK. Un último gesto de rebeldía. Dilema de hierro para la sucesión: ¿unidad o viabilidad económica? ¿Adiós al Fondo?

Eran las 17:47, Cristina Kirchner arreciaba desde Ensenada en su embate final contra esa especie de ajuste con rostro humano que ensaya –¿ensayaba?– Alberto Fernández y Martín Guzmán dejó caer como una bomba su último gesto de rebeldía. "Me dirijo a usted con motivo de presentarle mi renuncia al cargo de ministro de Economía de la Nación con el cual me honrara desde el 10 de diciembre de 2019", encabezó la carta que tuiteó exactamente a esa hora. El sismo deja al Presidente más solo que nunca y obligado a emparchar la unidad del Frente de Todos aun a costa de terminar de desatar todos los demonios que acechan desde hace tiempo a una economía que el dimitente nunca terminó de tranquilizar y de romper el acuerdo vigente –hasta este sábado; desde ahora se verá– con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

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Antes de Cristina, había hablado el intendente de Ensenada, Mario Secco, quien –casi– se puso al frente del operativo clamor para que la invitada a hablar en el 48 aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón se lance a la candidatura presidencial el año próximo. A continuación, el jefe comunal de Berazategui, Juan José Mussi, rogó por la unidad del peronismo "para que no vuelva el neoliberalismo", pero aclaró que para que eso hace falta un rumbo de gobierno diferente.

 

La mesa estaba servida y la vicepresidenta no defraudó: de movida, ironizó sobre los "exégetas" de Perón –con mohínes incluidos– y, para que no quedaran dudas de que se refería a Fernández, citó el manual de Conducción política para dejar claro que la política de la persuasión que este había defendido en la víspera en la CGT no se hace con palabras, sino con hechos. "Perón cazó la lapicera y no la soltó más", dijo y repitió en voz alta.

 

Cuando la expresidenta iba por más, pregonaba la necesidad de establecer un ingreso básico universal y hasta vinculó la visión fiscal de Guzmán con la de Carlos Melconian, el primero de esos economistas soltó la bomba que tenía ya armada: esa carta de siete páginas no se escribe en un minuto. Una que, claro, tuvo el objetivo principal de señalar el boicot cristinista, pero, también, la falta del necesario respaldo político de Fernández.

 

Las causas inmediatas de la renuncia del ahora exministro pasan por las resistencias que seguía encontrando en la gestión para aplicar los aumentos segmentados de tarifas, esto es la guerrilla de los funcionarios cristinistas que hacen un uso muy particular de sus lapiceras: las dejan descansar sin tinta en sus escritorios. De hecho, en su despedida, Guzmán dice: "Desde la experiencia que he vivido, considero que será primordial que (Fernández) trabaje en un acuerdo político dentro de la coalición gobernante para que quien me reemplace (…) cuente con el manejo centralizado de los instrumentos de política macroeconómica necesarios". La confesión no deja dudas: su gestión murió de inanición política.

 

En la misiva, defiende su legado, que describe como el mejor camino posible hacia la estabilidad macro dados los condicionamientos del punto de partida de 2019 –el megaendeudamiento macrista–, la pandemia, el necesario acuerdo con el FMI y la guerra en Europa. A eso habría que sumar el sabotaje que atribuye en privado al cristinismo y al massismo, lo que no lo exime de sus fracasos. El primero, en dominar una inflación que, contra sus promesas, en junio volvió a dar malas noticias, algo que se confirmará cuando el INDEC suelte el nuevo índice como una lágrima. El segundo, el no haber conseguido nunca una recuperación palpable de los ingresos populares.

 

El último miércoles se escucharon, otra vez, ruidos dentro del Gobierno que hacían presumir la salida de Guzmán. Ante las consultas de Letra P, llamó la atención que allegados que hasta entonces descalificaban esas especies con risotadas, esa vez mostraran una cierta resignación. Sobre todo, hizo ruido una de esas respuestas: "Esos rumores son cíclicos… Alguna vez le van a pegar". La resignación estaba instalada.

 

Detrás de Guzmán podrían salir otros funcionarios y funcionarias. De hecho, basta recordar las críticas recientes de la vice, que, más allá del defenestramiento ruidoso de Matías Kulfas, tocaron desde el Banco Central hasta la AFIP. El revoleo de cargos en el gabinete puede ser enorme y tomar la forma de una refundación desde los cimientos, lo único que parece quedar después del terremoto.

 

Pero, más importante, ¿qué será del futuro? En otras palabras, ¿después de Guzmán, qué? Lo único claro a esta altura es que no puede haber, a la vez, ingreso básico universal y acuerdo con el Fondo.

 

Fernández deberá abocarse a encontrar un reemplazante para un cargo que varios le rechazaron en los últimos meses, desde Roberto Lavagna hasta Emmanuel Álvarez Agis. Eso es comprensible: ¿quién querría acercarse al timón de un barco que parece dirigirse hacia un témpano gigante sabiendo que varios funcionarios de menor rango, verdaderamente intocables, le saldrán al paso antes de, siquiera, poder tocarlo?

 

Fernández no tiene margen para seguir haciendo "albertismo" económico y para intentar persuadir con palabras –como lo ridiculizó Cristina– a un empresariado que se ha lanzado a defender con uñas y dientes sus márgenes de ganancia en el contexto de una inflación rampante. Hacerlo sellaría la ruptura del Frente de Todos, no solo con Cristina, sino con el sector que responde a Sergio Massa, al que Guzmán le atribuye las últimas movidas de silla y que, al cierre de esta columna, se intuía como parte central de lo que viene. Su drama es que otra alternativa podría resultar inviable por varias razones.

 

En verdad, no cabría hablar de ruptura, sino de una soledad presidencial que desespera, algo muy peligroso cuando todavía queda un año y medio desafiante de gestión: de un lado Fernández, del otro todo lo demás. Si el mandatario insistiera en sus recetas actuales –"a veces de derecha, a veces de izquierda", como dijo el viernes–, se quedaría fatalmente aislado, acaso acompañado solo por dirigentes sociales que tiemblan cada vez que Cristina menciona su rol de intermediarios en la gestión de los planes sociales.

 

Con la vice se irían los suyos y una fracción de votos absolutamente excluyente en Todos, aunque esta sea un tercio social en riesgo de achicamiento. También, el peronismo bonaerense y el massismo, que sabe que no tiene ningún otro lugar posible bajo el sol. Si hasta la CGT amagó con soltarle la mano al Presidente y le terminó armando el viernes un acto tan cupular, tan carente del color popular que, se supone, acompaña al peronismo, que dio pena. Por lo menos, el Tula llevó el bombo.

 

Así las cosas, se puede especular en caliente con el nombramiento de algún hombre o mujer "de síntesis", hecho que salvaría el fetiche de "la unidad" y aliviaría a quienes nunca se preguntan para qué sirve. Sin embargo, dicha síntesis sería solo para la interna. Los factores económicos y financieros a los que el primer mandatario señaló hace pocos días como parte de un "golpe de mercado" ya piensan en cómo abrirán el lunes los tipos de cambio paralelos, hasta cuándo aguantará el dólar oficial sin un toque fuerte al alza y hasta qué subsuelos caerán las cotizaciones de las acciones y los títulos públicos. Es de esperar que Fernández dé con alguna persona con la inconsciencia necesaria para hacerse cargo del Palacio de Hacienda en este trance dramático.

 

Uno de los baldones que el o la valiente debería asumir sería que tampoco habría síntesis con el Fondo. Guzmán se va con las metas precariamente cumplidas, pero lo que viene podría convertir el acuerdo tan largamente negociado en mucho menos que papel mojado.