23|11|2022

10 de julio de 2022

10 de julio de 2022

El espanto por el colapso económico arrebató una tregua en el Frente de Todos. El chivo expiatorio y la letra chica. Que 2023 no separe lo que Guzmán ha unido.

Que las reuniones dejen de ser noticia, que el diálogo pase a formar parte de la dinámica diaria, de aquí en más, y que las decisiones se tomen en una mesa conjunta que funcione sin filtraciones. A la fuerza, a las puertas de una crisis institucional y en medio de una corrida cambiaria, la plana mayor del Frente de Todos (FdT) rubricó esta semana las cláusulas de convivencia que reclamaban bases y dirigencias de todos los niveles y logró calmar los ánimos internos, aunque tiene por delante el desafío mayor: encaminar la economía. En paralelo, se tomó conciencia de la fragilidad política del Gobierno y se abrió un interrogante que inquieta a varios actores principales: ¿adónde va Cristina Fernández de Kirchner con su incipiente gira?

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“Hay un proceso de normalización” es la frase que utiliza el cristinismo para definir la nueva etapa, en la que Alberto Fernández y CFK volvieron a reunirse para hablar en privado y empezaron a discutir y compartir decisiones de gobierno. La primera fue la designación, el domingo pasado, de Silvina Batakis como ministra de Economía, propuesta por el Presidente y avalada por la vice, en una conversación telefónica que tuvo momentos de tensión.

 

La cena del lunes mejoró el clima. Dirigentes de diálogo con el Presidente y la vice afirman que la relación entre ambos “está bien” y que los encuentros se dieron en un clima “cordial”. Del contenido de los diálogos trascendió poco y nada; una regla de oro que Cristina impuso para que la convivencia no vuelva a deteriorarse y que también alcanza a Sergio Massa.

 

Fernández, Cristina y el presidente de la Cámara de Diputados se vieron el miércoles en Olivos. Lo que charlamos en el ámbito privado queda en privado”, dijo este sábado Massa en C5N, cuando le consultaron por el encuentro, cuya existencia no negó. La reunión transcurrió antes de la hora de la cena, en Olivos, porque Cristina debió partir luego rumbo al festejo de cumpleaños de su hija, Florencia.

 

El contenido de la conversación tripartita tampoco trascendió de manera clara, aunque circularon versiones. Una indicaba que se estaba cocinando un cambio de gabinete, con una renovación de nombres y una reestructuración del Gobierno que incluye una reducción de la cantidad de ministerios y el desembarco de Massa. Cristina y el titular del Frente Renovador lo empujan. El Presidente resiste. Pretende focalizar el cambio en Economía. Según pudo saber Letra P, la coincidencia estuvo en que habrá, desde ahora, un cambio “de sistema” en la toma de decisiones que está por sobre nombres propios. 

 

Otra cuestión fue la insistencia de Cristina en sus críticas hacia los movimientos sociales, en particular, el Movimiento Evita, hasta ahora sostén territorial del Presidente. La vicepresidenta ya lo dijo en público en diversas oportunidades. Ahora, CFK habría ido más allá y habría pedido la salida del Gobierno de los líderes del Movimiento Evita, Fernando Navarro y Emilio Pérsico.

 

La vicepresidenta y su entorno hacen del silencio una política que se cumple a rajatabla. Pocos acceden a la información. Los secretos se mantienen bajo siete llaves. Las decisiones se revelan en un momento elegido de manera estratégica. La sorpresa es clave. 

 

Por eso, ahora celebran que no exista material sobre el diálogo para comentar en público, pese a que de las dos reuniones presenciales que mantuvieron salieron ideas y propuestas de medidas que cada uno de los asistentes empezó a trabajar con sus equipos. “Lo lógico es lo que está pasando, que nadie sepa nada”, dicen. Es sabido que las filtraciones de decisiones del Gobierno y conversaciones privadas fueron uno de los principales factores de fastidio de Cristina con el Presidente.

 

Lo que quedó en evidencia, tras las reuniones, fue la decisión conjunta de buscar un factor que aglutinara a las partes. El chivo expiatorio elegido fue Martín Guzmán. La salida intempestiva del exministro de Economía, el sábado 2, mientras CFK hablaba en Ensenada, dio la excusa perfecta. La vicepresidenta lo tenía apuntado desde el cierre del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Massa no ocultaba sus diferencias. El Presidente lo había defendido a capa y espada, aun cuando eso lo había empujado al enfrentamiento con sus socios.  

 

“Me parece un gesto de inmensa ingratitud personal hacia el propio Presidente. Yo no oculto las diferencias. Este presidente había bancado a ese ministro de Economía como a nadie, enfrentándose inclusive con sus propias fuerzas de la coalición. ¿Se merecía eso?”, dijo

 

Cristina dijo que la renuncia fue un acto de “irresponsabilidad política” y “desestabilización institucional”. En su entorno, que lastimó al Presidente y generó “un colapso económico” en pocos días.

 

Fernández no fue mucho más contemplativo. “Se fue y él sabe lo que yo pienso de cómo lo hizo. Hay cuestiones de responsabilidad institucional que recomendaban que hubiera ocurrido de otro modo”, dijo el mandatario el sábado, desde Tucumán, en diálogo con C5N. En privado no había escondido su furia. Como contó Letra P, Guzmán tuvo intenciones de concurrir a la jura de Batakis, que se celebró el lunes en el Salón Blanco de la Casa Rosada. No fue invitado. Fernández tampoco le agradeció su gestión ni lo mencionó en el acto, como sí había hecho en anteriores recambios de gabinete.

 

“Se la pasó hablando de tranquilizar la economía y, con su renuncia, en dos días le hizo más daño que lo que sucedió después de las PASO de 2019”, se quejó un hombre de primera línea del equipo presidencial. Lamentó, además, que la salida de Guzmán empañara “los buenos resultados que tuvo su gestión” en la macroeconomía.  

 

Massa también apuntó sus cañones contra el exministro. “Nos puso a todos en alerta y nos hizo ver que las mezquindades individuales terminan poniendo en riesgo lo colectivo”, dijo y habló de “arrebatos” que “terminan lastimando al conjunto”.

 

Las intervenciones de los tres dirigentes, entre viernes y sábado, marcaron el pulso de la relación. En El Calafate, Cristina se concentró en Guzmán, respaldó a Fernández y volvió a hablar del bimonetarismo. A la mesa chica presidencial le cayó en gracia. Dijeron que las palabras de la vicepresidenta “ayudan a tranquilizar” la interna política. Fernández y Massa estuvieron juntos en Tucumán y hablaron de la importancia de la unidad.

 

Los tres comprenden que la situación es demasiado complicada. La situación financiera está al borde del precipicio. El índice de inflación que se conocerá esta semana le echará nafta al fuego. Cristina cree que hay una bomba social que hay que desactivar de manera urgente. 

 

En el cristinismo, dicen que el colapso de esta semana demostró dónde está la verdadera lealtad y lamentan la demora en el llamado presidencial, que llevaba meses en espera. El fin de semana pasado, en Olivos, saben, toda la mesa chica de Fernández le insistió en que se comunicara con Cristina. El Presidente se negó hasta último momento. Tuvo que mediar hasta Estela de Carlotto. Ahora, las tres patas de la mesa apuestan a que los encuentros sean cada vez más frecuentes y que puedan traducirse en acuerdos concretos. Algo de eso empezará a verse en el Congreso.

 

A pesar de la distensión, entre la dirigencia del FdT genera inquietud la decisión de Cristina de lanzarse a hacer apariciones periódicas en el conurbano bonaerense y en las provincias. ¿Un testeo para ver si puede ser candidata en 2023? “Es muy probable. ¿Qué necesidad tendría, si no, de mostrarse cada 15 días?”, razona un referente del peronismo que habla seguido con Cristina.

 

Los discursos de la vicepresidenta le fueron marcando la cancha a Fernández, empujaron cambios de gabinete y renuncias de ministros y, finalmente, terminaron en el reacomodamiento que se empezó a ver esta semana. Sus apariciones podrían estar dirigidas tanto a señalar el rumbo y a contener a su electorado para después bendecir a un candidato propio -¿Eduardo de Pedro? ¿Jorge Capitanich?- como a construir una candidatura propia. Probablemente no se sepa hasta último momento.

 

Massa y Fernández también miran hacia 2023. El presidente de la Cámara de Diputados sueña con convertirse en el ungido por todos, como fue Fernández en 2019. Su desembarco en el gabinete, que esta semana estuvo a punto de concretarse, lo catapultaba a esa carrera. Massa sabe que, si llegara a tener la oportunidad, será a matar o morir. Por ahora, no se dio. Ya sea porque el líder del Frente Renovador “se sobregiró” en sus pretensiones o porque fue víctima de un veto. Ahora buscará su nuevo lugar. Tanto en el albertismo como en el cristinismo destacan su tarea de estos días. Lo ven “enfocado” y entienden que deben darle más espacio de decisión.

 

Hasta antes del cimbronazo, el Presidente soñaba con la reelección. Su gran apuesta era la estabilización económica y el crecimiento que prometía Guzmán. Lo dijo y lo mandó a decir, algo que sacó de quicio a Cristina que, por más reconciliación que haya, lo tiene vetado para 2023. Como contó Letra P en febrero, en las mesas que comparten dirigentes de primera línea del cristinismo y el massismo se especula, incluso, con que, llegado el caso, Fernández se muestre a sí mismo como un presidente “de transición” al que le tocó lidiar con una crisis feroz y una pandemia y aun así logró dejar una economía en marcha y se autoexcluya. 

 

La liga de gobernadores y gobernadoras sigue el mismo camino y busca un nombre propio para proponer. Descarta a Fernández y ya no quiere saber nada del dedo elector de Cristina. En la reunión que tuvieron esta semana en Formosa, los mandatarios del Norte Grande hablaron de pedir un encuentro con el binomio presidencial para plantear su preocupación por la situación política. El fin de semana pasado temieron que la crisis se agravara aun más. En la dirigencia que dialoga con el Presidente hay quien dice que Fernández tiene un plan B: Daniel Scioli. Para el cierre de listas, dentro de un año, falta un siglo en la agitada vida del FdT.