08|9|2022

El mundo cambia para mal y complica la lucha contra la inflación

05 de mayo de 2022

05 de mayo de 2022

Pospandemia y guerra. El desvelo de los precios de la comida y la energía. La Fed mete la cola: suba de tasas y presiones devaluatorias en países emergentes.

Alimentos, energía y dólar. Esa tríada resume las complicaciones que el mundo impondrá a una Argentina urgida de reducir su nivel de inflación, que en las proyecciones privadas para el año ya abandona la zona del 60% para el año y se acerca al 70%.

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La tendencia involucra un período de tres años y dos eventos imprevisibles, lo que se suele llamar "cisnes negros". Que esas aves acuáticas de tonalidad inusual hayan llegado esta vez en pareja implica casi la aparición de un tercer ejemplar en el lago.

 

En 2020, la pandemia obligó a todos los países a realizar un festival de gasto y emisión monetaria para sostener sus aparatos productivos y condiciones mínimas de vida a poblaciones confinadas de la noche a la mañana y por varios meses. Eso era, desde el vamos, una garantía de inflación futura y nadie llegó a recoger el barrilete antes de que la invasión de Rusia a Ucrania empeorara todo en febrero último. El conflicto, que provocó una disparada de los precios de los alimentos y los combustibles, avivó las llamas de la inflación global. La Argentina, claro, le pone un piso propio de alrededor del 50% a esa tendencia, que preocupa cada vez más.

 

En primer lugar, la guerra parece ir para largo. La copiosa entrega de armamento de los países de la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a Ucrania le impide a Rusia concluir rápidamente una ofensiva que, si se cumplen los pronósticos de las agencias de inteligencia occidentales, se llevaría todo este año y, acaso, parte del próximo. La guerra le impide a Ucrania ser el proveedor privilegiado de trigo, maíz y girasol que siempre fue, mientras que la ocupación rusa del sur de ese país impide la salida de los granos a través del mar Negro. Mientras, los países occidentales bloquean, en toda la medida posible, la importación de alimentos provenientes de Rusia, lo que prácticamente termina de sacar del mercado a dos de los jugadores más importantes. Así, no hay por qué pensar que las cotizaciones internacionales de los cereales y las oleaginosas dejarán de jugar, en el mediano plazo, a favor de la Argentina en lo que respecta a sus exportaciones, pero severamente en contra en términos de los costos internos de la comida.

 

En lo que respecta a la energía, el futuro inminente preocupa más. Después de tensas deliberaciones entre los miembros más y menos dependientes de los hidrocarburos rusos, la Unión Europea (UE) decidió que el gas de la Federación deje de fluir hacia 2024, mientras que el petróleo lo haría este fin de año.

 

La cuestión provoca rispideces pocas veces vistas en el bloque. Como ese tipo de sanciones requiere el respaldo unánime de los 27 miembros de la UE, basta con que un solo país diga "no" para que eso se convierta en veto. En lo que hace al embargo petrolero, ese país es Hungría, tan dependiente del crudo ruso –en 60% de sus necesidades actuales– como atado a las decisiones de un gobierno de ultraderecha como el de Víktor Orban, que funge como aliado de Vladímir Putin y caballo de Troya en el club europeo.

 

Argumentando las mismas razones económicas se sumaron al rechazo República Checa y Eslovaquia.

 

Como sea, si la UE se viera impedida de actuar, podrían hacerlo diferentes países miembros a título particular, empezando por Alemania, principal cliente energético de Rusia, que respalda el embargo petrolero debido a la irresistible presión que Estados Unidos desató sobre el gobierno socialdemócrata de Olaf Scholz. Ante eso, Berlín ya advirtió a su ciudadanía, muy sensibilizada por la causa ucraniana, que se prepare para afrontar fuertes aumentos de los combustibles, superiores al 40% ya registrado, en el próximo semestre.

 

Por tratarse, como los alimentos, de bienes transables –comercializables en el mercado mundial–, los precios internos de los combustibles tienden a estar fuertemente vinculados a las cotizaciones externas, algo que es posible moderar a través de regulaciones, pero siempre parcialmente. En el contexto de la necesidad de acumular reservas y de eliminar subsidios que desquician las cuentas públicas, esas herramientas quedan aun más restringidas en el marco del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), lo que hace que su eventual impacto inflacionario sea mayor.

 

Sobre llovido, mojado. El mundo experimenta índices de inflación inéditos en décadas y si a la Argentina la alarma un horizonte de 70%, a Estados Unidos, por caso, lo desvela su presente de 8,5% –mayor nivel en 40 años–. Así, las grandes economías comienzan a recoger el barrilete de la megaemisión de la pandemia, elevan para eso las tasas de interés y ralentizan por ese camino la recuperación productiva.

 

La UE se considera ya en estanflación, esto es una combinación de estancamiento productivo y elevado avance de los precios. Por eso, empezaría a subir las tasas recién hacia fin de año, para no convertir ahora, en pleno impacto de la guerra, el estancamiento en recesión. Sin embargo, Estados Unidos, la mayor economía global –alrededor del 20% del total mundial– ya inició la tarea.

 

En marzo, la Reserva Federal realizó la primera suba de su tasa de interés de referencia desde 2018. Fue de 0,25 punto porcentual, lo que el miércoles reiteró, pero en una medida mayor: 0,5 punto, magnitud inédita en 22 años. Anticipó, asimismo, que hará lo propio en los dos próximos meses, lo que llevará ese tipo al 2% en julio.

 

Además, comenzará a deshacerse de los títulos públicos que compró en momentos en que la prioridad era estimular la economía. Si entonces, al adquirir Bonos del Tesoro, volcaba dólares al mercado, al realizar desde ahora la operación contraria, los retirará. Así llegó a acumular nueve billones de dólares en tales instrumentos, de los que se desharía a un ritmo de 95.000 millones de dólares cada mes.

 

Si las inversiones en dólares se hacen más rentables, los capitales financieros emprenden el llamado "vuelo a la calidad", vendiendo sus activos en mercados emergentes –y sus reales, liras turcas, pesos mexicanos y argentinos…– y pasándose al billete verde. Eso supone devaluaciones de las monedas mencionadas y, en el caso argentino, un peligro excedente de traspaso a inflación.

 

¿Pero cómo? ¿No hay cepo, acaso? Lo hay, pero la fuga de los capitales que vienen a especular por un rato con la tasa en moneda local se realiza a través del paralelo legal, el "contado con liquidación", que surge de la compra y venta de títulos que cotizan en pesos y en dólares. En las últimas semanas, el CCL ya dio muestras de desperezarse, algo que incrementa las expectativas de devaluación del tipo de cambio oficial, el anticipo de importaciones y las dificultades para que el Banco Central junte reservas y mantenga las aguas quietas.

 

El infortunio se ceba con la desdichada Argentina.