21|7|2021

La pandemia es una guerra que dejará secuelas dramáticas, advierte el autor, que analiza el rol del sistema educativo en la reconstrucción. 

Pensaba empezar este artículo con un dato escalofriante: de cuatro chicos que se sientan a una mesa en el conurbano, solo uno come todos los días. Pero ya estamos cansados de los diagnósticos. Argentina tenía un 30 % de pobreza en 2015, llegó a 35 % en 2019 y el último informe del Observatorio de la Deuda Social indica que ya superamos el 45%, incluidos los planes sociales y las diferentes y necesarias estrategias de asistencia que implementa el gobierno nacional desde que se desató la pandemia.

 

Esto repercute directamente sobre los diferentes ámbitos de la vida cotidiana: en las familias, en los trabajos, en la escuela; los índices de violencia intrafamiliar y de género, el aumento de asistencia a comedores, como el delito y la inseguridad, son síntomas de una sociedad quebrada, estructuralmente fallida, pero, además, sabemos que las respuestas del Estado y la política ya no alcanzan y en algunos ámbitos son parte del problema.

 

Como decía que los diagnósticos sobran y por suerte existe esa especie de oficina de control de daños que es el Observatorio de la Deuda Social, me eximo de los detalles; también es cierto que, a veces, dejamos pasar otros datos, también elocuentes. Uno de esos datos me llegó de modo indirecto. Alguien me comentó que la inscripción de este año a los talleres virtuales de capacitación de la Escuela de Oficios de la Universidad Nacional de La Plata había sobrepasado cualquier previsión. Como conozco la experiencia que lleva adelante su referente, María Bonicatto, entré en la página de la Universidad. Mi sorpresa fue también significativa: 43.000 inscriptos para desarrollar diferentes formaciones en oficios (soldadura, cocina, electricidad, carpintería, asistente administrativo, atención y cuidados, auxiliar de instalaciones de gas y plomería, etc.), con cursos cuatrimestrales y anuales.

 

Pensé enseguida que había entonces que cambiar el chip. Es cierto, hay una crónica situación social extrema, pero a la vez también hay una cuantiosa expectativa de recuperación. Según algunos informes que evalúan del impacto de la pandemia, por ejemplo, sobre el sistema educativo, cerca del 10% de la matricula quedó desvinculada de la escuela. Por otro lado, quedó en evidencia la diferencia pronunciada entre los niveles de conectividad al mundo digital. Si bien muchos tienen celulares, menos del 70% tiene conexión fija hogareña. Se suma a las malas condiciones habitacionales en villas, asentamientos y barrios populares, en especial, en el conurbano, y a la dificultad de la escuela para proveer recursos de reemplazo.

 

¿Cómo hacemos ahora para trabajar sobre la revinculación a la escuela y la recuperación de contenidos? Dos cosas se me ocurren. Primero, buscar apoyo en las mismas fuerzas de la comunidad. Hay cientos y miles de clubes sociales que han sido claves en comedores y asistencia durante las cuarentenas más fuertes. Tienen historia y presencia en los barrios y los vecinos los conocen; esta puede ser una red fundamental en una etapa que exigirá refuerzos. Comedores, clases de apoyo escolar, contención vía deportes o talleres artísticos, claves para hacer la diferencia. Cuando se complete el plan de vacunación, lo peor que podemos hacer es pensar que la pandemia ya terminó, que podemos hacer como si acá no hubiera pasada nada. Esto fue una guerra. Con secuelas y daños.

 

La segunda cuestión necesaria es repensar muchas de nuestras instituciones. Estamos en deuda ahí con muchas demandas que hoy se canalizan por fuera de los sistemas tradicionales. ¿Por qué miles de personas optaron por inscribirse a un sistema de formación como el que brinda la Universidad de La Plata, vía su Escuela de Oficios? ¿Qué estamos haciendo en la escuela, en todos los niveles, desde el primario hasta los institutos superiores, que no alcanza o no responde a las demandas sociales? De ese 10% que perdió contacto con la escuela, muchos son jóvenes que cuando comenzó la pandemia tenían 15 o 16 años. Hoy, ya con 17 o 18, no va a ser fácil que vuelvan a las aulas. El programa Fines es un instrumento interesante para volver a convocarlos, pero ¿alcanza con que tengan el certificado? Como surgió en muchos de los talleres y encuentros que hicimos desde el Observatorio de Calidad Educativa, cuando preguntábamos por el secundario, la idea que más se escuchaba era la falta de “sentido”. Cuando se universalizó ese nivel en la Ley Nacional de Educación, no se tocó una currícula mesocrática y alejada del mundo del trabajo.

 

Como sugirió Ianina Tuñón en una entrevista con Letra P, responsable del mapa de la pobreza referida a las Infancias del Observatorio de la Deuda Social, el impacto de la pandemia en el AMBA es mucho más que las cifras de pobreza e indigencia, hay una “cualidad de la pobreza” que no miden las estadísticas, que tiene que ver con “el acceso a los servicios de salud, de educación, de los espacios públicos de socialización”. La pandemia pone a la luz una sociedad argentina ghetizada, donde los ricos viven con los ricos y los pobres con los pobres. Así, no es posible proyectar un destino de comunidad, un proyecto de país común. Por eso, el Estado no puede reproducir esas diferencias, tiene que transformarse, para dar cabida a los proyectos y las expectativas de la gente.

 

43.000 personas inscribiéndose para formarse y capacitarse en una decena de oficios en la Universidad Pública es un mensaje de por dónde van esas demandas. Un indicio.