03|10|2021

La inflación, a la espera de abril

22 de marzo de 2021

22 de marzo de 2021

Los precios picaron alto en el primer trimestre, pero el inicio del cuarto mes centra la esperanza oficial. Elecciones a la vista. ¿Alivio a tiempo? ¿Y después?

La elevada inflación de enero y febrero encendió luces de alerta en el Ministerio de Economía, que se propone, como mandato número uno, moderar esa variable clave para el resultado de las legislativas de octubre. Como marzo mantiene la evolución de los precios muy sostenida, la expectativa de Martín Guzmán se concentra en lo que pueda ocurrir a partir de abril. Si bien se espera que los mismos efectivamente se moderen, ayudando a la campaña oficial, surgen inevitables preguntas respecto de la sustentabilidad de una mejora basada en controles, extrema contención tarifaria y represión del dólar.

 

Las previsiones para el mes en curso rondan, otra vez, el 4%. Ecolatina proyecta 3,7%, la consultora LCG un 4 o más y los analistas consultados por el Banco Central para el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) a fines de febrero apuntaron también a 3,7%, aunque el pronóstico se realizó antes de que se anunciara la suba del 7% de los combustibles.

 

Así las cosas, el trimestre rondaría el 12% y la pauta oficial del 29 al 33% que consta en el Presupuesto 2021 luciría inviable.

 

Así las cosas, cabría comenzar a preguntarse cuán por encima del tope del 33% que establece el Presupuesto se ubicará la inflación anual y, por el otro lado, cuán lejos del 36,1% del 2020 pandémico y del 53,8% de 2019, el último año "normal" de la economía argentina. Y, claro, sobre su sustentabilidad pensando en 2022.

 

Hay tres factores principales que determinan la trayectoria de los precios en la Argentina: el tipo de cambio, las tarifas de servicios públicos y los salarios. Ecolatina trazó en su último informe qué cabe esperar en cada caso.

 

En primer lugar, como se sabe, Guzmán ha decidido que el dólar oficial se actualice por debajo de la inflación nueva, tendencia que se hará más notable conforme avance el calendario. Será un ancla, aunque se espera que no exagerada, para los precios, lo que contará con el margen que entregarán los excelentes precios vigentes de los principales productos de exportación, con la soja a la cabeza, algo que permitirá disimular alguna pérdida de competitividad cambiaria.

 

El efecto no deseado de esa política podría pasar por una continuación de la escasez de dólares. Más allá de que la temporada sojera acerque, se espera, unos 7.000 millones de dólares más que en 2020, la situación de las reservas del Banco Central seguiría siendo poco holgada –por decir lo menos– en un contexto de continua intervención en los mercados cambiarios paralelos, lo que obligaría al Gobierno a mantener un severo control sobre las importaciones y, con ello, a lastrar en parte el crecimiento de un aparato productivo que depende en buena medida de insumos extranjeros.

 

El segundo elemento, la política de actualización de las tarifas –y su contracara, los subsidios que debe afrontar el Tesoro– está en plena discusión dentro del Frente de Todos.

 

Guzmán busca un sendero de actualizaciones que permita segmentar las tarifas de transporte, luz, gas y agua de modo que las mismas afecten en menor medida a los sectores de bajos ingresos. Si los argentinos y las argentinas de ingresos medios y altos contribuyen en una medida mayor, podría cumplir con su objetivo de que los subsidios se mantengan constantes en 1,7% del producto bruto interno (PBI). Si no, la meta fiscal –un déficit primario, esto es antes de pago de deudas, de 4,5%– quedaría comprometida.

 

Dadas las exigencias electorales, Ecolatina apuesta a que haya una sola actualización tarifaria preelectoral y que esta resulte "limitada y puntual".

 

Por último, en lo que respecta a los salarios, clave de una recuperación del consumo –variable que da cuenta de cerca de 70% del PBI nacional– el punto de partida es lamentable: entre 2018 y 2020 estos perdieron en promedio 20% frente a los precios. El alto desempleo vigente, explica la consultora, limitaría la mejora que el Gobierno espera que resulte superior a la inflación del año.

 

Ecolatina registra en su trabajo los dos enfoques principales predominantes en el Gobierno sobre la inflación, de los que ha dado cuenta Letra P: uno, el de Guzmán y su par de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, tendiente a considerarla un fenómeno macroeconómico multidimensional; otro, el ligado a los economistas y dirigentes cristinistas, que descansa en la capacidad de control que asignan al Estado.

 

"Aunque los excesivos pedidos de información y los controles de precios" van en la dirección del viejo dirigismo cristinista, "hay una parte del Gobierno con un enfoque más integral en la materia que permite ser menos pesimista –que no es lo mismo que más optimista–".

 

"Si se materializaran algunos riesgos, la desaceleración (de precios) comentada podría no concretarse. Por ejemplo, apuntar a una apreciación cambiaria mayor a la sostenible o extender indefinidamente el congelamiento tarifario residencial podrían volverse en contra. Un dólar oficial demasiado quieto alimentaría la brecha y las intervenciones del Banco Central con reservas en el mercado paralelo, complicando el acceso al mercado oficial de cambios de muchos importadores. En un sentido similar, un aumento del gasto en subsidios que profundice el rojo fiscal y obligue a financiarlo con emisión tendría efectos parecidos", advirtió. 

 

Si el Gobierno no cayera en esas tentaciones, la inflación del año no se dispararía, pero, según pronostica, en cualquier caso superaría la meta presupuestaria.

 

"La suba de precios no perforará el 2% mensual en todo este año y el objetivo del Presupuesto quedará cada vez más lejos. Por otro lado, la baja no será sostenible: luego de las elecciones, es probable que tanto las tarifas de servicios públicos como el tipo de cambio oficial aceleren su marcha", añadió.

 

Así, Ecolatina apunta a una inflación del orden del 40%, menor al rango de 45,5 a 48,1% que surge del REM de febrero. Sería, como relativo consuelo, mayor que la del anormal 2020 de actividad paralizada, pero menor que la del 2019 del cambio de mando. Ni muy muy, ni tan tan. La cuestión es el futuro: ¿qué nivel de atrasos cambiarios y tarifarios dejará la cita electoral para 2022?