05|5|2022

2022, el año de la guerra fría

01 de enero de 2022

01 de enero de 2022

Sin urnas que apuren definiciones, presidente y vice velarán armas y moverán fichas para la contienda de 2023. ¿El choque no se puede evitar? De qué depende.

Podrían, tal vez, lograr lo que hasta ahora no pudieron y ponerse de acuerdo en la recta final del mandato de Alberto Fernández para encontrar una salida que los deje conformes a los dos. Conseguir, otra vez a la hora del diseño electoral, una fórmula que redunde en la victoria y les permita llegar a la comunión que perdieron en el ejercicio defectuoso del poder. Gran electora, responsable de la presidencia de su exjefe de Gabinete y socia por default de los resultados de la gestión, Cristina Fernández de Kirchner tiene su suerte atada al experimento del Frente de Todos hasta 2023. Nada más ni nada menos. Después, tanto ella como el Presidente quedarán en libertad de acción para diseñar una estrategia de futuro. Para eso, tendrán que retener algo del capital político que supieron cosechar juntos.

 

Todo se resolverá si, camino a las presidenciales, aparece la alquimia milagrosa que refrende la unidad tal y como existe en la actualidad, pero, si ese ensayo no resulta, será inevitable que las diferencias que atraviesan la gestión del FdT en el poder se trasladen a la oferta electoral. Falta una eternidad y tienen razón quienes, a un lado y al otro, piden no precipitarse en el terreno de las especulaciones.

 

La alianza de gobierno depende, sobre todo, de los resultados de la gestión de los próximos y decisivos dos años. Sin embargo, las voces de la cautela y el paso a paso son desautorizadas por protagonistas destacados de la coalición que se lanzan, una y otra vez, a postular nombres y alternativas hacia 2023. Antes que nada, el Presidente y sus partidarios más entusiastas, que se apresuraron a proyectar escenarios de optimismo desde unos cuantos meses antes de la catástrofe electoral y volvieron a ceder a la tentación después de la remontada de noviembre y pese a la derrota en 15 provincias. Enseguida, los distintos sectores del cristinismo que no quieren verse fagocitados por el albertismo nonato y se aventuran hacia las presidenciales con sus propias proyecciones. Lo hizo hace apenas unos días el ministro del Interior Eduardo De Pedro, cuando anticipó que La Cámpora tendrá su propio candidato a presidente en 2023. 

 

Dos años antes

Igual que pasa al otro lado de la polarización, con los liderazgos complementarios y enfrentados de Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta, sucede en el peronismo gobernante. Todos se necesitan, todos disputan, todos pretenden conducir. La tensión se da entre quienes se enrolan detrás de los jefes históricos de cada espacio y quienes se proponen desplazarlos con evidentes dificultades. Macri, el político de cuna empresaria que le permitió a Larreta quedarse con el botín de la Ciudad, enfrenta a su sucesor, el enemigo del conflicto que solo piensa en cómo seguir subiendo la escalera del poder.

 

Cristina, la dueña de los votos que expresan la memoria de los buenos años kirchneristas, intenta dejar atrás a Alberto, el presidente que nació de su dedo y ahora quiere quedarse, pese a las evidencias que se acumulan en su contra.

 

Si 2023 es un punto difuso en el campo minado de la Argentina, 2022 se inicia ya como el año de la guerra fría entre AF y CFK. La vicepresidenta ya dio muestras de que piensa a mediano plazo: en 2017, dos años antes de las presidenciales, le anunció a Luis Novaresio que no iba a ser "ningún obstáculo" para la unidad del peronismo. Cumplió a su manera y lo hizo sin resignar su cuota parte del poder. Pero, se sabe, aquella estrategia brillante, que sirvió para ganar, derivó entre 2020 y 2021 en las reiteradas cartas de Cristina que apuntaban contra Alberto, su gabinete y sus políticas.

 

A dos años de las presidenciales, CFK empieza otra vez a ensayar variantes de futuro. No son solo especulaciones o deseos de sus incondicionales. La vicepresidenta despidió 2021 en Pilar rodeada de artistas que la aclaman y le piden que vuelva a ser protagonista central de lo que viene. “Hoy no quiero hablar de las dificultades. Hoy quiero hablar de las cosas hermosas que hemos podido construir juntos y de las que seguramente vamos a volver a construir”, dijo. Fue la primera vez en casi dos años que se permitió abrir una ventana hacia el futuro y le devolvió la ilusión al cristinismo irreductible. CFK ofrece indicios de que no está pensando en retirarse después de 2023, sino que busca cómo continuar, de alguna forma, en el poder. Una frase que se perdió en su discurso sugiere que, con ese objetivo, está dispuesta a casi todo: “Somos los menos ideológicos de todos”, afirmó.

 

Delegar no sirve

En 2023, Cristina tendrá 70 años. Mucho, si se piensa que fue presidenta dos veces y vio cómo se agotaba el proceso que la tuvo como lídereza. Poco, si se mira al otro lado de la frontera y se advierte el regreso de un Lula que quiere volver a ser, con 76 años ya cumplidos. Cuando designó a su exjefe de Gabinete como candidato, Cristina se miró en el espejo del líder del PT, que eligió a Dilma Rousseff para sucederlo, pero ensayó una innovación -ser su compañera de fórmula- que garantizaba el traslado a votos, aunque no le evitaba trastornos. 

 

Casualidad o no, la última aparición pública de los Fernández, el 10 de diciembre pasado, los mostró a los dos felices, en una postal que hacía mucho no se veía. Fue el reencuentro después de tres meses: el último acto que los había tenido a los dos como oradores había sido el 9 de septiembre en Tecnópolis, tres días antes de la catástrofe de las PASO. En Plaza de Mayo, Alberto y Cristina protagonizaron un debate público en relación a la política que el gobierno debe llevar adelante en la negociación con el Fondo Monetario Internacional. CFK se miró en el espejo de Lula y Alberto y se cansó de reivindicar a Pepe Mujica, pero después del acto y más allá de las postales de la unidad, cada uno ratificó su propio balance. En la intimidad, los dos consideran que es el otro el que está equivocado y debe hacer una autocrítica. 

 

Para el Presidente, su vice está atrapada en la nostalgia de los años dorados kirchneristas, cuando el boom de los commodities permitía los salarios en dólares más altos de la región. Hoy, con los sueldos entre los más bajos de América Latina, Cristina invoca ese pasado que Alberto no puede ni se propone reeditar en un contexto muy distinto.

 

Para la vice, Fernández no estuvo a la altura de la imagen que ella misma se había creado durante el mandato de Néstor Kirchner y la eficacia que advirtió en él en aquellos años solo era producto de que actuaba bajo las órdenes de su marido. Según afirman quienes suelen frecuentarla, ella admite que se equivocó con la elección y, aunque cada tanto sacude la estantería del oficialismo, sabe que no puede tensar más la cuerda. Para el cristinismo, la conclusión que se desprende hacia adelante es clara: delegar en un socio como el que se esperaba que fuera Fernández no le sirve al kirchnerismo. Por lo pronto, a Cristina, como a su hijo Máximo, le preocupa que el gobierno de Fernández carezca de toda épica y vaya camino a una mala negociación con el Fondo. 

 

PASO a PASO

En la plaza previa a la del 10 de diciembre, la que lo tuvo como único orador, el Presidente abrió una puerta para resolver la encrucijada de 2023 y dijo que quería que todas las candidaturas del Frente de Todos surgieran de una gran interna en las PASO. Letra P había anticipado unos días antes que la propia CFK había llegado a la misma conclusión en los días previos: la necesidad de cambiar el chip y dar por cerrada la etapa de la elección de candidatos a dedo, que inició con Daniel Scioli y continuó con Alberto. “De ser así, como le anticipan a Letra P en su entorno, CFK apelaría al criterio inverso al que utilizó en 2015, 2017, 2019 y 2021 con el intento de sostener la unidad y permitir la competencia puertas adentro del peronismo”, decía.

 

Viejos conocidos, Alberto y Cristina tienen siempre la posibilidad de llegar a un entendimiento, pero refrendar el pacto de hace dos años implicaría que uno de los dos resignara más. Llegado el momento, con el capital que cada uno pueda reunir, tendrán la oportunidad de discutir posiciones. Hasta esa instancia, habrá que esperar que escalen las estrategias de uno y otro sector para posicionarse de la mejor manera. Aunque falte una eternidad, tanto al Presidente como a su vice tienen a su alrededor una tropa que ya los sube a la gran interna presidencial del peronismo. A diferencia de Macri, que escribió su libro Primer tiempo con el anhelo de jugar el segundo, CFK proyecta un futuro pero no se para como candidata, tal y como quisieran sus más fervorosos discípulos. Los dos pueden ser candidatos y los dos pueden bajarse en función del nuevo pacto que alumbre el Frente de Todos.