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Se acerca el otoño y sigue en loop la pelea por la emergencia. Encerrado en chocar con el Frente Progresista, al gobierno se le planchó la gestión. Inicio a los tiros y cierre abocado al coronavirus.

Por 16/03/2020 11:40

Al verano santafesino, caliente como nunca, se lo pasó bajo la sombra de un toldo. El reposo fue la forma de sobrevivir a la temporada que termina siendo eterna, entre esperas, picos de tensión y el remate de un desconcertante virus que tapó toda la coyuntura.

El peronismo no se recuperó rápido del jolgorio de volver al poder tras 12 años y se movió pesado, fuera de ritmo. La gestión apostó todo a un mojón económico que, tres meses después de iniciada, aún no se abrocha. Se repitió la palabra consenso tantas veces como “coronavirus” la semana pasada, pero los acuerdos naufragaron entre obstinaciones y una disputa de poder que creció demasiado rápido. Pero no fue sorpresiva.

Tanto el oficialismo como el Frente Progresista nunca pudieron frenar el impulso de seis meses de una transición agitada, nacida en la elección, allá lejos en el tiempo cuando el frío de junio apretaba. De ahí en más, el escenario político resultó binario. La disputa política actual no pasa por un tema puntual o producto de una contingencia, ya se convirtió en un proceso de divorciados que tiene para largo.

Antón Pirulero fueron todos. El gobierno provincial se acomodó en un lugar central y se encargó de administrar culpas y reinterpretar el pasado. El Frente Progresista dio vuelta una silla, apoyó con los brazos en el respaldar y se puso de frente. Después de 12 años de gobierno, le agarró rápido el gusto a ser opositor y se mostró febril como todo debutante.

La tensión con el PJ afianzó a la alianza entre socialistas y radicales, y éstos, a su vez, lograron sintonía interna. Por su parte, Miguel Lifschitz se ocultó al fresco de la sombra, pero movió los hilos como nunca desde el ostracismo. Entre mate y mate, cuentan, terminó mensajeándose con el gobernador. Desde ambos lados niegan haber enviado el primer WhatsApp. La pregunta es si encaminará la emergencia y aflojarán en el futuro los términos.

 

 

 

 

Omar Perotti llegó al poder con el manual peronista: unidad y envión. Un envión que no logró ser galope y una unidad que no llegó a la cohesión: un ministro de lengua ardiente, sectores aliados que desconfían, diferencias en el gabinete. Se le suma un grupo de senadores peronistas que avisaron desde el arranque que su acompañamiento será aleatorio.

Justamente el orden será un factor necesario para lograr la consolidación del gobierno. El gobernador se desactivó un problema al disciplinar al ministro de Seguridad, Marcelo Sain. En cuanto a la construcción de liderazgo, esta se hace al andar, pero previamente se parte desde una terminal conceptual que Perotti aún no encontró en estos pocos meses.

Desde lo político, deslizó algunas referencias con los peronismos de Reutemann y Obeid, pero falta encastrar a la política 3.0. Desde el propio PJ, el kirchnerista Leandro Bussatto pidió “dejar de hacer política de palacio”.

Este fue el verano de la espera: supeditados a la emergencia, supeditados a la deuda privada y del FMI. Pero se convirtió en espera de odontólogo. Las penumbras de la crisis y la previa a la negociación con los acreedores no permitieron acoplar del todo la sociedad Alberto Fernández-gobernadores. El mandatario santafesino es un claro ejemplo. Luego de muchas expectativas en la previa, el vínculo asomó a través de ayudas financieras.

El aparato provincial se acopló ágilmente a las políticas contra el hambre con la Tarjeta AlimentAR, un eje que el gobernador avisó será prioritario. Por otro lado, el rafaelino sufrió del paternalismo de Fernández cuando recibió la promesa de un nuevo juzgado para causa de narcotráfico, lavado y trata en San Lorenzo. El anuncio fue en la cadena nacional por la apertura de las sesiones del Congreso, con un Perotti casi desayunándose la noticia. Probablemente una conferencia de prensa junto al gobernador hubiese dado mayor horizontalidad de trabajo.

 

 

 


En el mientras tanto, los muertos en Rosario le dieron una estocada inicial al gobierno provincial en su principal tema de campaña. La inseguridad se desbordó en los primeros dos meses del año con 50 homicidios en medio de un forcejeo interno por la reconfiguración policial y un repunte de la violencia entre bandas narcos por ocupar territorios y escalafones.

El intendente Pablo Javkin apeló al respeto para acomodar la convivencia de la sociedad, pero en el Rosario profundo, desahuciado y sin chances, se resuelve todo a los tiros. “No resiste un muerto el centro de la ciudad”, dijo en off un dirigente en una suerte de sincericidio que sintetizó la situación crítica que se vivieron los primeros 40 días del año.

 

 

 

 

Al margen, Javkin encamina su gobierno. Hasta lo deportivo le evitó disgustos: los dos equipos rosarinos parece que se mantendrán en Primera. Sin embargo, tuvo su Villa Gesell, sin rugbiers pero con un crimen atroz, clasista y con un componente cínico: ocultar el cuerpo en el río.

Javkin construye su javkinismo, ampliando fronteras y peleando dinero para su caja e indirectamente para el gobernador al pedir la ley de emergencia. Todavía no termina de acomodar sus intenciones al interior del Frente Progresista.

Y llegó marzo, con una remake lowcost de la 125 que engendró un manso paro, casi inadvertido en el corazón sojero del país. No escaló en conflicto, pero un equilibrado Perotti igual pidió en Expoagro “duplicar los esfuerzos de diálogo”. Sí hubo conflicto docente: venía avisando y haciendo señas hasta que llegó y las aulas quedaron vacías.

El verano cierra con el coronavirus monopolizando la agenda política y mostrando al gobierno provincial con iniciativa. El regalito chino acercó al peronismo con el socialismo en la prevención. Santa Fe por ahora tiene apenas un caso positivo al cierre de la nota, pero parece entrenada para una eventual cuarentena.