Apaciguar el vértigo

Hay grandes similitudes entre el discurso presidencial escrito para la apertura de sesiones con aquel enunciado ochenta días antes en ocasión de la asunción del mando. Que en estos casi tres meses no haya variaciones significativas tuvo un primer indicio interpretativo en el comienzo mismo de la lectura cuando el mandatario advirtió sobre los perjuicios democráticos de la "palabra devaluada". En esa perspectiva, repetir palabras transcurrido tiempo de gestión es preservar el valor de aquellas palabras iniciales por seguir siendo las mismas.

 

 

 

 

Sin dudas, no buscó despejar ansiedad alguna de "los mercados" que esperaban que empezara a fluir la "letra chica" de las propuestas que prepara el gobierno para negociar con acreedores. Lejos de esos adelantos, Alberto Fernández reafirmó la posición política con la cual su Gobierno se sentará a esas mesas: sostenibilidad y pago con crecimiento luego de redistribución.

 

Lo dicho se inscribe en una estrategia bastante clara a esta altura: mostrar compromisos y prioridades de la coalición de gobierno -no casualmente, la foto de la apertura mostraba al Presidente flanqueado por Cristina Fernández y Sergio Massa- y lo difícil que es pagar a los acreedores sin darles señales claras a los integrantes de la propia entente: "Comencemos por los últimos para llegar a todos", parece la consigna que le da unidad de sentido político a la unidad.

 

 

 

El Presidente profundizó otra de las dimensiones que intenta adosarle al conflicto de la deuda. Reveló que el Banco Central de la República Argentina "se encuentra analizando de modo pormenorizado la manera en que nuestro país recibió divisas en concepto de préstamos y el destino que los mismos merecieron" dado que "dólares que deberían haber financiado el desarrollo productivo, acabaron fugándose". Es una apuesta fuerte que tiene apalancamiento en la prédica del papa Francisco por un orden económico mundial más humano y que se anuda con el reconocimiento del FMI de las fallidas estrategias en los mercados emergentes y el reconocimiento del organismo monetario de que la deuda argentina es insostenible.

 

El foco argumental fue sintetizado con toda claridad en la alocución presidencial: no se puede admitir un sistema financiero internacional construido "solo para el beneficio de los especuladores y del prestamista". Y el desafío a las prácticas convencionales de negociación de la deuda también estuvo sobre la mesa: "Hay que evitar la dependencia económica y la dependencia intelectual de la deuda".

 

Queda para los expertos en relaciones internacionales analizar cuánto tendrá que ver con esta posición lo que pareció ser un nuevo concepto para la política exterior, el "dinamismo pragmático" al que se refirió "como al pasar" Fernández.

 

Así como no hubo novedades para los acreedores, tampoco aparecieron detalles de un Plan Económico del cual se ratificó el concepto político ligado a la prioridad de la producción y la demanda doméstica y la economía real por encima de la renta financiera. Más que hacia adelante, Fernández se paró sobre las medidas tomadas en estas 12 semanas para "tranquilizar la economía": mejor situación fiscal, baja de la tasa de interés, reactivación del consumo y acuerdos de precios entre las más destacadas.

 

 

 

El otro aspecto político de la economía oficial con el cual insistió el Presidente es la concepción de la inflación como una resultante de la puja distributiva: "No es posible que con las tarifas congeladas y la moneda estabilizada los alimentos sigan aumentando".

 

Por otra parte, los aspectos monetarios estuvieron prácticamente ausentes y sí hubo tiempo para la defensa del consumidor, la lealtad comercial y la convocatoria a un Consejo Económico y Social para el Desarrollo Argentino.

 

El discurso presidencial también mantuvo en agenda una serie de políticas en las que el peronismo busca un contraste fuerte con los cuatro años de Mauricio Macri: el fortalecimiento de la universidad pública y el sistema de investigaciones científico tecnológicas del estado, la reestructuración de los servicios de inteligencia -los "sótanos de la democracia"-, la reforma de la justicia y los derechos humanos.

 

Sin embargo, fue un discurso en el que los contrastes con el pasado tuvieron menos centralidad que los potenciales acuerdos futuros. Y si valiera la pena sintetizarlo todo en un solo concepto general diría que fue un discurso orientado a apaciguar el vértigo político y económico de la Argentina, tal vez el único modo de encontrar una respuesta con efectividad conducente a la pregunta de los millones que formuló el Presidente: ¿Cómo atraer la riqueza argentina que está en el exterior con fines productivos nacionales? Alberto Fernández sabe bien que ese es un proyecto político de mediano plazo.

 

Zulemita Menem y Javier Milei junto al busto de Carlos Menem en Casa Rosada.
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