13|1|2023

Casa Tomada: las facultades delegadas en la familia Maradona

26 de noviembre de 2020

26 de noviembre de 2020

Con un millón de personas en la calle, se impuso sobre el Gobierno el criterio de los deudos del ídolo. Cuando postergaron el cierre, ya era tarde. 

Inevitablemente, Diego Maradona debía demostrar, ya fallecido y una vez más, que es y será un emblema de todos y, a la vez, de nadie en particular. Especialmente, de modo doloroso, a su propia familia, que aceptó que su velatorio se realizara en la Casa Rosada pero que puso como condición que se limitara a un solo día. Imposible. Esa aspiración se transformó en la tarde de este jueves en un desborde callejero preocupante en el centro porteño, que puso en riesgo nada menos que a la sede del Gobierno nacional y al propio presidente Alberto Fernández, que se encontraba en Balcarce 50.

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Las tres mujeres que estructuraron de algún modo esa vida ilimitada –Claudia Villafañe, Dalma y Gianina– comprobaron otra vez que el exmarido –“el amigo”, como lo definió la primera– y el padre seguirán sin pertenecerles del todo. El afán de cientos de miles de doloridos argentinos derivó en corridas en una amplia zona, en personas vulnerando la valla de la Casa Rosada, en disturbios en el Patio de las Palmeras y en la vana pretensión de la Policía de la Ciudad de poner orden con balas de goma.
 

 

Llama la atención que el Gobierno haya aceptado la exigencia familiar de un solo día de homenaje cuando sus propios funcionarios habían hablado, en la víspera inolvidablemente triste del miércoles 25 de noviembre, de un desfile esperado de un millón y medio de personas. Es más, esos cálculos –a la vez organizativos, logísticos, de seguridad y hasta sanitarios en medio de una pandemia que sigue pegando con dureza– se habían complementado inicialmente con la idea de un funeral todo lo extenso que demandara la gente.

 

 

La Casa Rosada, vulnerada. (Foto: AG)

 

 

Pero la familia dijo no, necesitada de ponerle algún punto final al dolor. Lo curioso es que esa exigencia haya sido admitida o no haya llevado al Gobierno a dar marcha atrás con la apertura de su casa. Al seguir adelante, realizó una suerte de delegación de facultades a una familia que no puede ni debe ser responsable de un dispositivo complejo que compromete la seguridad y la salud de la población.

 

 

El presidente y su pareja, junto al féretro de Maradona, antes del descontrol.

 


Mientras se sucedían las corridas y los disturbios, el presidente Alberto Fernández, la vice Cristina Kirchner, el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, y el ministro del Interior, Eduardo de Pedro, trataron, sin éxito, de convencer a las tres mujeres y a Jana, otra hija del ídolo, junto al féretro, que debió ser retirado de la sala donde se encontraba. “Están inflexibles”, supo Letra P al consultar sobre el resultado de esas conversaciones.

 

 

 

El acuerdo inicial había establecido ya el miércoles que el homenaje sería “breve y sobrio”, pero en el Gobierno se esperaba que ellas cambiaran de parecer ante la evidencia de la marea humana. No hubo caso.

 

En tanto, el gobierno de la Ciudad replicó el argumento: cualquier negociación con la familia fue imposible y se optó por respetar su voluntad.

 

Lo máximo que se logró fue extender algo el final del velorio –inicialmente previsto para las 16– y luego invitar a los dolientes a acompañar el cuerpo de Maradona a través de la Avenida 9 de Julio, la autopista 25 de Mayo y el Acceso Oeste hasta el cementerio en Bella Vista.

 

Era inevitable que se fuera con ruido. Así fue. Diego es de todos y de nadie.