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Del insulto a la distensión: Fernández y la refundación del periodismo

La relación del candidato peronista con los principales medios y plumas mediáticas anticipa un proyecto de renovación notorio, aún nostálgico de la guerra contra el kirchnerismo.

Del insulto a la distensión: Fernández y la refundación del periodismo

17/09/2019 15:48

 

 

A poco más de un mes para las elecciones generales a presidente en la Argentina y con poca incertidumbre sobre la muy probable consagración de Alberto Fernández como sucesor de Mauricio Macri, es posible identificar tres grandes etapas en los encuadres informativos y opinativos y un gran giro en los principales medios de comunicación del país sobre el candidato del Frente de Todos. A la vez, las señales de Fernández hacia esos medios fueron también cambiando a lo largo de 2019 y sus vínculos con dueños y conductores mediáticos son un ingrediente de la eficaz campaña del postulante opositor. En el transcurso de estas etapas se distingue la incubación de un proyecto de renovación del periodismo notorio en el país y el interés de Fernández para acelerar la distensión con los magnates periodísticos.

 

 

Alberto Fernández había comenzado el año acercándose de modo cada vez más nítido a Cristina Fernández de Kirchner, quien cosechaba mayor intención de voto, convirtiéndose en los primeros meses en su principal interlocutor y vocero público. En esta primera etapa, cada paso que Fernández daba hacia la ex presidenta recibía reproches directos y sus menciones eran acompañadas por atributos ofensivos por parte de los grupos mediáticos más consolidados en audiencia, como Clarín, Infobae, La Nación o América.

 

 

 

La segunda etapa se inició el 18 de mayo cuando, en una decisión estratégica, Fernández de Kirchner nominó al ex jefe de gabinete como candidato a presidente. Los principales medios reaccionaron con virulencia contra él, sancionándolo por participar de una movida que, intuían, robustecía las posibilidades de regreso de su demonizada parcialidad kirchnerista al gobierno. El rechazo visceral a su candidatura reforzó su alineamiento con el oficialismo y abarcó hasta las PASO, lo que a su vez arroja, como corolario, un nuevo manto de relativismo sobre el mentado “poder de los medios”.

 

 

Esa segunda etapa se inició con un inusual despliegue en Clarín sobre una deuda privada y por un monto menor de Fernández, que contrasta con la escasa repercusión asignada a la millonaria deuda del presidente Macri con el fisco por la causa Correo. Le siguió una saga de notas que encuadraban al postulante opositor como títere kirchnerista y otra serie que buscaba explotar imaginarias desavenencias entre el candidato del Frente de Todos y Sergio Massa o La Cámpora, además de recrear cotidianamente las diferencias que Fernández había tenido con la ex presidenta entre 2008 y 2018, sin advertir que esto fortalecía su simpatía en el electorado menos afín al kirchnerismo.

 

 

Tras las primarias del 11 de agosto, los principales medios acusaron el golpe de los 16 puntos de diferencia entre Fernández y Macri, por el que apostaron con la única excepción de C5N. En esta tercera etapa, el candidato del Frente de Todos es tratado con menos agresividad, son infrecuentes los calificativos y atributos más agraviantes y deja de ser presentado como un títere kirchnerista para reflejarlo como representante del conjunto del peronismo, aunque varias notas buscan –tal vez como reflejo inercial de las etapas previas- explotar las diferencias internas inherentes a la formación política que conduce.

 

 

La presencia estelar de Fernández en el evento que organiza anualmente el sector de negocios corporativos del Grupo Clarín la semana siguiente a las PASO, y su referencia en el discurso a la reunión que mantuvo con el CEO y mayor accionista, Héctor Magnetto, fueron una señal de disciplinamiento del candidato no sólo hacia los veteranos nostálgicos de la guerra contra el kirchnerismo que conducen las redacciones en los medios más grandes, sino hacia el segmento más anónimo de periodistas. Un buen profesional no necesita que un jerarca de la conducción editorial baje línea sobre el cambio de aires. En algunos casos, el efecto de los nuevos aires fue más grotesco, como en la pantalla de América TV; otros medios procuran conservar críticas, ahora civilizadas, para evitar protagonizar la ola que la diva Mirtha Legrand bautizó como panquequismo.

 

 

De hecho, la foto en la que Magnetto sonríe de oreja a oreja en primera fila mientras entrevistaban a Fernández en el evento corporativo de Clarín fue difundida por el equipo de prensa del propio Fernández, quien posee un currículum de experticia en el manejo de la comunicación pública, forjado en los vínculos estrechos que cosechó con las empresas periodísticas más importantes.

 

 

Las entrevistas que concedió a todo el espectro de medios –especialmente, a los más reactivos a su candidatura- a lo largo del año, así como los cruces al aire con varios conductores y opinadores, y las reuniones privadas que mantuvo con notorios exponentes del espacio “coreocentrista” son indicadores del tipo de lazo que pretende consolidar en su gobierno y, probablemente, sea también indicio de los nombres de futuros funcionarios en las áreas de comunicaciones. Estas áreas fueron subordinadas a la Presidencia por decretos de Macri, por lo que Fernández heredará el alto margen de discrecionalidad que se suministró a sí mismo el actual gobierno.

La distensión es hoy un activo de Fernández antes que de los dueños de los medios, si bien a éstos les interesa que las relaciones con la conducción estatal sean equilibradas en una economía recesiva, endeudada, de alta morosidad y retracción de actividad.

Además, en el entorno de Fernández describen el ideal de un periodismo menos sectario, lo que supondría una renovación en aras de cultivar una veta más profesional. La intención del postulante es sostener una relación entre gobierno y medios “madura” donde prime el respeto mutuo y en la que “lo cortés no quite lo valiente”. Ni la devoción que gozó Macri ni la guerra previa. Fernández acepta críticas, también ejerce la crítica y, a diferencia de su candidata a vicepresidenta, atiende a columnistas y conductores famosos, círculo al que los políticos de 60 años se refieren como “el periodismo”, desconociendo que la mayoría de los periodistas en la Argentina están precarizados, no son estrellas y poseen una matriz cultural más diversa y socialmente mucho más sensible que la de la élite mediática.

 

 

Esa confusión entre periodismo y empresas de medios, que hoy ya son grupos infocomunicacionales, puede depararle algún disgusto al futuro presidente. Sobre todo si, en un contexto de restricciones, el mercado de servicios convergentes no permite la convivencia armónica entre competidores nacionales (Telecom/Cablevisión, Telecentro) y extranjeros (Telefónica, Claro, Viacom).

Al respecto, la visita de Alberto Fernández a España a principios de este mes agrega pimienta a esa hipótesis. Tras cenar con los titulares de algunas grandes empresas españolas, le dijo a Clarín que muchos de sus contertulios “me conocen: los del Banco Santander, los de Telefónica. Mapfre llegó a la Argentina cuando yo era superintendente de Seguros. Muchos saben quién soy. No dudan de lo que les digo”.

 

 

El postulante del Frente de Todos se coloca, así, como artífice de diálogos con espacios del poder económico, donde cabe incluir a los conglomerados infocomunicacionales como Clarín o Telefónica. Su difusión es parte de una campaña en la que el contendiente opositor capitaliza el descrédito del gobierno actual y promete garantizar reglas estables para desarticular su asociación con una presunta irracionalidad económica. Cuando se le preguntó sobre la megafusión Cablevisión-Telecom, auspiciada como eje central de la política de comunicaciones por Macri, Fernández se refugió en dos ideas: “seguridad jurídica” y “derechos adquiridos”.

Con ese temperamento, la campaña de Alberto Fernández logró desactivar o eludir varias de las celadas tramadas contra su imagen pública y mostró, ante una sociedad mayoritariamente harta de la grieta, que puede hablar con quienes hasta hace un mes lo maltrataban. El diálogo, aún en la diferencia, es un eficaz dispositivo de difusión en este contexto. El contenido de esos diálogos, en cambio, así como los eventuales compromisos que surjan, es menos público y es objeto de especulaciones hasta que los primeros meses de 2020 comiencen a aclarar el panorama.