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La trampa de lo políticamente correcto

La trampa de lo políticamente correcto

11/07/2019 16:39

La vorágine de los tiempos posmodernos nos impide detenernos en un hecho que debería convocar a la reflexión a quienes, de una manera u otra, nos sentimos parte del debate político o, lo que es similar, del debate de lo público.

La fenomenal crisis económica que irrumpió en 2008 de la mano de la explosión de la burbuja hipotecaria en Estados Unidos ha sido capitalizada políticamente en la mayor parte del mundo por espacios políticos de matriz conservadora-popular o la llamada derecha alternativa, relegando en las preferencias, sobre todo de los sectores populares, a los espacios de izquierda o a los populismos latinoamericanos.

Esto por supuesto no es fruto de la casualidad, sino que tiene una lógica que se nutre de un principio básico: las mayorías empobrecidas en occidente “linkean” su progresivo deterioro económico, y su creciente insatisfacción con el sistema con sus elites, a las que visualizan cada vez más comprometidas con el discurso políticamente correcto que es norma cuasi obligatoria en ámbitos académicos, corporativos, mediáticos, deportivos y, por supuesto, políticos, pero no en la calle.

En Argentina, el oficialismo parece haber tomado nota de este escenario o recibido instrucciones en ese sentido, según explicó el consultor Carlos Fara, y “derechizó” su discurso apelando a temas espinosos para el mundo políticamente correcto pero populares en las grandes mayorías: inmigración, inseguridad, aborto, desfile militar, por citar algunos.

En paralelo, en la misma jugada, le cede a la oposición la agenda progresista que es tan afín al electorado de clase media urbana y a los comunicadores de Capital Federal que, sin querer queriendo, le terminan dando dimensión nacional a través de los medios donde trabajan y perjudicando a los candidatos con los que incluso en algún punto simpatizan, llevándolos a tomar posturas en agendas alejadas de las preocupaciones de los sectores populares, agobiados hoy por un crisis económica y social de magnitud.

Hábilmente, el Gobierno se despega lenta pero progresivamente del sueño de Marcos Peña de esos supuestos votantes emprendedores que van en bicicleta a sus coworking, desayunan en Starbucks, son gayfriendly y pro mercado y busca pararse del lado del lado de los que se sienten perjudicados por la globalización y (consecuentemente) son reacios a los valores postmodernos. Los que, según la enunciación de David Goodhart, son somewhere (la gente de un sitio concreto) en contraposición a los anywhere (la gente de cualquier sitio).

A nivel global la primera señal relevante de lo que se venía fue en junio de 2016. Aunque la derecha alternativa venía dando señales de crecimiento, el triunfo del Brexit en el plebiscito realizado ese año en el Reino Unido respecto de la permanencia o no de ese país en la Unión Europea fue el primer cimbronazo importante a un sistema político que, con altibajos, venía funcionando ordenadamente en Europa desde la posguerra, alternando gobiernos socialdemócratas y conservadores sin diferencias profundas en cuestiones de fondo.

Como analizamos en su momento en Letra P, el voto Brexit estuvo movilizado principalmente por la añoranza a un Estado de Bienestar que está desapareciendo en Europa, producto de la crisis y cuya ausencia perjudica sobre todo a los trabajadores de los sectores productivos perdedores con la globalización y a quienes la izquierda laborista hace rato que dejó de interpelar y representar. Como dijo Margaret Thatcher: “Mi principal triunfo es que los laboristas adoptaron nuestras ideas”.

En política no hay vacíos y ese hueco que dejaron los laboristas lo ocupó el ultranacionalismo británico que, por supuesto, hace foco más en las consecuencias del modelo económico (léase inmigración) que en el modelo en sí. Pero a la hora de juntar votos, señala una realidad que abruma a los sectores populares. ¿Por qué los abruma? ¿Por racismo? Tal vez, pero sobre todo porque no es lo mismo compartir un complejo de apartamentos en Kensington en Londres con profesionales hindúes que una pensión también en Londres, pero en Newham con refugiados africanos.

 

 

Un escenario similar se dibujó a fines del mismo año en Estados Unidos en una elección que, como también describimos en Letra PDonald Trump termina ganando con el apoyo crucial de los trabajadores del antiguo cinturón industrial norteamericano, a quienes prometió (y viene cumpliendo) devolverles los empleos perdidos con una globalización que se llevó las fábricas a China y México. ¿De qué les hablaba Hillary Clinton? De la importancia de que una mujer rompiera el llamado “techo de cristal” que teóricamente les impide llegar a la Casa Blanca.

Volvemos a lo mismo. ¿Son acaso los obreros norteamericanos machistas? Tal vez, pero sobre todo hay que entender que es mucho más fácil ser feminista en Sillicon Valley, con mujeres que además hace rato que no tienen trabas para ocupar puestos de poder, que en los barrios de casas rodantes de desempleados en Ohio, donde las carencias cotidianas obstaculizan otro tipo de problemáticas.

 

 

El último caso que vimos de triunfo de la derecha alternativa en un país subsumido en una crisis producto de la aplicación de políticas pro mercado es nuestro vecino Brasil. Aunque el impedimento para la participación de Lula Da Silva no es un dato menor en la campaña, tampoco es un dato a descartar que Jair Bolsonaro sin ser el candidato del gobierno, ni del mercado, ni de los medios (que lo era Gerardo Akhim) llegó nada menos que al 55% de los votos en el balotaje, cifra inédita para estos movimientos en el mundo.

Aunque en campaña moderó su perfil, Bolsonaro contiene todos los atributos de lo que el mundo urbano políticamente correcto repudia: machista, misógino, racista, homofóbico y varios etcétera más de ese estilo. Sin embargo, ese 55% de votos contiene a millones de mujeres, gays, negros y sobre todo pobres (ganó en todas las favelas de Río de Janeiro y San Pablo) que priorizaron la agenda de seguridad de Bolsonaro (Brasil tuvo, en 2018, 60.000 muertos por violencia) y no la agenda valórica.

Volvemos a lo mismo. ¿Son la mayoría de los brasileños, como se dice comúnmente, “fachos”? Podría ser, pero en un país con los niveles de violencia que tiene Brasil, poner como contrincante de un ex militar a un profesor de filosofía como Fernando Haddad probablemente termine siempre con el mismo resultado. Y hay más: según reveló el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa, al otro día de la marcha feminista #EleNao (El no) contra Bolsonaro, este subió seis puntos en las encuestas, producto probablemente del rechazo que genera el feminismo radical, que se hace visible en esos eventos en las mayorías.

 

 

Como dice Daniel Bernabé en su libro llamado “La Trampa de la diversidad”: “Mientras la izquierda secciona a los grupos sociales intentando dar protagonismo a todos los colectivos que pugnan en ese mercado identitario, la ultraderecha construye un grupo en torno al discurso de la honradez, la decencia y la invasión del diferente.”

¿Y en nuestro país? ¿Son entonces la mayoría de los argentinos “fachos” como los brasileros? No es tema de discusión en este artículo. Lo que es cierto es que el Gobierno ha sido proporcionalmente tan inepto en resolver las cuestiones económicas como sagaz en materia de comunicación y no hay margen para pensar en improvisación cuando el presidente Mauricio Macri recibe a la “celeste” Amalia Granata después de su espectacular elección en Santa Fe. Jaime Duran Barba mediante, saben que los beneficios son mayores que los costos.

Pero en un país con 51% de chicos con problemas para alimentarse, con 35% de pobreza, con 10% de desocupación, con 38% de empleo en negro, con 50% de inflación anual, con la mayor deuda externa de la historia, con aumentos siderales de tarifas, con una devaluación del 280%, con altos niveles de inseguridad, el espacio para instalar una agenda propia que conecte con las preocupaciones de las mayorías está abierta. El desafío es salir del microclima, conectar con las demandas populares y, de mínima, no acoplarse mansamente a la agenda que propone el rival.

La trampa de lo políticamente correcto

La vorágine de los tiempos posmodernos nos impide detenernos en un hecho que debería convocar a la reflexión a quienes, de una manera u otra, nos sentimos parte del debate político o, lo que es similar, del debate de lo público.

La fenomenal crisis económica que irrumpió en 2008 de la mano de la explosión de la burbuja hipotecaria en Estados Unidos ha sido capitalizada políticamente en la mayor parte del mundo por espacios políticos de matriz conservadora-popular o la llamada derecha alternativa, relegando en las preferencias, sobre todo de los sectores populares, a los espacios de izquierda o a los populismos latinoamericanos.

Esto por supuesto no es fruto de la casualidad, sino que tiene una lógica que se nutre de un principio básico: las mayorías empobrecidas en occidente “linkean” su progresivo deterioro económico, y su creciente insatisfacción con el sistema con sus elites, a las que visualizan cada vez más comprometidas con el discurso políticamente correcto que es norma cuasi obligatoria en ámbitos académicos, corporativos, mediáticos, deportivos y, por supuesto, políticos, pero no en la calle.

En Argentina, el oficialismo parece haber tomado nota de este escenario o recibido instrucciones en ese sentido, según explicó el consultor Carlos Fara, y “derechizó” su discurso apelando a temas espinosos para el mundo políticamente correcto pero populares en las grandes mayorías: inmigración, inseguridad, aborto, desfile militar, por citar algunos.

En paralelo, en la misma jugada, le cede a la oposición la agenda progresista que es tan afín al electorado de clase media urbana y a los comunicadores de Capital Federal que, sin querer queriendo, le terminan dando dimensión nacional a través de los medios donde trabajan y perjudicando a los candidatos con los que incluso en algún punto simpatizan, llevándolos a tomar posturas en agendas alejadas de las preocupaciones de los sectores populares, agobiados hoy por un crisis económica y social de magnitud.

Hábilmente, el Gobierno se despega lenta pero progresivamente del sueño de Marcos Peña de esos supuestos votantes emprendedores que van en bicicleta a sus coworking, desayunan en Starbucks, son gayfriendly y pro mercado y busca pararse del lado del lado de los que se sienten perjudicados por la globalización y (consecuentemente) son reacios a los valores postmodernos. Los que, según la enunciación de David Goodhart, son somewhere (la gente de un sitio concreto) en contraposición a los anywhere (la gente de cualquier sitio).

A nivel global la primera señal relevante de lo que se venía fue en junio de 2016. Aunque la derecha alternativa venía dando señales de crecimiento, el triunfo del Brexit en el plebiscito realizado ese año en el Reino Unido respecto de la permanencia o no de ese país en la Unión Europea fue el primer cimbronazo importante a un sistema político que, con altibajos, venía funcionando ordenadamente en Europa desde la posguerra, alternando gobiernos socialdemócratas y conservadores sin diferencias profundas en cuestiones de fondo.

Como analizamos en su momento en Letra P, el voto Brexit estuvo movilizado principalmente por la añoranza a un Estado de Bienestar que está desapareciendo en Europa, producto de la crisis y cuya ausencia perjudica sobre todo a los trabajadores de los sectores productivos perdedores con la globalización y a quienes la izquierda laborista hace rato que dejó de interpelar y representar. Como dijo Margaret Thatcher: “Mi principal triunfo es que los laboristas adoptaron nuestras ideas”.

En política no hay vacíos y ese hueco que dejaron los laboristas lo ocupó el ultranacionalismo británico que, por supuesto, hace foco más en las consecuencias del modelo económico (léase inmigración) que en el modelo en sí. Pero a la hora de juntar votos, señala una realidad que abruma a los sectores populares. ¿Por qué los abruma? ¿Por racismo? Tal vez, pero sobre todo porque no es lo mismo compartir un complejo de apartamentos en Kensington en Londres con profesionales hindúes que una pensión también en Londres, pero en Newham con refugiados africanos.

 

 

Un escenario similar se dibujó a fines del mismo año en Estados Unidos en una elección que, como también describimos en Letra PDonald Trump termina ganando con el apoyo crucial de los trabajadores del antiguo cinturón industrial norteamericano, a quienes prometió (y viene cumpliendo) devolverles los empleos perdidos con una globalización que se llevó las fábricas a China y México. ¿De qué les hablaba Hillary Clinton? De la importancia de que una mujer rompiera el llamado “techo de cristal” que teóricamente les impide llegar a la Casa Blanca.

Volvemos a lo mismo. ¿Son acaso los obreros norteamericanos machistas? Tal vez, pero sobre todo hay que entender que es mucho más fácil ser feminista en Sillicon Valley, con mujeres que además hace rato que no tienen trabas para ocupar puestos de poder, que en los barrios de casas rodantes de desempleados en Ohio, donde las carencias cotidianas obstaculizan otro tipo de problemáticas.

 

 

El último caso que vimos de triunfo de la derecha alternativa en un país subsumido en una crisis producto de la aplicación de políticas pro mercado es nuestro vecino Brasil. Aunque el impedimento para la participación de Lula Da Silva no es un dato menor en la campaña, tampoco es un dato a descartar que Jair Bolsonaro sin ser el candidato del gobierno, ni del mercado, ni de los medios (que lo era Gerardo Akhim) llegó nada menos que al 55% de los votos en el balotaje, cifra inédita para estos movimientos en el mundo.

Aunque en campaña moderó su perfil, Bolsonaro contiene todos los atributos de lo que el mundo urbano políticamente correcto repudia: machista, misógino, racista, homofóbico y varios etcétera más de ese estilo. Sin embargo, ese 55% de votos contiene a millones de mujeres, gays, negros y sobre todo pobres (ganó en todas las favelas de Río de Janeiro y San Pablo) que priorizaron la agenda de seguridad de Bolsonaro (Brasil tuvo, en 2018, 60.000 muertos por violencia) y no la agenda valórica.

Volvemos a lo mismo. ¿Son la mayoría de los brasileños, como se dice comúnmente, “fachos”? Podría ser, pero en un país con los niveles de violencia que tiene Brasil, poner como contrincante de un ex militar a un profesor de filosofía como Fernando Haddad probablemente termine siempre con el mismo resultado. Y hay más: según reveló el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa, al otro día de la marcha feminista #EleNao (El no) contra Bolsonaro, este subió seis puntos en las encuestas, producto probablemente del rechazo que genera el feminismo radical, que se hace visible en esos eventos en las mayorías.

 

 

Como dice Daniel Bernabé en su libro llamado “La Trampa de la diversidad”: “Mientras la izquierda secciona a los grupos sociales intentando dar protagonismo a todos los colectivos que pugnan en ese mercado identitario, la ultraderecha construye un grupo en torno al discurso de la honradez, la decencia y la invasión del diferente.”

¿Y en nuestro país? ¿Son entonces la mayoría de los argentinos “fachos” como los brasileros? No es tema de discusión en este artículo. Lo que es cierto es que el Gobierno ha sido proporcionalmente tan inepto en resolver las cuestiones económicas como sagaz en materia de comunicación y no hay margen para pensar en improvisación cuando el presidente Mauricio Macri recibe a la “celeste” Amalia Granata después de su espectacular elección en Santa Fe. Jaime Duran Barba mediante, saben que los beneficios son mayores que los costos.

Pero en un país con 51% de chicos con problemas para alimentarse, con 35% de pobreza, con 10% de desocupación, con 38% de empleo en negro, con 50% de inflación anual, con la mayor deuda externa de la historia, con aumentos siderales de tarifas, con una devaluación del 280%, con altos niveles de inseguridad, el espacio para instalar una agenda propia que conecte con las preocupaciones de las mayorías está abierta. El desafío es salir del microclima, conectar con las demandas populares y, de mínima, no acoplarse mansamente a la agenda que propone el rival.