BREXIT. ENFOQUE

La utopía está atrás

Contra todos los pronósticos, el Sí a salir de la Unión Europea triunfó en el Reino Unido. El hartazgo con una globalización que promueve la tolerancia pero concentra cada vez más las riquezas.

El triunfo del Sí a abandonar la Unión Europea, en el referéndum celebrado este jueves en el Reino Unido, es una dura derrota para la elite política, económica y mediática de Occidente, que apostó con fuerza al No, consigna respaldada, entre muchos otros, por el primer ministro inglés David Cameron, el presidente norteamericano Barack Obama, entidades financieras como JP Morgan y el diario Financial Times. Del otro lado apenas asomaban su voz el ex alcalde de Londres Boris Johnson y el líder del nacionalismo británico –tercero en las últimas elecciones- Nigel Faragel.

 

Con una participación de más del 70% de los empadronados, el Reino Unido quedó sumergido en una “grieta” al estilo sudamericano que, a grandes rasgos, puede resumirse de la siguiente manera: el Sí es un trabajador pobre, viejo y nacionalista mientras que el NO es empresario o profesional, rico, joven y cosmopolita. También hay marcadas diferencias geográficas: el No triunfó en Escocia, Irlanda y Londres, mientras que el Sí lo hizo en todo el interior de Inglaterra y en Gales.

 

Por partes:

 

¿Qué se votó en el Reino Unido? Se refrendaba la salida o no de la Unión Europea, entidad regional que agrupaba a 28 países de Europa (ahora, a 27) y que representa desde 1992 la organización política de lo que fue la antigua unión aduanera llamada Comunidad Económica Europea. Si bien el Reino Unido no adhería a todas las reglas de la UE (por ejemplo, mantuvo su propia moneda en desmedro del euro y no adhirió al tratado de libre circulación interfronteras) era hasta hoy miembro pleno de la organización con derechos y obligaciones en materia política y económica cuyo desmonte no será fácil y podría llevar años.

 

Presionado por los sectores euroescépticos de su propio partido Conservador, Cameron había incluido como compromiso de campaña llamar a un referéndum sobre la continuidad o no del Reino Unido en la comunidad. Confiado en su buena estrella electoral (a pesar de un fuerte ajuste económico realizado y otro prometido, ganó las últimas elecciones), el premier supuso erróneamente que no cabía otro resultado que el triunfo del No.

 

¿Porque ganó el Sí? Las razones, como siempre en este tipo de situaciones, son multicausales. En principio, es posible destacar que la campaña del miedo (una vez más) no funcionó. Desde las cúpulas del poder político y económico con amplia difusión mediática se auguró la suma de todos los males si ganaba la opción por la salida. Despidos masivos, devaluación de la libra esterlina, pérdida de competitividad económica, imposibilidad de hacer nuevos acuerdos comerciales, restricciones para la importación de productos esenciales y trabas para viajar y/o trabajar en Europa para los ingleses.

 

Nada de esto pareció ser razón suficiente para el 52% de los votantes, que, como gran parte de sus ex compatriotas europeos, ven con desconfianza el proceso de globalización económica y política al que adjudican el visible deterioro del llamado Estado de Bienestar construido en la posguerra, el empobrecimiento, el desempleo, la concentración de la riqueza en cada vez menos manos y la amenaza del terrorismo fundamentalista islámico. De estas certezas se desprende la creciente xenofobia que, por supuesto, alimentó el voto contrario a un proceso de integración que, aunque con restricciones, promueve políticas de fronteras abiertas.

 

El escenario es, en muchos puntos, similar al de EE.UU., desde donde el candidato presidencial republicano Donald Trump saludó el triunfo del Sí. Y es importante entender las razones que llevan a sectores populares a apoyar a líderes como Trump o Faragel, que rozan, cuando no encarnan, posiciones abiertamente xenófobas.

 

Esa Unión Europea tolerante en cuestiones de raza, sexo o religión; esa Unión Europea que permite a los jóvenes de clase media viajar y hacer trabajos temporales en toda su extensión; esa Unión Europea que disfruta de las mieles del confort que crecientemente otorga el desarrollo tecnológico convive con una Unión Europea rígida en sus convicciones económicas que castiga a quienes cometen el pecado de, por ejemplo, no tener sus cuentas fiscales ordenadas sin reparar en los costos de ese “castigo” para con los más pobres. Una Unión Europea que es cada vez menos industrial y cada vez más financiera. Cada vez menos obrera y cada vez más cuentapropista.

 

En su afán de ser competitiva en la globalización real, que es la económica, la UE sacrifica todos los días en el altar del Dios Dinero los valores de igualdad y equidad con los que se había nutrido en sus inicios, y muchos ingleses y europeos ven, detrás de la tolerancia de raza y religión tan políticamente correcta que hasta la corrupta FIFA la promueve, solo una máscara para facilitar el ingreso de mano de obra empobrecida que abarate los costos laborales de las grandes empresas.

 

¿Qué pasará ahora con el Reino Unido y la Unión Europea? Destino incierto. Se abre, en lo inmediato, una caja de Pandora difícil de cerrar. Escoces e irlandeses, mayoritarios defensores del No, salieron ya a reclamar su independencia con un argumento que hasta ayer ni tenían: queremos ser parte de la UE. En el referéndum escoces de 2014, uno de los puntos fuertes del NO fue la amenaza de expulsión de la Comunidad si se concretaba la independencia. Todo cambia.

 

Y el proceso de salida no es fácil. El Reino Unido deberá negociar por dos vías paralelas las condiciones de su deserción y las condiciones de sus nuevos vínculos económicos con la UE. Es decir que por una ventanilla pedirá los papeles para irse y por la otra firmará los nuevos formularios para poder entrar como “visita”.  Como si esto fuera poco, los acuerdos y los desacuerdos deberán ser refrendados por todos y cada uno de los parlamentos de los países europeos y, obviamente, por el británico.

 

Muestra de lo dicho al comienzo: las bolsas del mundo se desplomaron, la libra esterlina se devaluó y el oro –último refugio en épocas de incertidumbre– se revaluó. Cameron renunció y en Francia, Holanda y Suecia los nacionalistas ya salieron a pedir sus propios referéndums. La utopía en este caso no parece estar en el futuro, sino en el pasado.

 

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