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Los usos de Raúl Alfonsín

Los usos de Raúl Alfonsín

31/03/2019 12:44

 

¿Qué significa “pasar a la Historia”? Una primera definición de la expresión podría remitir a la chicana anglosajona: “You’re History”. La idea de un pasado muerto, inmutable e inmodificable, lo que fue y también lo que ya no será. La historia que se jugó y ya no tiene vuelta atrás, la infinita cadena de decisiones, casualidades y restricciones estructurales que llevaron, por ejemplo, al “Felices Pascuas”. Algo de eso puede verse en el muy interesante documental de Sergio Wolff, “Esto no es un Golpe”, sobre la sublevación carapintada de 1987. Los protagonistas de esa semana clave son  entrevistados y recorren el minuto a minuto, la anatomía del instante alfonsinista, con una doble certeza: que podría haber sido de otro modo y que la a vez ya no lo será. Un aire trágico (en el sentido “griego” del término) recorre la película por ese mismo motivo. El pasado pisado.

Creo, sin embargo, que existe otra definición de la expresión, una más vital, presente e infinita: una que no muere jamás. Cada época reinterpreta los liderazgos políticos según sus propias dilemas y necesidades y, así como existen tantos “Últimos Perones” (el que habilitó al tándem Isabel-López Rega y el del abrazo Perón-Balbín, el carnívoro y el herbívoro), existen en la historia de nuestra democracia muchos “Alfonsines”.

 

 

El escritor Martín Rodríguez lo sintetizaba en una nota titulada “Elige tu Propio Alfonsín”.

Está el Raúl Alfonsín reivindicado por el ultimo cristinismo, el de la lucha contra la Sociedad Rural, la Iglesia y el partido militar. Un Alfonsín “anti corporativo”, en el que la última presidenta buscaba reflejarse, entendiéndose quizás a sí misma como la versión definitiva de ese “tercer movimiento histórico” que quedó trunco.

Está también el Alfonsín cambiemista, el estadista derrotado y manso, ícono del posibilismo y de la resignación digna, en una versión prácticamente opuesta a la anterior.

Me surge una pregunta: ¿cuál es nuestro Alfonsín versión Argentina 2019, la del fracaso del experimento de Cambiemos en el poder y la era de la polarización y la grieta?

 

"Hay muchos 'Alfonsines'. Está el Raúl Alfonsín reivindicado por el ultimo cristinismo, el de la lucha contra la Sociedad Rural, la Iglesia y el partido militar. Un Alfonsín “anti corporativo”. Está también el Alfonsín cambiemista, el estadista derrotado y manso, ícono del posibilismo y de la resignación digna. ¿Perocuál es nuestro Alfonsín versión Argentina 2019, la del fracaso del experimento de Cambiemos en el poder y la era de la polarización y la grieta?

 

Yo querría reivindicar el Alfonsín que expresaba síntesis y que corporizaba acuerdos aun en el marco de la más profundas crisis nacionales. No me refiero a la mímica del diálogo, la orquestación de la política para Instagram (es muy sintomático que La Moncloa sea el fetiche contemporáneo: se menta todo lo que no se hace). Hablo de un espíritu de época que Alfonsín supo expresar y liderar: la del 80 fue la década que operó un consenso insólito en la práctica de la clase política argentina, una Moncloa que no se atrevía a decir su nombre. Se ve en el balcón del “Felices Pascuas”: Antonio Cafiero y José Luis Manzano, los principales referentes del peronismo como partido, apoyando la institucionalidad democrática. Centrados en la descripción de la confrontación entre el peronismo sindical y el Gobierno (la de los famosos 13 paros generales), la mayoría de los análisis tiende a perder el eje de que en lo fundamental - la defensa de la democracia y la lucha contra el partido militar- ambos partidos mayoritarios estuvieron siempre espalda contra espalda. En ese sentido, la política de los ´80 es otra huella ejemplificadora hacia el presente: el consenso oficialismo-oposición como la clave de la superación de los momentos de crisis.

 

 

Tenemos que recuperar algo de ese espíritu de los 80 para salir por arriba del laberinto de la grieta.

La figura de Alfonsín tampoco no puede deslindarse de la idea de renovación. Allí también puede rastrearse su huella hacia el presente: Alfonsín avizoró que la crisis de representación que dejaba la política de los 70 se suturaba con la transformación de la vieja UCR comiteril del Pueblo en un partido progresista de masas. El radicalismo incorporó jóvenes y mujeres como nunca en su historia y se identificó con una política de derechos humanos que sentó las bases tanto para condenar los crímenes del pasado como para iniciar una fase expansiva en la conquista de libertades y derechos individuales (patria potestad compartida, divorcio), algo que se afirmó a lo largo de la democracia y es la continuidad de los reclamos del presente (interrupción voluntaria del embarazo).

La figura de Alfonsín tampoco no puede deslindarse de la idea de renovación. Allí también puede rastrearse su huella hacia el presente.

Y también, en otra coyuntura decisiva de nuestra Historia, la crisis de 2001, está otro Alfonsín: el que ya desde el “despoder” extiende la mano y la política para articular junto con el peronismo de Eduardo Duhalde una salida a la peor crisis económica que haya vivido la Argentina. 

El Alfonsín presidente nacido para cerrar las grietas de la crisis de representación heredada y fundar el espíritu democrático tiene una continuidad en el Alfonsín senador que lee y anticipa la crisis de 2001. Se distancia del rumbo económico tomado por la Alianza y, en la víspera de las cacerolas, inicia las primeras rondas de diálogo político para salir de la crisis. El Alfonsín de 2001 se para como un hombre de Estado sin camiseta partidaria, equidistante tanto del oficialismo como de la oposición, con el objetivo de tender los puentes hacia la salida de una crisis que es tan política como económica. El acuerdo Duhalde-Alfonsín de 2002 fue un modelo de mancomunión política que ante cada nueva crisis resuena con mayor actualidad.

¿Podría haber existido la renegociación de la deuda, la salida de la convertibilidad y el posterior crecimiento sin la base de ese pacto? El mismo Roberto Lavagna, cuya conducción de ese proceso fue tan central y decisiva, esta convencido de que no. 

 

 

A Raúl Alfonsín se lo homenajea mejor con menos estatuas y cotillón y con mucho más de su política, en el sentido más profundo del término. Alfonsín tiene algo para decirle, hasta el día de hoy, a la Argentina. 

Los usos de Raúl Alfonsín

Licenciada en Comunicación.

 

¿Qué significa “pasar a la Historia”? Una primera definición de la expresión podría remitir a la chicana anglosajona: “You’re History”. La idea de un pasado muerto, inmutable e inmodificable, lo que fue y también lo que ya no será. La historia que se jugó y ya no tiene vuelta atrás, la infinita cadena de decisiones, casualidades y restricciones estructurales que llevaron, por ejemplo, al “Felices Pascuas”. Algo de eso puede verse en el muy interesante documental de Sergio Wolff, “Esto no es un Golpe”, sobre la sublevación carapintada de 1987. Los protagonistas de esa semana clave son  entrevistados y recorren el minuto a minuto, la anatomía del instante alfonsinista, con una doble certeza: que podría haber sido de otro modo y que la a vez ya no lo será. Un aire trágico (en el sentido “griego” del término) recorre la película por ese mismo motivo. El pasado pisado.

Creo, sin embargo, que existe otra definición de la expresión, una más vital, presente e infinita: una que no muere jamás. Cada época reinterpreta los liderazgos políticos según sus propias dilemas y necesidades y, así como existen tantos “Últimos Perones” (el que habilitó al tándem Isabel-López Rega y el del abrazo Perón-Balbín, el carnívoro y el herbívoro), existen en la historia de nuestra democracia muchos “Alfonsines”.

 

 

El escritor Martín Rodríguez lo sintetizaba en una nota titulada “Elige tu Propio Alfonsín”.

Está el Raúl Alfonsín reivindicado por el ultimo cristinismo, el de la lucha contra la Sociedad Rural, la Iglesia y el partido militar. Un Alfonsín “anti corporativo”, en el que la última presidenta buscaba reflejarse, entendiéndose quizás a sí misma como la versión definitiva de ese “tercer movimiento histórico” que quedó trunco.

Está también el Alfonsín cambiemista, el estadista derrotado y manso, ícono del posibilismo y de la resignación digna, en una versión prácticamente opuesta a la anterior.

Me surge una pregunta: ¿cuál es nuestro Alfonsín versión Argentina 2019, la del fracaso del experimento de Cambiemos en el poder y la era de la polarización y la grieta?

 

"Hay muchos 'Alfonsines'. Está el Raúl Alfonsín reivindicado por el ultimo cristinismo, el de la lucha contra la Sociedad Rural, la Iglesia y el partido militar. Un Alfonsín “anti corporativo”. Está también el Alfonsín cambiemista, el estadista derrotado y manso, ícono del posibilismo y de la resignación digna. ¿Perocuál es nuestro Alfonsín versión Argentina 2019, la del fracaso del experimento de Cambiemos en el poder y la era de la polarización y la grieta?

 

Yo querría reivindicar el Alfonsín que expresaba síntesis y que corporizaba acuerdos aun en el marco de la más profundas crisis nacionales. No me refiero a la mímica del diálogo, la orquestación de la política para Instagram (es muy sintomático que La Moncloa sea el fetiche contemporáneo: se menta todo lo que no se hace). Hablo de un espíritu de época que Alfonsín supo expresar y liderar: la del 80 fue la década que operó un consenso insólito en la práctica de la clase política argentina, una Moncloa que no se atrevía a decir su nombre. Se ve en el balcón del “Felices Pascuas”: Antonio Cafiero y José Luis Manzano, los principales referentes del peronismo como partido, apoyando la institucionalidad democrática. Centrados en la descripción de la confrontación entre el peronismo sindical y el Gobierno (la de los famosos 13 paros generales), la mayoría de los análisis tiende a perder el eje de que en lo fundamental - la defensa de la democracia y la lucha contra el partido militar- ambos partidos mayoritarios estuvieron siempre espalda contra espalda. En ese sentido, la política de los ´80 es otra huella ejemplificadora hacia el presente: el consenso oficialismo-oposición como la clave de la superación de los momentos de crisis.

 

 

Tenemos que recuperar algo de ese espíritu de los 80 para salir por arriba del laberinto de la grieta.

La figura de Alfonsín tampoco no puede deslindarse de la idea de renovación. Allí también puede rastrearse su huella hacia el presente: Alfonsín avizoró que la crisis de representación que dejaba la política de los 70 se suturaba con la transformación de la vieja UCR comiteril del Pueblo en un partido progresista de masas. El radicalismo incorporó jóvenes y mujeres como nunca en su historia y se identificó con una política de derechos humanos que sentó las bases tanto para condenar los crímenes del pasado como para iniciar una fase expansiva en la conquista de libertades y derechos individuales (patria potestad compartida, divorcio), algo que se afirmó a lo largo de la democracia y es la continuidad de los reclamos del presente (interrupción voluntaria del embarazo).

La figura de Alfonsín tampoco no puede deslindarse de la idea de renovación. Allí también puede rastrearse su huella hacia el presente.

Y también, en otra coyuntura decisiva de nuestra Historia, la crisis de 2001, está otro Alfonsín: el que ya desde el “despoder” extiende la mano y la política para articular junto con el peronismo de Eduardo Duhalde una salida a la peor crisis económica que haya vivido la Argentina. 

El Alfonsín presidente nacido para cerrar las grietas de la crisis de representación heredada y fundar el espíritu democrático tiene una continuidad en el Alfonsín senador que lee y anticipa la crisis de 2001. Se distancia del rumbo económico tomado por la Alianza y, en la víspera de las cacerolas, inicia las primeras rondas de diálogo político para salir de la crisis. El Alfonsín de 2001 se para como un hombre de Estado sin camiseta partidaria, equidistante tanto del oficialismo como de la oposición, con el objetivo de tender los puentes hacia la salida de una crisis que es tan política como económica. El acuerdo Duhalde-Alfonsín de 2002 fue un modelo de mancomunión política que ante cada nueva crisis resuena con mayor actualidad.

¿Podría haber existido la renegociación de la deuda, la salida de la convertibilidad y el posterior crecimiento sin la base de ese pacto? El mismo Roberto Lavagna, cuya conducción de ese proceso fue tan central y decisiva, esta convencido de que no. 

 

 

A Raúl Alfonsín se lo homenajea mejor con menos estatuas y cotillón y con mucho más de su política, en el sentido más profundo del término. Alfonsín tiene algo para decirle, hasta el día de hoy, a la Argentina.