X
Se vota hasta las 17 horas, Terceras vías, afuera. Chocan una visión conservadora, anclada en un proyecto de poder de las FF.AA., y la tradicional izquierda lulista. La corrupción, en primer plano.
Por 07/10/2018 11:15

BRASILIA (enviado especial) - Si todo transcurre como indican las encuestas, la polarización, más extrema que nunca, será la gran vencedora de las elecciones de este domingo en Brasil. El candidato de ultra derecha, Jair Bolsonaro, llega como máximo favorito y las especulaciones en esta ciudad giran obsesivamente en torno a si logrará la mitad más uno de los votos válidos y positivos (los blancos y nulos se desechan) para evitar un segundo turno o si tendrá que enfrentar al candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, el próximo domingo 28.

Brasil entró en veda electoral el jueves a última hora, pero nadie parece prestarle demasiada atención, con los candidatos haciendo caminatas y sus simpatizantes llamando al voto en ruidosas caravanas de vehículos. También hacen su juego las grandes encuestadoras, que con sus últimos datos orientarán el voto útil.

El sábado a la noche fue el turno de las tres más seguidas. MDA estiró en 7 puntos desde fines de septiembre la intención de voto del diputado y ex capitán de paracaidistas hasta un impactante 42,6%, blancos y nulos excluidos. Haddad, que “es Lula”, creció apenas hasta un 27,8%. En tanto, las terceras vías se hundieron en el medio de río, con el laborista Ciro Gomes en 11,5% y  el socialdemócrata (conservador) Geraldo Alckmin en 6,7%. Más atrás, los candidatos enanos.

En tanto, Ibope dio, con el mismo criterio, 41% para “El Mito”, 25% para Haddad, 13% para Gomes y 8% para Alckmin.

Por último, Datafolha dio 40%, 25%, 15% y 8%, respectivamente.

 

 

Si todo eso se cumple, habrá un segundo turno apretado, con leve ventaja para el derechista, pero dentro del margen de error. Pero persiste la duda sobre es si el sprint final le permitirá a Bolsonaro evitar el balotaje. En esta ciudad, los diálogos callejeros dan cuenta de una suerte de ola a su favor, que crece conforme pasan las horas. Pero Brasil es mucho más que Brasilia o San Pablo, donde también arrasaría, y conviene esperar hasta el escrutinio final. Como en todos lados, las encuestas aquí están lejos de ser infalibles.

Las urnas estarán abiertas entre las 8 y las 17 (igual horario que en la Argentina) y el resultado se conocería alrededor de las 23.

Además de presidente y vicepresidente, se elegirá la totalidad de la Cámara de diputados de 513 miembros, dos tercios del Senado (57 sobre un total de 81), a los gobernadores de los 26 estados y del Distrito Federal y a sus respectivas legislaturas.

Se votará con una urna electrónica, a donde los ciudadanos deberán llegar con los número de sus candidatos debidamente anotados para cada categoría y pulsarlos en un teclado. El sistema fue puesto bajo sospecha por Bolsonaro, pero fue declarado totalmente confiable por la justicia.

 

 

En la superficie, todo parece claro. La grieta manda, y todo se reduce a dos clivajes: PT o contra el PT; con Bolsonaro o contra él.

Haddad, declarado sucesor por Luiz Inácio Lula da Silva cuando la Justicia electoral inhabilitó al ex presidente por estar condenado (y preso) por corrupción en segunda instancia, subió rápidamente al segundo lugar, pero su crecimiento se ralentizó y hay indicios de que parte de los votos petistas, llamativamente, podrían haber ido a parar a Bolsonaro. No ayudó al ex alcalde de San Pablo que el Supremo censurara una entrevista de Lula a Folha de São Paulo, en la que, se supone, el líder de la izquierda habría llamado a votar por su delfín.

 


Pero si la popularidad de Lula ha sido el activo de Haddad en la campaña, las revelaciones de la operación Lava Jato y el grave legado de corrupción de los gobiernos de la izquierda son sus mayores lastres. Para muchos en este país, PT y desfalco de las arcas del Estado son sinónimos. 

Sobre eso se montó Bolsonaro para convertirse en el primer anti petista y concentrar un voto que, en amplios sectores medios, directamente odia a la izquierda. Así, millones de brasileños decidieron ignorar o perdonar sus repetidas declaraciones misóginas, homofóbicas y racistas, su culto a las armas, su defensa de la tortura y su apología de la última dictadura.

El atentado que sufrió el 6 de septiembre le significó dos operaciones y una larga internación, mientras que el quirófano lo espera de nuevo para que se le remueva la colostomía que le debieron practicar. Su ausencia en la campaña, con todo, no frenó su ascenso.

A nivel de propuestas, el PT insiste con sus ideas de intervención del Estado en la economía y distribución del ingreso. Bolsonaro es libre mercado puro y duro, de la mano de las ideas ultra privatista de quien sería su super ministro económico, el ex banquero de inversión Paulo Guedes.

Pero Bolsonaro es algo más, según averiguó Letra P. Es el rostro visible de un proyecto de larga data de la cúpula militar de este país, que lo preparó para aplicar la doctrina de la “nueva democracia”.

Esta ya no debe excluir a los militares de los puestos de conducción, será profundamente conservadora en lo político, ultra liberal en lo económico y se propondrá erradicar a la izquierda.

No por nada, el vice de Bolsonaro es un general de línea dura, Hamilton Mourão, quien amenazó con un autogolpe si el Congreso pone trabas a quien, no duda, será el próximo presidente. Además, varios militares ocuparán puestos importantes en el gabinete.

Mucha gente busca “un cambio” para Brasil, con mejoras en transporte, educación y, sobre todo, seguridad, incluso si eso supone una dosis importante de mano dura.

Mientras ellos sueñan, un poder militar con pretensiones de extensión a la región, asoma detrás de esas promesas.