Poco clima de campaña

Por Ezequiel Meler (*)

El 11 de agosto, se celebrarán en el país elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias, que abrirán lugar al último proceso electoral previo a 2015. En este proceso, se elegirán nada menos que 124 diputados. En ocho distritos, –a saber, Capital Federal, Tierra del Fuego, Chaco, Río Negro, Entre Ríos, Salta, Neuquén, Santiago del Estero- la ciudadanía definirá la suerte de 24 bancas del Senado Nacional.

 

Las PASO, instauradas a partir de la reforma política de 2009, servirán para constatar la adhesión inicial de las candidaturas partidarias en el seno de la sociedad. Salvo en casos puntuales, como la Capital -donde el sistema de primarias permitirá a un amplio sector de la oposición encarar una fórmula conjunta-, en líneas generales servirán para ratificar la adhesión a una determinada candidatura partidaria.

 

En la Provincia de Buenos Aires, las primarias serán el primer test para la que se anticipa como la gran contienda de este turno electoral. Allí, en un escenario magnificado por la importancia electoral del distrito, el Frente Renovador se medirá con el Frente para la Victoria. Las encuestas, sin excepciones, anticipan una victoria de Sergio Massa como el resultado más probable, algo que lo colocaría en inmejorables condiciones para consolidar y ratificar el resultado en octubre, cuando los votos pesan en serio.

 

Las estrategias de los principales partidos del distrito son consistentes con el pronóstico: Massa ha sido el blanco predilecto de la crítica de la totalidad del arco político, pero especialmente del gobernador, Daniel Scioli, y de quien circunstancialmente se presentará como su rival directo: el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde.

 

Observadas de cerca, las estrategias de los dos armados principales parecen contrastantes: mientras Insaurralde multiplica sus apariciones en los medios, recorre los distritos, arenga a los militantes y recibe apoyo del gobernador de manera casi diaria, Massa parece elegir un plan de campaña más cauteloso, con un perfil relativamente más bajo, casi sin publicidad callejera, actos partidarios u otro tipo de evento. Cuando preguntamos el motivo, los analistas del massismo nos dicen que el clima electoral está frío. Que la población, en general, todavía no se engancha del todo con la inminencia de las elecciones. Secretamente se adivina el corolario del razonamiento: si en estas condiciones el FR anda bien, ¿para qué cambiar? “Que los otros nos hagan la campaña”, me dicen cerca del intendente de Tigre, señalando un televisor prendido en un café del conurbano.

 

Con cierta cautela, buscando la mejor selección de palabras, algunos voceros del kirchnerismo también reconocen que el clima es atípico. Les preocupa, sobre todo, instalar rápido al candidato: quisieran ver a la presidente nombrarlo más seguido, ponerse al hombro la campaña. No entienden muy bien la estrategia de delegar en el gobernador –hasta hace poco enfrentado con Balcarce 50, y acusado por un sector del kirchnerismo de buscar pactos de gobernabilidad tanto con De Narváez como con Massa- la tarea de trabajar la campaña. Su razonamiento también es fácil de adivinar: si Massa puntea fácil en agosto, se instalará como la opción excluyente del voto opositor de aquí a tres meses. Su ventaja será más difícil de descontar entonces.

 

Incluso en los medios kirchneristas, el protagonismo de Scioli quita entusiasmo a la tarea de comunicar los “logros” del modelo. La campaña kirchnerista de 2013 se parece demasiado a la de 2009: como aquella, es defensiva, y tiende a poner énfasis en las contradicciones ajenas, logrando tan sólo subrayar las propias indecisiones y silencios. No busca tanto conquistar nuevos cotos electorales, sino más bien consolidar los existentes. Interpela al que ya es votante del FPV, antes que al elector indeciso o independiente. Y para peor, invierte demasiado en los defectos ajenos. Se habla mucho, demasiado, de lo que Massa hará o no con la banca, y muy poco de los proyectos que el propio kirchnerismo ha de implementar en los dos años que le quedan.

 

¿Para qué quieren la mayoría, aparte de la tranquilidad que genera en términos de gestión? No parece que la respuesta al interrogante esté clara: en principio, ha hecho más el Frente Renovador por aclararla que el propio kirchnerismo. Que recién ahora, cuando el tema es parte integrante de la plataforma opositora, aparezcan proyectos oficiales para gravar la renta financiera –objetivo muy loable, por otra parte- denota cierta falta de autonomía, decisión e inventiva en la materia. Algo similar puede decirse del reciente sinceramiento de Insaurralde sobre el impacto de la inflación en los ingresos. Que los candidatos de un gobierno que ha actuado poco y mal en contra de la inflación reconozcan que es un problema suena más a autocrítica que a propuesta.

 

Así las cosas, en cerca de cuatro semanas los bonaerenses irán a las urnas. Como la cosa no tome otro color en los días que quedan, todo parece indicar que Buenos Aires se vestirá con los colores del Frente Renovador. Una prueba más de que, en el peronismo al menos, siempre hay nuevos líderes esperando la oportunidad de saltar al campo de juego.

 

(*) Profesor universitario. Analista Político.

 

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