Mucho más que chicos lindos

Por Ezequiel Meler (*).-

En una nota reciente (que anticipaba la candidatura de Martín Insaurralde como respuesta al lanzamiento de Sergio Massa), Carlos Marino auguraba la llegada de “chicos lindos” con perfil dialoguista y fundamentos de gestión. Sin embargo, el fenómeno Massa – Insaurralde – Giustozzi puede leerse también como parte de un cambio de más largo aliento en la matriz de representación de las intendencias bonaerenses, que tiene su origen en los cambios socioeconómicos de los últimos años.

 

En efecto, desde 2007 por lo menos, con la llegada de hombres como Sergio Massa y Darío Díaz Pérez a las intendencias de Tigre y Lanús respectivamente, se insinúa una renovación del personal político bonaerense que constituye la principal novedad del distrito. Una renovación que viene de la mano del replanteo del papel del Estado comunal, reconvirtiendo la tradicional proximidad de las intendencias e insertando en la lista de prioridades otras materias de gestión que superan la tradicional instrumentación de la ayuda social.

 

El fenómeno de los nuevos intendentes, que se acrecienta a partir de 2011, hace a la variación de las demandas sociales de poblaciones cada vez más complejas, que buscan servicios públicos de calidad en un circuito y en un radio manejable. Los nuevos intendentes -jóvenes, ideológicamente discretos, poco ampulosos en su modalidad discursiva- no emergen como el resultado de carreras políticas vinculadas a estructuras tradicionales hoy en declive, sino fundamentalmente como gestores de bienestar, responsables del ejercicio eficiente de la cosa pública.

 

Esto implica un cambio profundo en el perfil y en el tipo de funcionario que evoca la figura del intendente bonaerense. Ligados desde fines de los años noventa a la lucha por amortiguar los efectos de la Reforma del Estado en territorios fuertemente dependientes de las partidas presupuestarias nacionales y provinciales, los intendentes eran, hasta hace unos años, los responsables directos de una gobernabilidad inestable, hecha de componendas y acuerdos que impedían al Estado municipal pegar el salto de calidad hacia el cumplimiento de funciones estatales y planes de obras públicas que, aunque necesarios, parecían imposibles. Hoy, en cambio, devienen administradores de la prosperidad de sus distritos, que cuentan con un mejor coeficiente de ingresos, en territorios de mejor topografía, donde los servicios públicos no dependen de redes personales, y las clientelas –y los mal llamados “aparatos”- van replegándose hacia los márgenes de la realidad.

 

En ese conurbano efervescente, próspero, en crecimiento, que planifica su crecimiento a partir de la disponibilidad de recursos públicos por vía directa desde Nación, sin depender de un fisco provincial mal administrado y siempre al borde del colapso, los intendentes son la cabeza visible de nuevas clases medias con demandas propias de otra calidad de vida. La seguridad, el transporte, el acceso a la justicia, la descentralización administrativa, han modificado profundamente el perfil del Estado municipal, hasta volverlo irreconocible para los viejos “Barones”.

 

Ese escenario condiciona también nuevos tipos de apuestas políticas. En efecto, el surgimiento de Sergio Massa como paladín de una nueva Liga de Intendentes puede verse, en alguna medida, como el resultado inevitable del ejercicio eficaz de una gestión delegada hacia abajo, que rebota en el jefe comunal y vuelve como un reclamo de representación “hacia arriba” –a la provincia, pero también a la Nación-, basado menos en circuitos de lealtades afirmadas en la contención social de la indigencia, y más en la posibilidad de seguir creciendo de la mano de gestiones articuladas, que requieren de las instancias superiores una adaptación y una eficiencia que todavía desconocen.

 

Massa, dejado fuera de las listas en el último minuto del infausto cierre de 2011, cuenta hoy con una alianza basada en una veintena de jefes comunales, la mayoría dotados de autonomía financiera, con fiscos compactos, remodelados sobre la base del cambio en la estructura del ingreso. A esa base de administradores virtuosos ha sabido sumar figuras del mundo del trabajo, del ámbito empresario, del campo de la cultura y el espectáculo, abroquelando una propuesta que no se basa en los grandes compromisos y en las piruetas discursivas, sino en la eficiencia -mucho más cercana y tangible- en la asignación de los recursos.

 

Enfrente tiene otro prototipo de administrador desideologizado. En efecto, ¿quién conoce de Martín Insaurralde otra imagen que la continua presentación e inauguración de obras, escuelas y hospitales, dentro de ese gigante que es Lomas de Zamora? ¿Quién puede dudar del parecido en los perfiles de dos gestores de lo público? Lo que une a Massa y a Insaurralde, aquello que los hace semejantes más allá de eventuales apuestas políticas de un ciclo que se agota, es su carácter de administradores implacables, que afincan en su autarquía financiera otro tipo de autonomía -esta vez, de orden político- en un territorio donde los aparatos cuentan cada vez menos y las campañas pueden darse el lujo de ser modernas.

 

(*) Profesor de Historia. Analista político.

 

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