Los tiempos de la revolución

Por Juan Marcos Chiramberro (*)

Cuando muere un líder revolucionario hay poco tiempo para llorar. Los procesos revolucionarios pueden ser lentos, en ocasiones, pero son siempre continuos. Un revolucionario jamás pone fin a una revolución, porque una revolución significa un cambio, y un cambio, necesariamente, provoca un movimiento. Lo que tiene movimiento se mueve y cuando algo se mueve, inquieta. Hugo Chávez fue, por sobre todas las definiciones, una persona inquieta. Y esa inquietud fue la que lo llevó al poder, y no solo al poder como una facultad de gobierno, sino al poder como la facultad potencial a decir y  a hacer algo. Porque además, con esa inquietud, logró convencer, primero al pueblo venezolano y luego al resto de Latinoamérica, de que se podía decir que NO. Decir que NO, no es en sí una acción revolucionaria, pero lo es cuando el NO representa autonomía, cuando representa libertad, cuando representa independencia. El NO es revolucionario cuando sale de la boca de un revolucionario.

 

Cuando un líder revolucionario muere, entonces, hay poco tiempo para llorar, porque ha llegado la hora de los pueblos. Porque hoy, a las 16:25, el ciudadano venezolano, el latinoamericano, ha recibido un nuevo cachetazo por parte de la historia. Seguir despierto, entonces, no significa poder detenerse a llorar, porque en las revoluciones no hay tiempo para ello. Porque las revoluciones pueden ser lentas, pero son siempre continuas.

 

Y hay quien pondrá en crisis el concepto de “revolucionario”. Señor, señora, hoy en día, en el mundo, alfabetizar a un niño es un acto político revolucionario. Sí, es político, y es revolucionario, porque genera un cambio y ese cambio, un movimiento. Y cuando el Pueblo se mueve, el Estado, necesariamente, continúa moviéndose. Y así fue como llegaron las misiones bolivarianas, así llegaron las expropiaciones de los grandes latifundios y así fue como las tierras empezaron a ser repartidas a quienes las trabajasen, recordando la inmensa Reforma Agraria de la Cuba de Fidel Castro. Fue la misma Cuba motivo de inspiración de Hugo Chávez para alzar la voz y gritarle al imperio que NO, que ya NO.

 

Se encontró, entonces, mirando hacia sus alrededores, que eran muchos los que decían que NO. Que había tantos venezolanos en Argentina, en Chile y en el Uruguay, como paraguayos, ecuatorianos y brasileños en Venezuela. Porque las fronteras se habían empezado a desdibujar, porque las manos se empezaban a apretar entre sí para pellizcar a banqueros y a empresarios, a las corporaciones y a los terratenientes. Y ese pellizco hizo saltar a los de arriba, para que lean, estos, las poesías de José Martí, las de Gabriela Mistral, las de Pablo Neruda. Para que lean las historias de García Márquez y Cortázar, para que vean que acá bailamos zambas y tenemos carnavales. Para que sepan que los pueblos se han organizado, que hay administración, que tenemos recursos, ideas. Para hacerles saber que nos une, por sobre toda las cosas, la tierra. Porque es la misma tierra por la que cabalgó Simón Bolívar con su cuerpo lleno de sueños. Es la tierra de Artigas, del Che. Esta es la tierra de Salvador Allende.

 

Y es la historia de esta tierra la que ha puesto en común al pueblo Latinoamericano, tan sabedor de guerras y hambrunas, de sometimiento, acatamientos y subordinación, a pellizcar a los de arriba, para que lean un cartel gigante escrito por Mario Benedetti: “aquí abajo, abajo, cerca de las raíces es donde la memoria ningún recuerdo omite, y hay quienes se desmueren, y hay quienes se desviven, y así entre todos logran lo que era un imposible, que todo el mundo sepa que el Sur también existe”.

 

Hoy, a las 16:25, hora venezolana, se fue Hugo Chávez Frías. Pero no hay tiempo para llorar porque ahora, ahora, le toca hablar al pueblo.

 

(*) Juan Marcos Chiramberro es periodista y docente en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

 

Sede la de CEB - Cooperativa Eléctrica de Bariloche
Javier Milei y Manuel Adorni

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