El kirchnerismo versus Scioli: desafiando a la razón

Por Ezequiel Meler (*).-

A inicios de 2013, diversos analistas auguraban alguna clase de compromiso entre la presidente de la Nación y sus huestes, por un lado, y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, por el otro. Se argüía que, al compartir el interés de preservar la unidad, impedir la emergencia de competidores, y sostener la gobernabilidad de los distritos, ambos buscarían un entendimiento precario que postergase la inexorable disputa por la sucesión para los meses siguientes a octubre de 2014.

 

Los hechos parecen desmentir esa hipótesis. Desde el mismo comienzo del año, el kirchnerismo produjo tres acontecimientos políticos –Santa Teresita, Mar del Plata y Paraná- en donde desafió, de manera más o menos explícita, el lugar del gobernador en la alianza oficial. Mientras la provincia se debate en un conflicto docente llamativo por las cifras que pretenden los gremios del sector –cercanas al 30%, y muy superiores a la media, establecida por la Nación en el 22%-, sectores cercanos al gobernador denuncian una maniobra destituyente pergeñada por aliados de la presidenta -como el Partido Nuevo Encuentro, al que responde el dirigente gremial Roberto Baradel-. Del lado de Nación, se desecha esta posibilidad, pero se reconoce, palabras de Diana Conti, la voluntad de “disciplinar” al gobernador, terminando con sus veleidades de autonomía.

 

Conviene distinguir tres niveles de disputa en el conflicto que el kirchnerismo mantiene con el gobernador Scioli. En primer lugar, hay una pugna por el control del peronismo, tanto en la provincia como en la Nación. En segundo lugar, la situación fiscal de Buenos Aires la coloca entre las provincias más endeudadas y con mayor requerimiento de asistencia fiscal –se calcula su déficit presupuestario en torno a los 35 mil millones de pesos-. Finalmente, existe una voluntad del gobernador de garantizar alguna presencia a sus partidarios en las listas electorales.

 

Los tres encuentros del peronismo que hemos mencionado apuntaron a poner de relieve el primer y último punto. En Santa Teresita y Mar del Plata, el kirchnerismo juntó a unos setenta intendentes, sin referentes sciolistas ni embajadores del gobernador. Estuvieron, en cambio, dirigentes de pureza comprobada como Carlos Kunkel, Julián Domínguez y el rehabilitado aunque un tanto verborrágico vicepresidente de la Nación, Amado Boudou. A Mar del Plata se sumó, además, Alicia Kirchner, que suena como cabeza de lista en el distrito. El perfil de los dos encuentros fue claro: el peronismo territorial, sin huellas de Unidos y Organizados, daba testimonio de su alineamiento junto a la presidenta y a sus eventuales candidatos.

 

En una nota publicada en Ámbito Financiero a mediados de febrero, el periodista Pablo Ibáñez atribuyó a Carlos Kunkel una definición precisa de la apuesta por marginar al gobernador. Según Ibáñez, Kunkel habría dicho que “Scioli aceptó que los diputados nacionales los pone Cristina. Y él pide poner los legisladores provinciales, pero se olvida de algo. Scioli se olvida que las listas de legisladores provinciales son del territorio.” De este modo, se cerraba el círculo: los intendentes recibían fondos directamente de Nación, sin pasar por las peligrosas manos del fisco provincial, a cambio de apoyo político vertical. Quedaba implícita, asimismo, la promesa del gobierno de prescindir de armados repletos de paracaidistas, como en 2011, al garantizar que los listados provinciales representarían a los distritos.

 

Similar, pero con importantes matices, fue el tono del encuentro nacional de Paraná. Auspiciado por GESTAR, el Instituto de Formación Política del Partido Justicialista que preside Mauricio Mazzón –hijo del histórico Juan Carlos Mazzón, que parece haber dejado atrás su pasado PRO- el encuentro estuvo signado por la presencia institucional –al vicepresidente, Amado Boudou, se sumaron nada menos que diez gobernadores y unos cuantos ministros y legisladores nacionales- y el constante pedido por la reforma constitucional y consiguiente reelección de Cristina Fernández. Nuevamente, Scioli estuvo ausente: no había sido invitado, según las declaraciones del gobernador de Entre Ríos, para evitar incomodidades entre los leales y los “no tan leales”. En un cónclave donde los rostros kirchneristas al menos competían con los referentes nacionales del peronismo, fue el propio gobernador anfitrión, Sergio Urribarri el principal encargado de fustigar a Scioli, a quien endilgó la búsqueda de un “proyecto personal”, el uso de tácticas cambiantes para garantizar su supervivencia y el recurso a la especulación política con el futuro del proyecto colectivo conducido –esta fue la frase más repetida- por Cristina Fernández de Kirchner.

 

Estos encuentros, más las declaraciones que los acompañaron, muestran sin lugar a dudas el aislamiento relativo que padece Scioli dentro de la estructura del justicialismo. Pero, puestos en el contexto de una provincia que requiere sí o sí del auxilio fiscal –que puede combinarse con dosis de endeudamiento- para llegar a fin de año, muestran también que el compromiso auspiciado por los analistas, con base en una presunta racionalidad de poder, parece como mínimo improbable. Mientras los gobernadores se reunían en Paraná, Scioli veía caerse, una tras otra, todas las chances de acuerdo con los docentes, en una situación que castiga al segmento más pobre de la población de la provincia. De asistencia o mediación oficial, ni hablar.

 

Cabe preguntarse quién gana y quién pierde de profundizarse este escenario de conflicto. Es indudable que Scioli resignaría gran parte de sus chances presidenciables, pero la pregunta es ¿a qué costo? De mantenerse un escenario de ruptura entre el kirchnerismo y el gobernador, ¿cómo impactará esto en la campaña electoral? Y si nuevamente quedan comprometidos los salarios o el aguinaldo de los trabajadores provinciales, ¿dónde termina el precio que paga la gobernación, y dónde empieza el que corresponde a la presidencia de la Nación?

 

Por lo que respecta a los encuentros nacionales, muchos analistas vieron en ellos señales de fortaleza, exhibición de poder institucional. Seguramente es así, pero desde hace muchos años sabemos que una cosa son las posiciones institucionales y otra muy distinta son los votos. Sin ir más lejos, el kirchnerismo lanzó una campaña de este mismo signo cuatro años atrás, pero en mejores condiciones: la figura de Néstor Kirchner aglutinaba apoyos que excedían al aparato territorial, como aquellos procedentes del sindicalismo y de los movimientos sociales, así como al propio Scioli, y sin embargo la compulsa terminó en derrota. Siempre existe el riesgo de que, en la tarea de hablar con la gente y escuchar sus necesidades, los dirigentes extravíen el camino y terminen debatiendo solamente sobre poder. O, lo que es lo mismo, sobre la nada, porque el poder no se debate.

 

(*)Analista. Profesor.

 

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