Las calzas son a Cristina, lo que Cecilia Bolocco a Menem

Cuando veía el “reportaje” a Cristina Fernández de Kirchner, entrecomillado porque Jorge Rial estuvo más servil que Brienza, y tocaron el tema de las calzas, con la jovial respuesta de la Presidenta se me apareció la imagen de Cecilia Bolocco, la monumental chilena que adquirió el menemismo, para montar el operativo vitalidad y mantener al expresidente intacto a la vista de los Argentinos ante una nueva posibilidad de competir por la Presidencia de la Nación.

Aunque haya sido un amor auténtico, hasta tuvieron un hijo al que llamaron Máximo, todo un anticipo, casi nadie dio crédito al nuevo matrimonio y los pocos que lo hicieron vieron lo infundadas que eran sus expectativas, cuando enseguida de diluidas las esperanzas de la vuelta de Carlos Menem al poder, la polola partió a su Chile natal y la pareja en una innovación total pasó a dormir en países separados.

 

Aunque la Guardia pretoriana de la comunicación presidencial ha tratado de impedir el debate planteando “que está fuera de lugar la discusión, que es una cuestión personal, que no hace a los problemas políticos o de su función”, desde tiempos inmemoriales el disfraz del poder es un tema público y lícito de ser debatido.

 

Además, si alguien no ha improvisado en esta materia, el armado donde se teatraliza y se comunica la imagen del poder, ha sido este gobierno, la naturalidad y la improvisación la podemos encontrar en muchas medidas de la gestión, pero nunca en las apariciones públicas presidenciales.

 

Los ropajes presidenciales han sido objeto de debate permanente durante el gobierno de Cristina, incluido su extendido luto que ahora incorpora las calzas negras, desde publicaciones que han seguido los modelos, marcas, colores, hasta los que han analizado los costos de tales inversiones. En cambio muy pocos  hablan, salvo por aburrida, de la ropa de Ángela Merkel, de Dilma Rousseff o de la ex y próxima presidenta de Chile Michelle Bachelet.

 

El poder comunica con sus disfraces, y por eso no pasó desapercibida la cruz de Carrió que apareció en su pecho junto con un nuevo y furioso misticismo, los coloridos kipás del rabino Bergman, y yendo más atrás, los desaparecidos bigotes de Macri, el poncho y la metamorfosis de las patillas de Menem o las recordadas camperas de Ubaldini, todos fueron objeto de análisis

 

El trabajo de la maquinaria oficial para instalar el tema de las calzas, mirado retrospectivamente ha sido intencionado y persistente, y decorado con un conjunto de atributos proferidos por el elenco estable, que vive en la política mientras viva la presidencia de Cristina, y aunque la espontaneidad de la jugada se vio rápidamente diluida, las interpretaciones populares se han vuelto objeto de análisis para establecer en la medida de lo posible, los objetivos y los logros de tal decisión de comunicación.

 

Como quienes detentan el poder dan fe de que existen cuando se exponen en público, en una necesidad ancestral que ha sido descripta como “esa teatralización, un ejercicio de transfiguración para movilizar los mitos, símbolos, rituales de los que ningún poder puede prescindir”, en este caso y como respuesta a una operación de comunicación generalizada de los opositores de instalar la idea de final de ciclo y de decadencia de las capacidades de gobierno de la Presidenta, la contraoferta de las calzas como imagen de vitalidad, dinamismo, juventud y modernidad, ha sido la modesta respuesta presidencial.

 

Lamentablemente no es la falta de vitalidad lo que preocupa, es la falta de dialogo con la opinión pública al subestimar las preocupaciones de la población confundiéndolas con la opinión de los medios “corporativos”.

 

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