En lo que constituyó toda una novedad, convivieron bajo el mismo techo Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa; los jefes de los bloques parlamentarios, el senador José Mayans y el diputado Germán Martínez; los gobernadores de La Rioja, Ricardo Quintela; de Formosa, Gildo Insfrán; de La Pampa, Sergio Ziliotto; de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, Gustavo Melella, y el senador Gerardo Zamora, dueño político de Santiago del Estero, jefe del actual mandatario Elías Suárez y, de modo interesante, frecuente aliado legislativo del Gobierno.
- El propio encuentro y el planteo de una eventual PASO supuso la primera muestra pública de una vocación de unidad en, por lo menos, muchos meses.
- La decisión de aferrarse a ese mecanismo y hasta de haber sondeado, en caso de que no se lo pueda sostener, la posibilidad de otro tipo de votación sugiere, a falta de un acuerdo cupular, que sería el voto popular lo que dirima, al modo de lo ocurrido en la etapa de salida del alfonsinismo, la actual disputa por candidaturas y, más de fondo, de liderazgo.
- La decisión del gobernador bonaerense de ir a fondo implica que está dispuesto a enfrentarse con una lista bendecida –o, acaso, integrada hasta que la Justicia ratifique su inhabilitación– por Cristina Fernández de Kirchner. Sería ocioso seguir preguntando si hay diferencias programáticas entre el kicillofismo y el camporismo. Lo que se juega allí es, para Kicillof, la posibilidad de pelear por el poder sin un condicionamiento constante, como el que debió soportar Alberto Fernández.
- Por último, la exclusión del encuentro de los gobernadores perolibertarios de Tucumán, Osvaldo Jaldo, y de Catamarca, Raúl Jalil, resultó paralela al mensaje que se les hizo llegar: cualquier apoyo a Javier Milei para terminar con el esquema de primarias haría que el resto del peronismo plante en esos distritos listas propias, lo que partiría sus respectivas bases electorales y los convertiría en bocados fácilmente digeribles para la ultraderecha por la que tanto han hecho. Esto, la definición de sus fronteras, fue la cuarta señal de un peronismo que busca reconstruirse.
El espejo de las derechas
Cuando todo parecía encaminarse hacia una ruptura suicida, el peronismo sorprendió. ¿Qué lo llevó a eso?
En primer lugar, el acercamiento entre La Libertad Avanza (LLA) y el PRO, propiciado por otro diálogo considerado improbable hasta hace días: una conversación telefónica de media hora entre Karina Milei y Mauricio Macri.
La misma se tradujo ayer en un primer acto: el encuentro en la Casa Rosada en el que participaron los karinistas Lule y Martín Menem y el macrista Fernando De Andreis, más los dirigentes binorma Diego Santilli –con sesgo mileísta– y Cristian Ritondo –militante PRO de la unión de todas las derechas–.
Lo que queda por delante es el avance en un pacto de no agresión, en el que el partido otrora amarillo y hoy de color indefinido trataría de excluir de la competencia los distritos que hoy gestiona. ¿Podrá controlar su apetito a la secretaria general de la Presidencia? Si así fuera, la confluencia nacional quedaría allanada.
El peronismo actuó en espejo frente a esa aproximación, que hizo trizas las especulaciones que surgieron en los últimos meses en algunas de sus usinas sobre un escenario similar al fragmentado de 2003. Esa era una zoncera que sólo servía para tensar más la cuerda de la interna.
Como todo indica que las derechas competirán unidas –a ese sector no se le suele escapar por dónde pasa su interés– y que el antikirchnerismo será el gran eje de su campaña, al peronismo no le queda otro camino que la unidad. Sin eso, no hay chance de triunfo ni, como prioriza el camporismo, de "Cristina libre".
¿Quién se haría cargo allí de las consecuencias de una división que le entregaría el poder llave en mano a Milei por cuatro años más, algo imperdonable para millones de simpatizantes y, acaso, demasiado parecido a un final histórico?
Esa perspectiva vendría embarazada de la posibilidad de una hegemonía irresistible de la extrema derecha, con control extendido del Poder Ejecutivo, desembarco con mayorías propias en el Legislativo y hasta dominio del Judicial, que sigue colonizando mientras vos leés este newsletter.
¿Sin lugar para outsiders?
El escenario augura una reedición de la polarización y la grieta. ¿Serán un anticipo del futuro nacional los recientes y virtuales empates entre ultraderechas e izquierdas en Perú y Colombia?
¿Dejaría ese escenario espacio a los outsiders de presunto centroderecha que no dejan de florecer, ahora con mucho dinero disponible, apoyos fuertes en Estados Unidos y enorme poder de fuego mediático en la figura de Daniel Hadad, quien se presentó ayer en la Facultad de Derecho de la UBA junto a casi todos los involucrados en la negociación LLA-PRO?
De sostenerse esos intentos –de los que por ahora tampoco se bajan Dante Gebel y Jorge Brito–, el país se encontraría con una novedad que merecería análisis. ¿Qué sector podría sufrir una mayor fuga de votos, el oficialismo o la oposición? ¿Asumiría semejante riesgo el Círculo Rojo?
Igual que el mercado financiero, que se puso en los últimos días más quisquilloso, el peronismo cae por fin en la cuenta de que 2027 –un referéndum sobre el modelo– dista de estar jugado a favor del Gobierno.
La inflación y su contracara
En el fondo,"es la economía, estúpido". O, más precisamente, la inflación y su contracara: un plan que busca bajarla a fuerza de demoler el ingreso popular.
Toca en este punto dejar un poco a un costado lo político y concentrar el análisis en lo que surge de la inflación de julio, divulgada ayer por el INDEC y para nada ajena a este análisis.
El vaso de la inflación está lleno por la mitad. O vacío…
Por un lado:
- El 2,1%, afectado por la estacionalidad tradicional del mes –aguinaldos, vacaciones de invierno–, no fue la catástrofe que podía sugerir la inflación porteña, que, debido a las respectivas diferencias metodológicas, había arrojado un preocupante 2,9%.
- No sorprende, en ese sentido, que la mayor incidencia haya estado dada por los rubros vinculados a la recreación y el turismo.
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La inflación volvería a descender este mes, lo que la dejaría debajo del maldito dos por ciento.
Sin embargo, por el otro:
- Julio cortó con tres meses de caída.
- Alimentos y bebidas contribuyó con un 2% que se mantiene dentro del rango de la maldita meseta que, por ahora, sigue condenando a la mileinomía.
- La inflación núcleo –que anticipa tendencia por excluir precios de bienes y servicios estacionales o regulados– subió al 1,8%, lo que se parece mucho a la velocidad crucero esperada por los analistas para los próximos meses.
Por otra parte, hay que recordar que Milei ordenó –y Caputo ejecutó– la cancelación de la medición de la inflación de acuerdo con una canasta más representativa de los patrones actuales de consumo, esto es la de 2017-2018. Al intervenir nuevamente el INDEC para mantener la canasta vetusta de 2004-2005 –lo que desencadenó la renuncia de Marco Lavagna–, se buscó ex profeso subestimar el índice en el margen mes a mes, lo que permite pensar que el 2,1% informado podría haber sido, en verdad, 2,3% o 2,4%.
La desinflación en su laberinto
El IPC por momentos sube y en otros baja, pero desde octubre de 2024 que no deja de serpentear –con la metodología que se sostiene– en torno al 2%, claro que con pisos como el 1,5% de mayo de 2025 y con picos como el 3,4% de marzo último.
En tanto, si se observa la evolución interanual del índice, el altiplano inflacionario, algo superior al 30%, surge con nitidez.
Con esos datos en la mano cabe preguntarse si la desinflación declamada realmente está teniendo lugar. Que se entienda: no se sostiene que el plan económico no tiene chance de lograrla. De hecho, todo llega, sobre todo cuando existe voluntad política de mantener los ingresos populares, el consumo y la actividad doméstica en un freezer seteado a 20° bajo cero.
Toto Caputo dijo el miércoles en la Bolsa de Comercio de Córdoba que "venimos muy bien" y recordó que a Chile le llevó una década llegar al ansiado dígito único anual. Tiene razón: derrotar la inflación lleva tiempo, pero el ejemplo que eligió es sugestivo. El Chile que se tomó diez años –y otro tanto en una etapa previa de ensayos y errores– lo hizo en dictadura, cosa que en la Argentina, afortunadamente, no rige.
Un referéndum sobre el modelo
Así, la cuestión no pasa por la duda respecto de la efectividad de largo plazo del camino antiinflacionario del ajuste fiscal y monetario perpetuo; si el Gobierno llegara al extremo –es una hipótesis, claro– de abolir la moneda, la inflación desaparecería. El asunto es si el modelo, el mismo que se plebiscitará el año que viene, resulta social y políticamente sustentable.
La economía no arranca y hasta el mantra del superávit fiscal parece perforado. Además, ya nadie recuerda que el Presupuesto de este año contenía una pauta inflacionaria del 10,1%. ¿Para qué, si sólo hasta el mes pasado el acumulado arrojó casi el doble?
Tampoco vale la pena insistir en que el propio Milei había vaticinado que el fenómeno estaría liquidado para esta altura, y que el IPC de este mes sería de "cero coma…".
Solamente vale insistir en esas pifias seriales para señalar que es el propio Gobierno, que en voz de Caputo pide ahora paciencia para una década de ajuste, el que infló las expectativas.
¿Por qué se baleó los pies? Con toda probabilidad por exceso de confianza en una receta dogmática que, desde el punto de vista científico, atrasa 90 años.
De hecho, el jefe de Estado ya no explica la meseta de los precios por un "rezago de la política monetaria" que se hartó de recalcular y, más interesante, en los hechos aborda el problema como uno multicausal, interviniendo el tipo de cambio, pisando paritarias, licuando sin pausa las jubilaciones mínimas y dosificando los ajustes tarifarios en función de la evolución del IPC.
La gran pelea del Gobierno pasará, en lo que resta del año, porque la inflación cierre apenas debajo del 30%.
Reaparece el fetichismo de los decimales: 30,1 o 29,9% serían lo mismo. Lo central es otra cosa: ¿la desinflación lleva tiempo o está encallada?
Además, ¿habrá condiciones para que baje un escalón en el propio año electoral, con las presiones cambiarias esperables y con la posibilidad de un "regreso del populismo K"?
El candidato Milei deberá reinventar su narrativa para dar cuenta de que culminará su primer mandato con una inflación cristinista.
El peronismo lo huele y por eso explora vías de unidad. Su desafío, acaso más colosal que el del Presidente, será ofrecerle al electorado un camino alternativo que no sólo reitere viejas promesas distribucionistas, por otra parte demasiado desacreditadas tras su última experiencia. También uno que aborde la demanda social de estabilidad, acuciante tras el calamitoso final del Frente de Todos y que explica en gran medida el propio fenómeno Milei.
Que tengas un excelente fin de semana largo. Hasta el martes.