Hay muchas maneras de leer la visita de León XIV a la Argentina. Una es protocolar. Otra, religiosa. Una tercera, política. Esta última puede resultar incómoda para el gobierno de Javier Milei, dado que algunas de las ideas centrales del papa chocan con el sentido común político de la nueva derecha global, especialmente en torno al poder, el mercado, la tecnología y el Estado, y difícilmente alcance con hundirla en la polarización, las fake news y la emocionalidad negativa.
Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, propone pensar la inteligencia artificial y la condición humana a partir de la imagen de una nueva Babel. Si bien la referencia a Tolkien resultó atractiva para un ecosistema acostumbrado a abordar superficialmente, básicamente de todo, unas líneas debajo de la misma hay un plan de acción claro y desafiante.
La encíclica propone cinco vías: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo.
Ahí empieza la discusión política que necesitamos abordar y que comentamos brevemente a continuación.
Una parte del discurso tecnológico presenta la IA como destino: empresas, trabajadores y Estados deberán adaptarse, pero conviene no perder de vista que ninguna tecnología es un destino. Entre una innovación y sus consecuencias existen decisiones políticas, intereses económicos y relaciones de poder.
El fatalismo intencional detrás de afirmar que algo es inevitable puede impedir que se discuta lo importante, porque no todo lo técnicamente posible debe hacerse ni quedar librado a quienes tienen capacidad económica.
Construir la paz en la justicia
La segunda vía introduce la relación entre tecnología, poder y desigualdad. La IA puede democratizar capacidades, pero también se apropia de la producción cultural de toda la humanidad, sin pagar derecho de autor, concentrando infraestructura, datos y capacidad de decisión, transformando mercados laborales y profundizando desigualdades.
Los mitos de los filósofos en las empresas de inteligencia artificial
Imagen generada con IA
Por eso no alcanza con preguntar cuánto crecimiento producirá: debemos preguntar quién captura ese valor, quién asume los costos y quién queda excluido. La concentración tecnológica es un problema político: quien controla las infraestructuras de información puede condicionar aquello que vemos y circula, también las condiciones y condicionamientos de esa visualización y circulación.
La cuestión resulta relevante frente a los grandes tecnobillonarios que imaginan que la innovación puede sustituir mediaciones políticas y simplifican la discusión al enfrentamiento polarizante mercado versus Estado, mientras disimulan vía el marketing del fin del mundo, que es quien gobierna el poder el que produce la tecnología.
En este marco, “Construir la paz en la justicia” supone discutir esas asimetrías, fortalecer capacidades públicas, proteger derechos y evitar que la innovación quede subordinada a la rentabilidad.
Asumir la mirada de las víctimas
La tercera vía pregunta qué ocurre con quienes no pueden hacerse escuchar. La IA trabaja con enormes cantidades de datos y produce síntesis en segundos, pero, en una sociedad que puede tener más información, pero comprender cada vez menos, es importante preguntarnos: ¿qué quedó afuera de la síntesis? ¿Qué voz no fue registrada?
La mirada de las víctimas obliga a invertir la lógica, porque una persona desplazada no es un dato, un trabajador reemplazado no es una variable. En tiempos de IA, recordar esto significa poner un límite político a la fascinación por la eficiencia y el rendimiento.
Cultivar un sano realismo
En este punto, León XIV se distancia del entusiasmo tecnológico y del catastrofismo. La IA no va a salvar a la humanidad, pero tampoco está condenada a destruirla. Puede a un tiempo democratizar conocimiento y concentrar poder, y por esto el problema no es técnico sino político, dado que ninguna de esas posibilidades se realiza automáticamente.
Javier Milei y Karina Milei con el papa León XIV en el Vaticano.
Vatican Media
Dotarnos de un sano realismo consiste en reconocer posibilidades y límites: una máquina puede simular empatía, producir lenguaje y procesar información, pero no vive las consecuencias de sus decisiones.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente qué tan inteligente puede llegar a ser una máquina, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo alrededor de ella.
Relanzar el diálogo y el multilateralismo
La quinta vía es quizás la más directamente política y recuerda, entre múltiples referencias explícitas e implícitas a su obra, la importancia que el papa Francisco le otorgaba al ecumenismo.
La IA no reconoce fronteras. Los datos circulan globalmente, las plataformas son transnacionales y las decisiones tecnológicas de unas pocas empresas pueden afectar a millones de personas que jamás participaron de ellas. Sin embargo, seguimos intentando gobernar este fenómeno con instituciones nacionales fragmentadas.
León XIV al proponer recuperar el diálogo y el multilateralismo, choca con la fantasía de que los problemas pueden resolverse dejando actuar a los más poderosos y sus tecnócratas a sueldo. La gobernanza tecnológica necesita Estados, organismos internacionales y sociedad civil. Necesita negociación, límites y cooperación porque ningún actor tiene por sí solo todas las respuestas.
Más allá de Tolkien
Antes, durante y después de que León XIV visite la Argentina, quizás convenga mirar menos a Tolkien y más a Magnifica Humanitas, en particular a la discusión política que se plantea en esta encíclica: ¿Qué lugar debe ocupar el Estado frente al poder tecnológico? ¿Quién protege a quienes quedan fuera? ¿Quién decide sus límites? ¿Cómo desarrollamos una Humanidad aumentada?
La tensión con la nueva derecha tecnológica adquiere en la Argentina una dimensión particular: Milei ha construido buena parte de su identidad política alrededor de la reducción de la intervención estatal y de una fuerte identificación con referentes tecnológicos libertarios.
León XIV sostiene otra concepción: la tecnología debe estar subordinada a la dignidad humana, la justicia, la solidaridad y el bien común. Mucho más allá y más acá de una simple pelea entre tecnología y religión, se trata de una disputa acerca de quién decide qué hacemos con la tecnología.
Las cinco vías marcan claramente una agenda política para el presente y para el futuro de la condición humana que se debate entre dos maneras de imaginar el futuro: una en la que el poder tecnológico se considera suficiente para gobernar el mundo y otra en la que todavía pensamos que el mundo debe decidir qué hacer con ese poder, con la gente adentro.