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OPINIÓN

Pensar lo impensado después de Javier Milei

La ciudadanía se arriesgó y el peronismo y Juntos por el Cambio pagaron el costo. El caos, un llamado a replantear los límites y alcances del Estado.

Decepcionada, cansada y enojada, la sociedad argentina votó en 2023 por Javier Milei, la opción de cambio más radical que encontró. Las dos coaliciones que dominaron la política argentina durante las últimas décadas alternándose en el ejercicio del poder demostraron una rotunda incapacidad para entender las demandas sociales y lograr encaminar al país en una senda de desarrollo sostenible.

El triunfo de Milei dejó al peronismo, al PRO y al radicalismo en estado catatónico. La reputación de estos tres espacios políticos ha sido gravemente dañada tanto por el fracaso en sus respectivas experiencias de gestión como por las inconsistencias que han dejado al descubierto evidentes incoherencias entre el discurso y la acción. La evaluación que hacen los votantes sobre la integridad, confiabilidad, competencia y comportamiento ético de sus principales referentes es muy negativa.

Mientras que el PRO y el radicalismo buscan desesperadamente la manera de retener a sus votantes, el peronismo, acéfalo y desorientado, intenta reagruparse para resistir el avance libertario. El peronismo debe recuperar su espíritu transformador para constituirse como una alternativa positiva de cambio. No puede esperar que la respuesta llegue de la mano de un conductor iluminado, es necesario abrir el debate en sus bases, atreverse a cuestionar y a reflexionar sin tabúes.

Una edición actualizada de sus principales banderas, justicia social, independencia económica y soberanía política, adaptadas al nuevo orden del siglo XXI, podrían servir de base para una nueva narrativa que invite a los sectores populares y progresistas, especialmente a los más jóvenes, a conquistar un nuevo horizonte.

La utopía de un país industrializado con trabajadores fabriles que vacacionan en hoteles provistos por sus sindicatos no seduce a las nuevas generaciones que habitan en un mundo radicalmente distinto al de sus antecesores.

Los líderes sindicales representan a porciones cada vez más reducidas de los trabajadores. Su presencia en manifestaciones colectivas, como la ocurrida en defensa de la educación pública, es tan contraproducente como la presencia de dirigentes políticos que carecen de legitimidad frente a la sociedad, generan rechazo y limitan el poder de convocatoria y adhesión. La mayoría de los votantes no quiere verse cerca de ellos.

El 53% de los argentinos expresó contundentemente su rechazo al status quo en las últimas elecciones. No quiere volver al pasado ni conservar el presente, quiere construir un futuro mejor y para ello ha demostrado que está dispuesto a arriesgarse.

En qué se ha transformado el peronismo

Hace más de una década que el peronismo se ha transformado en un proyecto de poder conservador, circunscribiendo su principal promesa a “cuidar”, a “proteger” lo conquistado durante las presidencias de Néstor y de Cristina Fernández de Kirchner. Las derrotas electorales sufridas por Martín Insaurralde (2013), Daniel Scioli (2015), Cristina Fernández de Kirchner (2017) y Sergio Massa (2023) obligan a repensar los liderazgos, las ideas y la forma de hacer política.

“En la vida hay que elegir” rezaban los carteles en la vía pública durante la campaña legislativa de 2013 en la que el candidato oficialista, Martín Insaurralde, enfrentaba a un joven díscolo llamado Sergio Massa. Massa supo interpretar el deseo de cambio que vibraba en los bonaerenses y venció al kirchnerismo anticipando la derrota que sufriría Daniel Scioli dos años más tarde frente a Mauricio Macri.

Scioli, el candidato elegido por Cristina para sucederla en el poder, esperaba que los argentinos lo votaran simplemente porque “venía bancando el proyecto”, pero no prometía resolver los problemas estructurales que tenía el país. La inflación, que ya se ubicaba en torno al 25% anual, no era un problema para el exmotonauta y mucho menos para la presidenta saliente.

Macri impuso su gobierno de CEOs, prometió que bajaría de un plumazo la inflación y que eliminaría la pobreza, pero no logró más que un cambio de marca y de estilo a un costo altísimo de endeudamiento externo, más inflación y más pobreza.

El kirchnerismo, que ya venía hablándole exclusivamente a la base de sus más devotos votantes, se replegó sobre su núcleo duro, se limitó a resistir a Macri primero y a responsabilizarlo de todos los males después.

Los cuatro años de gobierno de Alberto Fernández estuvieron signados por peleas mezquinas y públicas de poder. Durante su mandato, Argentina logró la singular hazaña de alcanzar altos índices de empleo al mismo tiempo que batía récords de inflación y aumento de la pobreza. En ese contexto, el triunfo de Sergio Massa en la primera vuelta de las elecciones de 2023 puede ser leído casi como “un milagro”.

Los estudios de opinión pública que venimos haciendo desde Reyes-Filadoro registran hace mucho tiempo el descontento de la mayoría de los votantes con el rumbo del país, pero también la indignación por los altos niveles de codicia, negligencia y corrupción en el seno del poder.

Frente al proyecto de salvación individual, concentración del poder económico, desdén por “lo público” e intolerancia que promueve el gobierno de Milei, un amplio sector de la sociedad argentina demanda una nueva síntesis, una utopía alternativa que renueve la ilusión de un futuro colectivo, solidario, cooperativista, integrador, inclusivo, popular, sustentable y sostenible.

No es fácil animarse a pensar lo impensado, a replantear los límites y alcances de un Estado moderno capaz de atender las necesidades de una sociedad fragmentada, rescatar sus valores, aprovechar sus recursos naturales y humanos para generar desarrollo local y renovar los objetivos de posicionamiento de Argentina tanto en la región como en el mundo. No es fácil, pero es necesario.

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