El gobernador Axel Kicillof no tiene paz. No había terminado de saborear la victoria de agosto que comenzó a encaminarlo a la reelección y dejó vivo al peronismo cuando le explotó la bomba en el corazón de su gobierno. Los alcances del Insaurralde-gate a tres semanas de las elecciones generales son todavía incalculables.
Si el operativo de control de daños desplegado fuera insuficiente, el triunfo que podría repetir en octubre podría transformarse en el menos deseado para el mandatario. No es un oxímoron: ganar siempre se ansía, pero ganar sin retener la Casa Rosada se transformaría en un dolor de cabeza para el gobernador y acaso dinamitaría las aspiraciones que por default tiene para 2027.
La provincia de Buenos Aires es completamente inviable sin la asistencia de la Nación y Kicillof ha podido gobernar estos tres años y medio gracias a un flujo constante de dinero fresco enviado por la administración central. La (adecuada) distribución por parte del mandatario de esa gigantesca masa de dinero hizo el resto.
Una Argentina con la motosierra Javier Milei en Balcarce 50 puede ser una catástrofe para Kicillof, en términos de gestión y de su futuro político. No sólo por el impacto que un recorte del Estado como el que propone el libertario tendría en un distrito donde viven casi 18 millones de personas, sino porque estaría a merced de las decisiones de su adversario. La mano de Milei sobre la canilla, regulando el oxígeno para Buenos Aires a cuentagotas.
El pelotazo en contra podría ser doble para el único héroe de un peronismo perdedor: sin ayuda económica para conducir los siguientes cuatro años de gobierno, llegaría con la lengua afuera a 2027, su momento, el momento Axel.
El daño que podría causar el affaire del lomense acaso sea equiparable al de la fiesta del presidente Alberto Fernández en la quinta de Olivos en pleno confinamiento por la pandemia, pero con el agravante de que esta vez el costo no se pagaría con retardo sino inmediatamente.
La chocolatería Rigau, que en la agenda de candidatos pasó sugestivamente de largo como tren en pueblo chico, le agrega dramatismo y morbo al festival en el que navega la política, una fiesta de impunidad inocultable para un electorado al que ya no se le puede pedir paciencia ni fe ni esperanza.
Por eso, Kicillof camina rumbo al 22 de octubre con dos objetivos igualmente importantes: ganar su partido en la provincia y al mismo tiempo sumar lo suficiente para que Sergio Massa entre al ballotage y luego gane el mano a mano con el libertario, el mejor perfilado hasta el momento.
De la cantidad de boletas con su cara que logre contar en quince días dependerá si sigue o no en su despacho en La Plata, pero de la cantidad de boletas con la cara del ministro-candidato dependerá en buena medida el éxito o el fracaso anticipado de un segundo mandato y, por carácter transitivo, de su ubicación en la grilla electoral del peronismo para dentro de cuatro años.
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Cualquiera en política sabe que sin plata es imposible gobernar y Kicillof, Cristina Fernández de Kirchner y Massa jamás quitaron ese apotegma del centro de la mesa de diseño donde forjaron la estrategia electoral de 2023. Por eso el mandatario fue casi único salmón en un cardumen de gobernadores peronistas que nadó río abajo tomando distancia de todo lo que tuviera que ver con la gestión Fernández, para lo cual la decisión de desdoblar comicios se tornó carta repetida. Ni esa jugada les evitó la derrota a aquellos. Por contraste, los ejemplos de Chaco, San Juan, Santa Cruz y Santa Fe le agregaron espesor al triunfo del bonaerense en las PASO.
Las imágenes que muestran al ex jefe de Gabinete provincial de fiesta en Marbella rodeado de lujos mientras el 40% de la población está sumido en la pobreza pegan bajo la línea de flotación de Unión por la Patria (UP) e impactan con precisión quirúrgica en un rincón de luz de Kicillof, que ha hecho de la transparencia y la austeridad una marca registrada de su persona.
La caída en desgracia del coronel de una porción -no digamos todo- del poder territorial peronista del conurbano puede leerse como otro triunfo de Kicillof en la sorda y escondida guerra que viene librando con ese sector desde 2019, pero sin dudas es un victoria que el gobernador hubiera querido alcanzar más adelante. Este, ahora, también es un triunfo no deseado.