Para entender esta transformación, resulta útil recurrir a la obra de Gilles Deleuze y Félix Guattari. En textos como El anti-Edipo (1972) y Mil mesetas (1980) introducen el concepto de desterritorialización: un proceso a través del cual un cuerpo, una práctica o una identidad pierde su anclaje tradicional y comienza a circular, reconfigurarse, transformarse en nuevas formas.
Aunque Deleuze y Guattari formularon esta idea en los años 70 y 80, hoy este concepto cobra nueva vida en el entorno digital. Los jóvenes están atravesando un proceso constante de desterritorialización: abandonan estructuras fijas como instituciones, roles familiares o grupos de pertenencia y se reterritorializan en espacios virtuales.
Estos nuevos territorios no se asientan sobre tierra firme ni tienen fronteras visibles, pero son igualmente poderosos a la hora de definir quiénes son y cómo se relacionan.
Instagram, TikTok y Facebook como documento de identidad
Un estudio reciente titulado “Amor tóxico: la relación de los jóvenes con las redes” realizado por las consultoras Reyes-Filadoro y Enter Comunicación, muestra cómo los jóvenes argentinos utilizan plataformas como Instagram, TikTok y Facebook no sólo para conectarse, informarse o entretenerse, sino también para construir identidades, gestionar emociones y proyectar futuros.
El informe revela que no tener una cuenta en redes sociales equivale para muchos jóvenes argentinos entre 18 y 35 años a no existir socialmente. En otras palabras, el espacio digital se ha convertido en un nuevo territorio simbólico de pertenencia y reconocimiento. No se trata sólo de un complemento del mundo físico, sino de un territorio paralelo, muchas veces prioritario, que redefine relaciones, jerarquías y formas de existencia.
“Es muy difícil relacionarse con la gente si no tenés redes”, afirmaba con tono de resignación una joven que participó en los grupos focales.
El acceso a ciertas plataformas se ha convertido en una condición de legitimidad social. No tener presencia en el mundo digital es percibido como una ausencia, una forma de ocultamiento o incluso de sospecha. “Si conozco a una persona y no tiene Instagram, desconfío”, decía otro de los participantes.
Las redes sociales han dejado de ser simples canales de comunicación para convertirse en un documento de identidad simbólico. La huella digital —fotos, comentarios, historias, contactos, ubicaciones— sustituye muchas veces al DNI físico (o al pasaporte) como prueba de existencia.
La huella digital es mucho más reveladora que las huellas dactilares que un policía argentino llamado Juan Vucetich utilizó por primera vez en 1891 para identificar criminales. Mientras la huella dactilar es biológica, fija y controlada por el Estado, la huella digital es tecnológica, cambiante y gestionada por empresas privadas. La huella digital no solo revela “quienes somos”, sino “cómo somos”: nuestros gustos, hábitos, emociones, conexiones. Es una identidad abierta, líquida, moldeada en tiempo real por algoritmos que no conocemos y sobre los que tenemos poco o nulo control.
El poder de las plataformas
Empresas como Meta, Google o TikTok no solo gestionan estas redes: definen qué vemos, cómo nos vinculamos y qué información llega a nuestros ojos. Tienen la capacidad de manipular algoritmos, almacenar datos personales y condicionar flujos de información y consumo.
La importancia de las redes sociales es tal que, desde junio de 2025, el gobierno de Estados Unidos exige a los extranjeros que solicitan una visa configurar sus redes sociales en modo público, bajo el argumento de facilitar la verificación de identidad. Esto muestra hasta qué punto la vida digital ha trascendido lo privado y se ha convertido en un espacio de control y legitimidad social.
El estudio demuestra que los jóvenes son conscientes del poder que tienen los gigantes tecnológicos y de su propia vulnerabilidad. El 60% de los encuestados opina que las empresas de tecnología tienen demasiado poder para manipular lo que piensan y sienten.
Un ejemplo de esto fue el caso Cambridge Analytica, donde millones de perfiles en Facebook fueron utilizados sin consentimiento para influir en procesos electorales. Pero no es el único. En 2020, el presidente Donald Trump intentó prohibir TikTok en Estados Unidos, temiendo que el Partido Comunista chino pudiera usarlo para fines geopolíticos. Aunque la medida fue revocada por violar derechos constitucionales, puso sobre la mesa una realidad incómoda: las redes sociales no solo son espacios de encuentro, sino también de poder.
Pero las razones por las que Trump quiso prohibir TikTok no eran solo geopolíticas sino también generacionales. En 2020, jóvenes usuarios de TikTok organizaron una campaña masiva para sabotear un acto de campaña de Trump en Tulsa, reservando miles de entradas que luego no usaron, lo que resultó en un evento semivacío.
Política en la nube
Para los jóvenes que desean transformar el mundo en un lugar mejor, el desafío no es menor. Se enfrentan a un contexto marcado por la precariedad económica, la crisis de las instituciones tradicionales, la aceleración de los procesos tecnológicos y una cultura de la atención fragmentada e hiperestimulada. Pero, al mismo tiempo, tienen a su disposición herramientas de conexión, visibilidad y creación colectiva sin precedentes.
El movimiento Ni Una Menos es un ejemplo concreto de cómo los jóvenes argentinos utilizaron las redes sociales no solo como herramientas de comunicación, sino también como espacios de producción de subjetividad política, resistencia simbólica, construcción de imaginarios colectivos y movilización social.
En plataformas como Instagram y TikTok, el movimiento Ni Una Menos encontró una nueva territorialización: allí se construyeron relatos alternativos, se visibilizaron casos de violencia, se generaron consensos emocionales y se organizaron marchas, talleres y campañas.
Las redes sociales no fueron solo canales de difusión, sino espacios donde se produjo una nueva forma de hacer político, más horizontal, más afectiva y más personalizada.
¿Cómo reconectar los dos mundos?
Los jóvenes están dejando atrás las formas tradicionales de participación política (partidos, sindicatos, representaciones formales) para articular nuevas formas de acción colectiva, muchas veces digitales, horizontales y descentralizadas. Ya no se trata solo de votar o afiliarse, sino de compartir contenido político, crear memes, viralizar causas o participar en movimientos que nacen y se expanden en redes.
Pero también hay tensiones: exposición, miedo al conflicto, posibilidad de ser cancelados. El informe revela que más del 50% de los jóvenes ha dejado de seguir a alguien o ha sido dejado de seguir por diferencias políticas. Esto muestra que, si bien las redes amplían la capacidad de difusión de ideas, también profundizan dinámicas de exclusión, burbujas informativas y polarización.
El desafío es claro: ¿cómo construir puentes comunicacionales entre personas y comunidades polarizadas? ¿Cómo transformar la visibilidad que otorgan las redes sociales en poder real, en influencia sobre las decisiones públicas y en reconocimiento institucional?
No basta con existir en redes; hay que lograr que ese mundo digital tenga eco en el físico: en las calles, en las escuelas, en los lugares de trabajo.
Esto implica no solo estar presentes en redes sociales, sino apropiarse de ellas, criticar sus lógicas opresivas y rediseñar espacios digitales que potencien la empatía, la deliberación y la cooperación.
El objetivo sigue siendo el mismo de siempre: construir un mundo más justo, solidario y humano. Al fin y al cabo, no podemos vivir en la nube.