Las elecciones municipales de Marcos Juárez dejaron un festejo eufórico en los despachos del Centro Cívico de Córdoba y un rotundo silencio en el corazón productivo de la provincia. El triunfo de Germán Font, con el 46,09% de los votos válidos, rompió una racha de décadas sin gestiones alineadas al peronismo provincial en el llamado "kilómetro cero de Cambiemos". Sin embargo, cuando las luces de la celebración se apagan y los números se leen sin el sesgo del aparato oficial, la jornada electoral arroja dos certezas inquietantes: el verdadero ganador de las urnas fue el abstencionismo y el resultado fue posibilitado por una calculada estrategia de omisión de la oferta política.
1. El partido del desencanto: cuando la mayoría es el silencio
En la retórica del oficialismo, la victoria fue "aplastante". En la matemática del padrón, fue una minoría intensiva. Con una participación de apenas el 62,5% —el piso de afluencia más bajo en la historia democrática de la ciudad—, el ausentismo sumado a los votos nulos y en blanco superó el 37% del total de los ciudadanos habilitados.
Al proyectar el desempeño de Font sobre la totalidad de la población con derecho a voto (unos 24.800 electores), el dato mata al relato: solo el 28,5% de los marcosjuarenses eligió la propuesta ganadora.
Casi ciatro de cada diez vecinos prefirieron no ir a votar o anular su sufragio, menos de tres (2,8) de cada diez votaron al ganador.
Font no ganó por haber desatado una ola de entusiasmo popular masivo, sino por la altísima eficiencia de la estructura provincial para movilizar su piso propio en un mar de apatía ciudadana. La abstención no fue una anécdota marginal; fue la fuerza política mayoritaria.
2. La elusión como estrategia: cuando la renovación es un caballo de Troya
El segundo vector de este comicio fue de carácter ético-comunicacional. En la teoría democrática, el voto es un contrato representativo basado en la transparencia de la oferta. Sin embargo, la plataforma Generación MJ funcionó como un sofisticado caballo de Troya.
Font no mintió abiertamente sobre su identidad, pero aplicó una sistemática política del ocultamiento y la elusión:
• El camuflaje de la marca: se omitieron de manera deliberada las siglas Hacemos por Córdoba y el sello del Partido Justicialista en el cotillón, la folletería y el discurso principal, en un distrito con un histórico sesgo antiperonista.
• La omisión del cargo previo: se presentó al candidato bajo el rótulo neutro de "vecino, ingeniero y dirigente agropecuario", pasando a segundo plano que hasta cinco semanas antes de la elección se desempeñaba como Subsecretario de Biodesarrollo en el gabinete de Martín Llaryora desde diciembre 2023. Renunció el 30 de julio de 2026.
• La trampa de la "independencia vecinal": al enmarcar la contienda como un movimiento joven y puramente municipal, se sustrajo del debate público la discusión sobre el modelo de gestión provincial que Font representaba orgánicamente.
Eludir no es otra cosa que amputarle, de manera racional e intencional, información crítica al votante. El electorado que buscó una opción de renovación puramente local fue guiado hacia una estructura que, en la noche del festejo ya, se reveló como la victoria del aparato del Panal.
Un mandato legal, pero frágil
Font asume la intendencia con legitimidad institucional inobjetable. Los votos contados le otorgan el sillón municipal. Pero gobernará una ciudad donde más del 70% de los habitantes o bien le dieron la espalda no yendo a votar, o bien eligieron opciones opositoras fragmentadas.
El experimento de Marcos Juárez deja un precedente incómodo para la política cordobesa: demuestra que se puede ganar una elección ocultando el sello de origen y apelando a la movilización propia en medio del desinterés generalizado. La pregunta que queda flotando es cuánto dura la gobernabilidad cuando se edifica sobre la base del ausentismo masivo y la elusión deliberada de la propia identidad.
Advertencias y lecciones para el escenario 2027
1. El hartazgo compra sellos nuevos (aunque la mercadería sea la de siempre). A los votantes nos atraviesa una secuencia de enojo y hartazgo tan larga que estamos atentos y desesperados por consumir marcas blancas y etiquetas de renovación. Empaquetar bien la propuesta partidaria “nueva” disimula a los mismos de siempre: asi es la desesperación de los votantes por encontrar aires renovados. Para la política tradicional la lección es dura: las siglas históricas restan, la narrativa en territorio hace diferencia.
2. La imperiosa necesidad de volver al territorio físico. El ausentismo del 38% no se combate con pauta digital, algoritmos o videos de TikTok. La abstención es la respuesta visceral de un vecino que siente que la política vive en una nube paralela. La única forma de frenar el desangre democrático es retomar el barro, la escucha genuina cara a cara. Las estructuras que no vuelvan al territorio físico a buscar desencantados van a terminar gobernando sobre minorías cada vez más reducidas.
3. Lo local no predice, pero condiciona. Si bien las elecciones municipales no se trasladan linealmente a la contienda provincial o nacional, la estrategia del camuflaje genera un aviso de tregua corta. Ganar ocultando el sello solo sirve para la foto del domingo a la noche: el electorado engañado o desencantado factura el doble de caro cuando le toca volver a votar.