17|10|2021

La falsa pregunta sobre dónde están las feministas

17 de agosto de 2021

17 de agosto de 2021

Las demandas a las activistas son, en realidad, provocaciones. El “delivery” de repudios impone su narrativa.

¿Dónde están las feministas? La pregunta se repite como mantra, en las redes y en los medios, cada vez que ocurre algo que involucre a mujeres y llegó a uno de sus puntos más altos con la toma del poder en Afganistán por los talibanes. La interpelación a las activistas se reprodujo en todo el mundo hasta transformarse en meme, porque en este caso era obvio que rozaba lo ridículo. Como circuló en Twitter: cada vez que hay un conflicto, se convoca a las feministas como si fueran la Liga de la Justicia o los Avengers y no un movimiento político y social.

 

En la última semana, la demanda –mejor dicho, la exigencia- de que “las feministas”, como un todo unificado, se expidan, repudien, hagan pronunciamientos, actúen o den explicaciones incluyó desde las declaraciones del presidente Alberto Fernández sobre #LaFoto del cumple-gate, los posteos en redes de su compañera, Fabiola Yáñezlas declaraciones misóginas sobre Florencia Peña, la defensa de Florencia Peña, los dichos de Aníbal Fernández sobre #LaFoto y la ya mencionada irrupción de los talibanes en Kabul.

 

Quienes reclaman a viva voz la presencia de “las feministas” suelen ser representantes de sectores conservadores que, otra vez, invirtiendo el sentido de las narrativas, instalan que las activistas por los derechos de las mujeres sólo se embanderan con algunas causas y no con otras. El resultado: por acción o por omisión, ellas tienen alguna culpa y serán hostigadas hasta que se expresen en consecuencia.

 

El “delivery” de repudios no es nuevo. Al lado (opuesto) de la visibilización y las demandas masivas de los feminismos en las redes y en las calles, crecieron las solicitudes a todas en general y a algunas en particular. El argumento de la sororidad es uno de los más habituales. Apropiándose de una herramienta política de los feminismos –la de tejer redes de contención e incidencia-, referentes antigénero en medios y redes imponen la idea de que “las feministas” deben salir a hablar por otras mujeres, aun si no están de acuerdo, aun si no es una cuestión de género y, sobre todo, aun si esas feministas no pueden o no quieren exponerse al hostigamiento habitual.

 

De hecho, el hashtag #DondeEstánLasFeministas tuvo un punto alto cuando, en abril de 2020, se resolvió otorgar prisión domiciliaria a algunas personas privadas de libertad para evitar los contagios de COVID 19 en las cárceles. Se las acusaba, entonces, de estar a favor de la “liberación de violadores”, una fake new por donde se la mirara, pero que obligó al Gobierno a aclarar públicamente y a algunas feministas a defenderse, una vez más, del acoso virtual y mediático.

 

Disciplinamiento y silencio

Una investigación publicada por la Asociación Civil Comunicar Igualdad sobre el debate en el ámbito público entre el activismo feminista y los grupos conservadores en Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay, abordó las características de esa conversación en todos los ámbitos, con especial énfasis en Twitter. Las autoras analizaron cuentas de esa red social en los cuatro países para detectar acciones estigmatizantes y discriminatorias que silencian voces y empobrecen la discusión pública sobe la agenda de género y encontraron que donde más aumentó la violencia antigénero es en la Argentina y, también, donde menos debate hubo entre quienes promueven la igualdad de género y quienes están en contra.

 

El estudio de Comunicar Igualdad da cuenta de que el 100% de las referentes feministas entrevistadas recibió violencia en las redes sociales y casi la mitad fue objeto de campañas coordinadas en su contra, en Twitter. El 46% recibió mensajes intimidatorios personales, el 33% sufrió actos de violencia en la vía pública y el 4,2%, en su domicilio. Como método para proteger su salud mental de las agresiones sin abandonar la red, entre el 30% y el 60% de las personas entrevistadas dejó de leer las notificaciones en sus cuentas.

 

El fenómeno, ya se dijo, no es nacional: el ejemplo argentino de la legisladora del Frente de Todos Ofelia Fernández es similar al de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, quien se retiró indefinidamente de Twitter el 11 de abril. En su último posteo, la primera mujer en ocupar la alcaldía de la ciudad catalana sostenía que la red había dejado de ser un espacio “de “diálogo y debate”. Twitter “sobrerepresenta las polémicas y los discursos de odio, te acaba casi convenciendo de que la humanidad es mala, desconfiada, egoísta”, decía el comunicado en el que anunció que dejaría de escribir allí y concluía: “Sin dramas ni victimismo, como una decisión muy racional. Para que el amor gane al odio, arrivederci Twitter”.

 

La violencia contra las mujeres en las redes sociales fue también motivo de preocupación en el Foro Generación Igualdad, realizado hace semanas en París, del que participó como invitado especial el gobierno argentino. Allí, Facebook, Google, TikTok y Twitter anunciaron un paquete de medidas para abordar el hostigamiento y abuso online, con el objetivo de mejorar la seguridad de las mujeres en sus plataformas.

 

Mientras las grandes empresas ponen en marcha sus nuevos algoritmos, la inquietante pregunta acerca de dónde están las feministas persiste. No es una demanda genuina, se sabe. Si así fuera, las respuestas están a un clic: en las últimas 24 horas, reclamaron la despenalización total del aborto en México y Colombia, denunciaron las persecuciones a las afganas, exigieron el fin de la violencia machista contra las turcas y litigaron contra quienes intentan obstaculizar el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo en la Argentina, por mencionar sólo algunas acciones.

 

La provocación permanente sobre la ausencia/presencia de las activistas muestra, justamente, que los feminismos son mucho más que una piedra en el zapato de los conservadores.