12|10|2021

07 de febrero de 2021

07 de febrero de 2021

El dueño sin jefe del segundo botín electoral del país orejea el escenario. Las condiciones para un acuerdo con el kirchnerismo. El efecto mariposa.

El aislamiento del gobernador Juan Schiaretti durante 2020 fue prácticamente absoluto. Por su salud, se mantuvo alejado de la vida pública, esquivó todos los actos posibles y se movió en el encierro de la residencia oficial de la gobernación y su casa en el exclusivo country Altos del Chateau. Desde allí, rodeado de un círculo muy pequeño de su más entera confianza, condujo la gestión pero, también, jugó el tablero de la política; un tablero que, por primera vez en muchos años, muestra la posibilidad de ir a una elección con el peronismo de Córdoba unido.

 

La llegada de Alberto Fernández a la Casa Rosada llevó a Schiaretti a jugar un juego que juega bien: el de las escondidas. Alcanza con una búsqueda de Google para verificar que de la boca del “Gringo” prácticamente no hubo palabras dedicadas al Presidente ni al gobierno nacional. Ni buenas ni malas, no habla. Distinto es el vínculo desde la gestión. El puente con el Ministerio del Interior es sólido y en Córdoba destacan que los recursos llegan en forma constante y sonante.

 

Con la delicadeza de un relojero, Schiaretti sabe que, con leves movimientos y hasta con pocas piezas, las jugadas que se hacen desde Córdoba pueden ser determinantes para el partido grande de la política nacional. Heredero del afán por el muñequeo que supo tener José Manuel de la Sota, el Gringo es un administrador milimétrico del efecto mariposa que se produce desde su provincia.

 

Entre las gestualidades y los hechos, el cordobesismo de Schiaretti serpenteó en el teatro de la política a su propio ritmo. Obviando a los cuatro de Juntos por el Cambio (JxC), fue el gobernador de Córdoba el único que se negó a firmar el documento avalando que la Nación recupere el 2,1% de coparticipación que su amigo Mauricio Macri le entregó a la Ciudad de Buenos Aires para que financiara su policía. Pero, así como se bajó de esa muestra pública, ordenó a su bloque de la Cámara de Diputados acompañar esa ley, un apoyo que cayó en el entorno del expresidente como un baldazo de agua helada. Lo mismo hizo la tropa cordobesista en el Congreso con el aporte extraordinario de las grandes fortunas. La estrategia es evidente: Córdoba es para el Frente de Todos un aliado potente y clave, al que no se le van a exigir gestualidades extra ni mucho espamento.

 

Si bien se mantuvo aislado de la vida pública y bastante también de la vida política, Schiaretti mantuvo su contacto con la realidad a través de su grupo de cercanía más estrecha. Lo integran la diputada nacional y esposa, Alejandra Vigo; el también diputado Carlos Gutiérrez, los ministros de Gobierno, Carlos Massei, y de Educación, Ricardo Sosa, y el vicegobernador Manuel Calvo. Esta corte fue sus brazos y su voz hacia afuera de su encierro.

 

Wado de Pedro, la terminal de Schiaretti en su puente con la Rosada.

La unidad inédita

Dos de estos cortesanos de Schiaretti, Gutiérrez y Massei, se sentaron el año pasado a una mesa de diálogo con el kirchnerismo cordobés, liderado por la diputada y referente de La Cámpora Gabriela Estévez. Fue en marzo, justo antes del inicio del aislamiento por la pandemia de coronavirus, y por primera vez en años se puso en discusión la posibilidad de reunificar al PJ de Córdoba. La idea fue de a poco desinflándose por las urgencias que planteó la circulación del virus, pero los contactos siguieron, permanentes, hasta el día de hoy.

 

Lo más parecido a un acuerdo entre los dos peronismos de Córdoba fue en 2011, cuando el “Gallego” De la Sota le bajó la lista de aspirantes a la Cámara de Diputados de la nación como un gesto a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien iba por su reelección. La hoy vicepresidenta produjo un hecho inédito y, en las elecciones en las que sacó el 54% a nivel nacional, también ganó Córdoba, hoy epicentro de la resistencia macrista, junto con la Ciudad de Buenos Aires. Cosas de la vida, esa lista que bajó el exgobernador de Córdoba estaba encabezada por Carlos Caserio, hoy senador y hombre fuerte del Frente de Todos en la Cámara alta.

 

Schiaretti orejea sus cartas y, en simultáneo, levanta la mirada y la enfoca en el rostro de sus contrincantes. Ahí ve un riesgo: JxC está al encuentro de un buen candidato para transformarse en una amenaza real al monopolio del poder que vienen ejerciendo, alternadamente con De la Sota, desde 1999. El cálculo es simple: si el macri-radicalismo cordobés logra poner fin a las diferencias que, por caso, lo llevó en 2019 a ir insólitamente con dos candidatos a gobernador y se hace de una cara que refresque el espacio, corre riesgo la hegemonía peronista. Ahí es donde el Gringo, entiende, se verá obligado a un acuerdo con las filas K.

 

Hay un puente entre el cordobesismo de Schiaretti y el kirchnerismo provincial y se llama Natalia De la Sota. Antes de su muerte, el Gallego pugnaba por un acercamiento generacional que pusiera fin a la división del peronismo y veía en su hija y Estévez la foto de esa unidad. Las dos jóvenes dirigentes mantienen una estrecha relación, aunque De la Sota se haya distanciado un poco, tal vez influenciada por una estrategia del comando schiaretista. Otra vez, el efecto mariposa.

 

Las especulaciones son muchas. En los cálculos de Schiaretti, ni siquiera la unidad plena del peronismo le garantizaría una victoria si del otro lado JxC también llegase unido y competitivo. En esos mismos cálculos también entra la chance de tirar mucha carne al asador, lo que en términos electorales podría ser llenar la lista de ministros y dirigentes de mucho renombre y peso en la provincia; una especie de all in para sostener en pie al cordobesismo. Si el acuerdo con el kirchnerismo se cerrase, se les podría ofrecer a esas filas el tercer o el cuarto lugar en la lista. A esta posibilidad hay que sumar, claro, el nombre de Natalia de la Sota, ¿la candidata de la unidad?

 

Todo está en veremos y, sobre todo, depende de la jugada del rival. Será por eso que, dicen en Córdoba, rechazó una oferta de Horacio Rodríguez Larreta para ser su compañero de fórmula en 2023. Para el Gringo, no solo la ajetreada tarea del Senado en Buenos Aires le parece incompatible con su ritmo de vida sino que, además, casi significaría renunciar a Córdoba y dejarla a merced del zarpazo macrista. Esta propuesta, igualmente, el larretismo la niega. La pelota, en la cancha que Schiaretti dibuja en su cabeza, la tiene el rival, que hoy juega con la camiseta de Juntos por el Cambio. Mañana, quién sabe.