28|4|2022

"La UCR tiene que ser un partido de poder, pero sabiendo para qué"

ENTREVISTAS

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18 de diciembre de 2021

18 de diciembre de 2021

El dirigente une las dos puntas de dos décadas de frustraciones. Del fracaso de la Alianza -pasando por el de Cambiemos- a la ¿resurrección? boinablanca.

Fue uno de los fundadores de la Alianza UCR-Frepaso y ocupó el cargo de ministro del Interior del gobierno de Fernando de la Rúa. Apenas unos días después de asumir, la Gendarmería nacional desató una represión que terminó con la muerte de dos manifestantes en Corrientes. Federico Storani siguió en su cargo y lo hizo incluso después de la renuncia de Chacho Álvarez a la vicepresidencia, pero dijo basta cuando Ricardo López Murphy se lanzó a ejecutar un ajuste sobre la educación y los sectores medios. A dos décadas de diciembre de 2001, Storani repasa los elementos que llevaron al gobierno de coalición al fracaso, habla de la resurrección radical y toma distancia de la interna entre Martin Lousteau y Gerardo Morales. Además, coincide con parte de los dichos de Cristina Fernández sobre la responsabilidad del Fondo Monetario durante los gobiernos radicales. “A Macri le dieron un crédito increíblemente amplio, se ve que el Fondo tiene una orientación política muy clara”, dice.

 

-A 20 años de la caída de De la Rúa, el gobierno de la Alianza es recordado como un experimento efímero pero también como una gran frustración social. ¿Cómo lo mira hoy usted?

 

-Sin duda, fue una gran frustración para la sociedad argentina porque la Alianza se había gestado con bastante anticipación y tenía una instancia de propuesta que era el Instituto Programático de la Alianza, el IPA, que lamentablemente, cuando De la Rúa llega al poder, no lo pone en marcha, sino que se recuesta sobre algunos sectores que daban cierta continuidad política que nosotros rechazamos, caso (Fernando) De Santibáñes en la Secretaría de Inteligencia y el recordado Grupo Sushi. El antecedente más importante de la Alianza fue aquella reunión de “El molino”, que se hizo tres años antes, donde estábamos Chacho Álvarez, yo, (José Octavio) Bordón, (Graciela) Fernández Meijide y Rodolfo Terragno. Esa línea histórica pudo haber servido para construir un frente mucho más amplio, progresista y con una gran transformación en la Argentina, pero fue la frustración más grande desde el punto de vista político.

 

-Dice que De la Rúa no gobernó con el partido, sino más con un grupo de gente afín.

 

-No tuvo en cuenta los trabajos de esos institutos programáticos. La Alianza estuvo coordinada por el propio Alfonsín personalmente para dotar de contenido a una propuesta de cambio que se había hecho. Finalmente, lo que había que cambiar desde el punto de vista estructural, que era la posibilidad de salida de la Convertibilidad, se fue postergando hasta que la Convertibilidad se convirtió en un corset que impedía respirar. Después que sale De la Rúa del gobierno, con (Jorge) Remes Lenicov, aun antes que (Roberto) Lavagna, se salió de la Convertibilidad y, con condiciones políticas diferentes, la Argentina pudo tener un proceso de recuperación.

 

-Muchos piensan que Eduardo Duhalde perdió aquellas elecciones justamente porque proponía una salida de la Convertibilidad y la sociedad seguía aferrada a ese modelo, pese a los costos que ya generaba en ese momento.

 

-Eso es muy cierto y muy importante. La mayoría planteaba mantenerse dentro de la Convertibilidad y las encuestas así lo indicaban. El votante de la Alianza, sobre todo el de clase media, estaba muy aferrado al uno a uno y a la Convertibilidad como instrumento para combatir la inflación, pero el crecimiento y el desarrollo sostenido solamente podían existir con crédito externo, era casi como crónica de una muerte anunciada. En algún momento había que salir. Con el poder político con el cual nosotros llegamos, debió haberse planteado un camino alternativo. Fue algo que hasta llegó a ser discutido en la Quinta de Olivos en varias oportunidades, con el rechazo de la mayoría.

 

-De la Rúa lo convocó López Murphy, que intenta una fuerte reducción fuerte del déficit fiscal y no dura nada, pero después vuelve Cavallo, convocado no solo por la Rúa, sino por Chacho Álvarez, que se había ido ya del Gobierno. La imposibilidad de pensar una alternativa también incluía al Frepaso.

 

-Es cierto. Cuando fue nombrado López Murphy, yo anuncié públicamente que si venía un ajuste que afectaba a sectores de la educación en los cuales nosotros teníamos una fuerte inserción y militancia, eso iba a ser incompatible con la continuidad del Gobierno. Lo hablé con De la Rúa. Con la posición de López Murphy estaba también Patricia Bullrich; Chrystian Colombo, que era el jefe de Gabinete, hacia de mediador. De la Rúa me contestó que, si yo conseguía la voluntad de la mayoría de los legisladores y de los gobernadores, él podía rever la posición. Lo hice. Hubo una reunión en Olivos donde el 99% de los diputados y senadores me acompañó. Sin embargo, De la Rúa decidió seguir adelante. Al otro día, presenté mi renuncia. La llegada de Cavallo fue un delirio. Cavallo era un megalómano. Todos los días decía que el Producto Bruto Interno iba a crecer más y estaba metiéndonos en una situación que tenía como plan el famoso tema del Megacanje, que iba a generar un nivel de condicionamiento muchísimo mayor. De hecho, se había convertido en un presidente de facto. 

 

-¿Cuál fue el rol de Chacho Álvarez en ese momento? 

 

-Fue una incoherencia increible. Supuestamente se había ido por actos de corrupción del Gobierno cuando denuncia el famoso tema del Senado, pero después quiere volver como jefe de Gabinete de De la Rúa y con Cavallo. Chacho Álvarez debilitó extraordinariamente al Gobierno y después quiso volver al mismo gobierno que cuestionaba moralmente de la mano de Cavallo. Eso fue algo que uno no podrá explicar nunca.

 

-¿Qué quiere decir que Cavallo, López Murphy y otros economistas que expresan las ideas de esa época vuelvan hoy, a 20 años del estallido de la Convertibilidad?

 

-Es un enorme retroceso, porque son todos planteos anacrónicos. Ni siquiera son tenidos en cuenta en los países que en su momento inventaron todo este proceso de la llamada revolución conservadora con (Ronald) Reagan, (Margaret) Thatcher y el denominado Consenso de Washington y el decálogo de políticas que planteaban para todo el mundo. Me parece un anacronismo argentino increíble. Lo mismo que algunas expresiones como (Javier) Milei y compañía, que plantean eso y algo más todavía. Son expresiones extremadamente reaccionarias que están divorciados de la realidad. Si alguna virtud tuvo la pandemia fue llevárselo puesto a (Donald) Trump y seguramente también a (Jair) Bolsonaro.

 

«El fracaso de Macri fue muy evidente. No solamente no tuvo el mejor equipo de los últimos 50 años, tampoco fue fácil resolver la inflación, como él decía, ni terminó con pobreza cero.»

-¿Coincide con la vicepresidenta en que el Fondo jugó en contra del radicalismo en dos ocasiones?

 

-Claramente, con respecto al gobierno de Alfonsín, jugó en contra. En el del gobierno de De la Rúa, la propuesta de Cavallo era extremadamente ambiciosa y audaz de creer que eso podía tener un acompañamiento en la condiciones en que estaba. Cavallo utiliza a veces ese argumento, me parece un tanto naif. Ahora, si uno mira la generosidad entre comillas, cuando otorga un crédito increíblemente amplio como el que le dieron al gobierno de Macri, se ve que el Fondo tiene una orientación política muy clara. Lo que me pareció muy inocente por parte de la vicepresidenta fue pedir que el Fondo nos ayude a que recuperar los dineros que han fugado del país en los paraísos fiscales como gran solución. Está bien para la tribuna, pero parece casi imposible. 

 

-La caída de De la Rúa coincidió con un descrédito generalizado de la clase política generalizado. Dos décadas más tarde, ¿piensa que había elementos fundados para ese rechazo o que hubo actores que se confabularon contra el Gobierno?

 

-Siempre ha habido intereses concentrados que tienen como objetivo y como norte prácticamente de su militancia e incluyo en eso a los medios de comunicación, restar todo tipo de legitimidad a la política. La razón de ser de la política es mediar con esos intereses corporativos, pero sin dejar que te pasen por arriba, pero el desprestigio es un fenómeno bastante universal. Si tomamos las expresiones de Milei, son textuales de las expresiones de VOX en España y con una repercusión mediática desproporcionada por la fuerza que representan. Ahora, también la política se deslegitima por malas gestiones y falta de conductas ejemplares. Insisto con aquel planteo de Alfonsín, es posible mantener diferencias, pero encontrar denominadores comunes que se conviertan en política de Estado frente a una crisis, es amplia, profunda, prolongada en el tiempo. Para eso, se requiere  ampliar la base de sustentación política. 

 

-¿Cómo hizo el radicalismo para sobrevivir a esa segunda frustración, después de la ruptura con los sectores medios? 

 

-Hay una cuestión extremadamente gregaria. El radicalismo es un partido muy territorial y, por ser el más antiguo de la Argentina, con muchos ritos, costumbres y la muy tenaz militancia de algunos, entre los cuales me cuento, de mantener viva la llama de aquello que nos dio identidad, que no son las cosas que expresó el gobierno de Macri. El acuerdo aquel fue importante para generar el equilibrio y el control del poder y garantizar la alternancia, pero nunca hubo un gobierno de coalición. Ahora lo que está faltando, más que ir a la disputa por espacios de poder, es profundizar el debate. ¿Con qué contenidos queremos llegar al poder? 

 

-¿El radicalismo no pudo haber hecho otra cosa durante los años de Macri?

 

-No, en este momento era difícil. Si uno cruza el Río de La Plata, el Frente Amplio es un gobierno de coalición donde se participa de las decisiones del partido. Si uno cruza la Cordillera de los Andes, la Concertación chilena, que con el plebiscito derrotó a (Augusto) Pinochet, en la primera instancia pactó la alternancia en el ejercicio del poder. Acá no hubo voluntad política.

 

Para qué el poder

-¿La renovación de la dirigencia radical que se expresó en las elecciones tiene que ver con una maduración social 20 años después o con el fracaso económico de Macri?

 

-Los factores siempre son concurrentes, no hay uno solo. Por supuesto que el fracaso de Macri fue muy evidente. No solamente no tuvo el mejor equipo de los últimos 50 años, tampoco fue fácil resolver la inflación, como él decía, ni terminó con pobreza cero. Por lo tanto, existe el reflejo de recuperación del radicalismo, de su material histórico, una mayor sensibilidad social o un apego territorial que demanda esa sensibilidad social, una defensa mayor de lo nacional.

 

-¿Cómo ve la ruptura de Martín Lousteau, Emiliano Yacobitti y Rodrigo De Loredo con Mario Negri y Gerardo Morales? ¿Hay distintas estrategias o solo hay una disputa apresurada por los cargos?

 

-Yo no le tengo miedo a ninguna disputa. Las mejores convenciones son las que tuvieron esos chisporroteos, cuando se trata de discutir contenidos. Mi pregunta es: ¿dónde están las propuestas de los sectores en pugna? En ningún lado. Lo que hay es simplemente la disputa de espacios de poder y esa no pasa por quién es más o menos joven. Por un lado están las alianzas de cara a 2023 que miran por el ojo de la cerradura de la Capital Federal y del otro lado, un aferrarse a espacios de poder que no respeta tampoco el voto popular, caso Negri, que perdió en su propia provincia varias veces. Es un microclima que no acepta lo que está pasando en la sociedad. Tampoco se puede hacer el puro Morales, porque se junta con Bullrich y hasta hablan de que pueden compartir una fórmula. Hace falta el ámbito de debate que el radicalismo puede y debe tener. 

 

«Yo no le tengo miedo a ninguna disputa. Las mejores convenciones son las que tuvieron esos chisporroteos, cuando se trata de discutir contenidos. Mi pregunta es: ¿dónde están las propuestas de los sectores en pugna?»

-Se lo menciona muchas veces al Coti Nosiglia como una rara avis que defiende la necesidad de que el radicalismo sea un partido de poder. ¿Comparte ese criterio o piensa que el radicalismo tiene que seguir con un perfil más ligada a las consignas de los medios de la oposición?

 

-El radicalismo debe ser un partido del poder. Ahora, la política tiene dos fases. Esto es así la fase agonal, que es la lucha por el poder, y la arquitectónica. Yo le pongo en este momento énfasis a la arquitectónica, que es la construcción de un proyecto, primero sabiendo para qué. Hay algunos voceros que patrullan los medios que les marcan la agenda y hacen todo lo que sea necesario para seguir teniendo perdurabilidad en los medios. Yo me enojé mucho con el bloque cuando no condenó de manera tajante el golpe militar en Bolivia, porque eso rompe las tradiciones que van desde (Hipólito) Irigoyen hasta Alfonsín. Buscaban cualquier eufemismo para no decirlo, porque los medios batallaban para que se considerara que estaba bien que derrocaran a Evo Morales. Eso no puede ser.

 

-Ni Morales ni Lousteau tienen un discurso similar al suyo. ¿Con quién se identifica usted? 

 

-En este momento no me representa ninguno de los dos sectores, a pesar de que inicialmente le jugué unas cuantas fichas a Lousteau porque entendía que tenía una propuesta más socialdemócrata en muchos aspectos. Hoy por hoy, están muy tomados por la Capital Federal, se han puesto como objetivo ver si se quedan con el botín, cosa que hasta me parece ingenuo porque no creo que (Horacio Rodríguez) Larreta se los vaya a dejar. 

 

-¿Y cómo juzga la aparición de Manes? 

 

-La veo positiva. Es un desconocido todavía, pero tiene la oportunidad de estar en el Congreso. Tendrá que tener un planteo más amplio que exceda a la revolución del conocimiento. Sí le rescato una cuestión positiva: no toma el recurso fácil de caer en la grieta y hacer puro anti. El resto está por verse.