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Nadie nos advirtió en el brindis del 31 de diciembre que venía esto. Ningún familiar, cuando levantamos las copas, sugirió que en el año entrante podría llegar una pandemia de coronavirus que atacaría todos los rincones del mundo y que cuestionaría los estándares internacionalmente establecidos en materia de relaciones sociales, económicas, y sanitarias, por nombrar algunas. Ni siquiera lo terminábamos de entender claramente el 1 de marzo, cuando el Presidente comunicaba su hoja de ruta para nuestro país en los próximos años. Si, no obstante, en sendos momentos todos podíamos advertir que la nueva década que comenzaba venía con grandes desafíos en materia financiera en nuestro país y con una economía que, según los diversos pronósticos, de mínima estaría estancada este año.
Y así comenzó efectivamente nuestro 2020. Tras el cambio de administración del Estado, se sucedieron algunas medidas que procuraron sentar las bases de un cambio de paradigma y un nuevo foco en la relación entre el Estado y la sociedad. Pero rápidamente la pirámide de Maslow nacional reflejó una primera necesidad que condicionaría el resto de las decisiones políticas: el proceso de reestructuración de la deuda. Así, el nuevo equipo de gobierno tenía, en términos futbolísticos, que “atajar un penal” económico, para luego hilar una serie de políticas que permitan estructurar su flamante gestión. El verano nos tuvo así, con esa sensación generalizada de que primero teníamos que detener ese tiro desde los doce pasos, y luego salir de contraataque. Cuando el arquero y ministro Martín Guzmán se percató de que el referí había dado el pitazo, y se predisponía a volar hacia un palo e intentar contener el remate, nos corrieron el arco. O, mejor dicho, exógenamente agregaron uno nuevo, más grande y urgente. Y acá estamos ahora, con la jugada económica recién reanudándose, aguantando en el arca de Noé que se detenga el diluvio llamado “Covid-19” para recuperar algo de nuestras rutinas habituales.
Pasemos a observar cómo se comportó la política en ese tiempo. Como ya hemos leído en diversas crónicas y se ha debatido en la opinión pública en estos días, el Presidente se transformó en el “Capitán Beto” y construyó un hito fundacional de su gobierno con este suceso. Se multiplicaron los memes así como las valoraciones positivas de su actitud frente a la pandemia. En este contexto, y escuchándolo casi diariamente en los medios de comunicación, nos sumergimos en esta cuarentena como nuevo dilema de acción colectiva que debíamos resolver entre todos.
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Como suele suceder en este tipo de dificultades, surgieron free-riders u oportunistas que intentaron valerse de la situación. De todas las índoles: desde el que intentó escaparse para tomar aire hasta el que especuló económicamente o incluso políticamente con las expectativas sociales. Pero en términos generales, y con aciertos y errores de todos, acatamos responsablemente la medida, aunque con el correr de los días observamos que llegamos al pico de nuestros rendimientos en esta cuarentena y se está tornando más compleja nuestra convivencia. Las dificultades, principalmente -pero no exclusivamente- económicas, hacen mella y atentan contra el compromiso asumido por la comunidad.
Vale la pena resaltar dos efectos político-institucionales que produjo el virus. El primero tiene que ver con que se percibe cierto acuerdo respecto a lo imperioso de tener un Estado presente y que nos proteja. Con sus médicos y fuerzas de seguridad. Pero también con ANSES, Banco Central y AFIP. Es falso que los argentinos, mayoritariamente, no teníamos una noción de la relevancia del Estado (recordemos, por ejemplo, las apelaciones del debate presidencial de 2015, en el que los principales candidatos sostenían la continuidad de políticas públicas respaldadas por la sociedad, pero no tanto por ellos mismos).
Pero si se profundizó y se sumaron consensos en ese debate. La cuenta pendiente que desnudó la pandemia y que debemos tomar cuando todo esto pase es sobre las capacidades estatales. Es decir, las herramientas que tiene el Estado para procesar una decisión política y transformarla concretamente en la realidad de una familia que vive en el interior del país y aguarda cumpliendo la cuarentena, por ejemplo. Tratar de dotar a ese Estado, tan necesario, de un andamiaje, integral y robusto, que permita que las medidas “vayan y vengan” lo más rápido y mejor posible desde los funcionarios políticos a la ciudadanía. Y así evitar “errores no forzados” en colas de bancos y en procedimientos en ministerios, por ejemplo. Para que esto suceda es necesario que allí (y posiblemente no en otro lado, por la escasez que nos apremia) se inyecten recursos, claro.
El segundo efecto refleja para esta situación particular lo que Baglini nos había mencionado en su teorema. "La responsabilidad de las posiciones políticas es inversamente proporcional a la distancia que te separa del poder". Como mencionaron los propios actores políticos, como Alberto Fernández en una entrevista con Jorge Fontevecchia o Jorge Macri en el célebre Animales Sueltos, la responsabilidad institucional te sitúa en un escenario de prudencia.
Como consecuencia, entonces, el clivaje hoy parece estar vinculado a si gestionás o no. Ahí parece configurarse la nueva grieta del microclima que formó el coronavirus. No pensamos lo mismo, pero, a diferencia de los otros, tenemos las mismas responsabilidades. En definitiva, las mayores críticas a cualquier decisión que se esté tomando provienen de los actores que más se alejan de la órbita de la gestión. El desafío es para ambos lados de la nueva grieta que separa el decir y el hacer. (1) Por gestionar no hay que dejar de palpar el clima social y lo que se discute en la arena pública y (2) por no gestionar no hay que desligarse de la responsabilidad institucional que otorga la notoriedad pública.
Para cerrar esta recopilación de ideas vale la pena retomar lo que se mencionó párrafos atrás. Si en líneas generales venimos bien, hay que seguir adelantándose algunos pasos más a la jugada y reflexionar sobre cómo salir del problema de acción colectiva que nos planteó este bichito. No porque ya hayamos superado el enorme obstáculo ni porque debamos salir, desoyendo a infectólogos. Sino porque, naturalmente, la realidad lo pone en agenda tras más de un mes de cuarentena – que según indican los especialistas vino para quedarse y seguirá administrada-. En paralelo, observamos nuevos episodios de “la obra que se continúa escribiendo mientras estamos en el escenario”, como dijo Alberto. El ministro Guzmán (en nombre de todo el equipo económico) finalmente tendrá la posibilidad de atajar su penal. También se discutirá sobre un impuesto extraordinario que sostenga el esfuerzo imprevisto que realiza el Estado. Y mientras eso sucede, se pondrá a prueba la capacidad de la sociedad toda de reincorporarse a una vida lo más cotidiana posible en la excepcionalidad. Veremos cómo termina nuestro partido.

