27|1|2021

La era de Yellen, el Tesoro de Biden: ¿será más cálido el nuevo viento norte?

24 de noviembre de 2020

24 de noviembre de 2020

El esperado nombramiento de la exjefa de la Fed tendría importantes efectos para la Argentina. Tasas y soja. Pandemia y empleo, prioridades de una pragmática.

A regañadientes y presionado por un establishment empresarial y financiero que ya no tolera juegos políticos capaces de complicar más la economía, Donald Trump dio este lunes luz verde al inicio de la transición en Estados Unidos. Mientras, ajeno a las cavilaciones del presidente saliente y a recursos legales que, pese a aquello, se mantienen, quien asumirá el 20 de enero, Joseph Biden, avanza en el diseño de su gabinete. Dentro de este, sobresale un secreto a voces que solo falta oficializar: Janet Yellen como secretaria del Tesoro (ministra de Economía). Mujer pionera en las más altas esferas del poder económico mundial, cuenta con un bagaje intelectual y profesional que permite anticipar el mundo que viene y su impacto en nuestro país.

 

 

 

Nacida en una familia judía de Brooklyn hace 74 años y esposa del premio Nobel de Economía George Akerlof, Yellen ya hizo historia el 1 de febrero de 2014 cuando se convirtió, por iniciativa de Barack Obama, en la primera mujer en hacerse cargo de la Reserva Federal, el poderoso banco central de los Estados Unidos. Ahora, volverá a hacerla en el Tesoro.

 

 

Barack Obama y Janet Yellen. (Fuente: AP Images).

 

 

 

Trajinó por muchos años despachos oficiales, escalando posiciones dentro del Sistema de la Reserva Federal y, más tarde, como asesora jefa de Bill Clinton de 1997 a 1999, entre otras posiciones que han incluido la academia. Formada en dos universidades de la prestigiosa Ivy League (Brown, donde recibió su título de grado, y Yale, donde cursó su posgrado), es considerada una keynesiana pragmática, lo que hace que, tal como le ocurrió hace seis años, su confirmación en el Senado por parte de demócratas y republicanos por igual sea considerada un simple trámite.

 

Wall Street dio muestras de satisfacción tras conocerse la versión de su nombramiento: una política productivista que saque definitivamente a Estados Unidos de la postración causada por la pandemia implicaría mayores ganancias para las empresas y un mercado bursátil en alza. Su conocida posición a favor de un impuesto a las emisiones de sustancias contaminantes podría, sin embargo, provocarle pronto un choque con sectores poderosos de la “vieja economía”.

 

 

Con la guía de Yellen, sería más fácil que demócratas y republicanos superen el impasse de los últimos meses sobre un nuevo paquete de estímulo fiscal.

 

 

Uno de los focos principales de Yellen es el mercado de trabajo. Nada más oportuno en un momento en el que el desempleo, si bien bajó desde sus máximos de abril, sigue muy alto, en 6,9%, casi el doble del piso de 3,6% que había tocado en febrero, antes de que comenzara el tormento del nuevo coronavirus.

 

Con su guía, se espera, será más fácil que demócratas y republicanos superen el impasse de los últimos meses de campaña sobre un nuevo paquete de estímulo fiscal. Los demócratas del Congreso han insistido en que este fuera masivo, tanto como el de 2,2 billones de dólares del aprobado en marzo –a los que se sumaron 500.000 millones en abril–, pero los republicanos, más sensibles a los problemas fiscales que eso podía generar en el futuro, pretendían que el nuevo solo fuera de solo medio billón.

 

Con una trayectoria a cuestas, a Yellen no hay que juzgarla por lo que dice, sino por lo que ha hecho. Como titular de la Fed, debió pilotear los coletazos finales de la Gran Recesión provocada por la crisis de las hipotecas de 2008; ahora, le tocará lidiar con los del Gran Confinamiento.

 

Dentro de la Junta de gobernadores de la Reserva Federal, la mujer advirtió entonces sobre la bomba que se estaba armando con las hipotecas subprime –o de dudosa cobrabilidad– antes de su estallido; no la escucharon. Ya en el sillón más importante de esa entidad, mantuvo en el tiempo la política de bajas tasas de interés para sostener la economía, al punto que estas llegaron a cero en diciembre de 2015.

 

Esa tendencia parecía asegurarle el beneplácito del productivista Trump, quien asumió el poder en enero de 2017. Sin embargo, apenas un año después, Yellen sufrió la rareza de ser una de las pocas titulares de la Fed no propuestas para un segundo mandato por haber sostenido, contra los deseos del presidente, que, pasada la recesión, el costo del dinero debía empezar a subir para evitar presiones inflacionarias y que las políticas contra el cambio climático no debían ser abandonadas.

 

Cabe esperar de la secretaria Yellen un impulso inicial a otra ronda de políticas fiscalmente expansivas.

Decidido a rodearse de obamistas, Biden recurre a Yellen para administrar la salida de otra recesión, una que persiste en medio de la segunda ola del covid-19 pero que parece cerca de culminar en virtud de la proliferación inminente de vacunas.

 

Así las cosas, cabe esperar de la secretaria Yellen un impulso inicial a otra ronda de políticas fiscalmente expansivas, suficientes para restablecer el crecimiento de la producción y el empleo. Eso, al hacer del dólar un activo más abundante, reduciría su precio –la tasa de interés– y la aversión al riesgo de los capitales financieros, que podrían volver al mundo emergente en busca de rendimientos más elevados. Asimismo, la perspectiva de una reactivación de la producción y el comercio globales debería elevar las cotizaciones de materias primas que cotizan en dólares como el petróleo, metales como el cobre y el litio –entre otros– y alimentos como la soja.

 

 

 

Acaso, encima con condiciones climáticas adversas en varios países productores, es factible que "el yuyito” siga cotizando en valores máximos en cuatro años hasta el inicio de la próxima campaña en la Argentina, que comenzará hacia fines de abril y de la que el Gobierno espera, con ansiedad, dólares para robustecer las reservas del Banco Central.

 

 

Fuente: Ámbito Financiero.

 

 

Por supuesto que el país podría beneficiarse de esa coyuntura, al menos si lograse poner mínimamente en caja una incertidumbre cambiaria rebelde. Al revés, las bajas tasas internacionales le resultarían de poca utilidad, dado que no es previsible que el mercado voluntario se le reabra tras la traumática y enésima crisis de deuda del período 2018-2020.

 

Pragmática al fin, ¿que haría Yellen si la retomada del crecimiento de la producción y el empleo en Estados Unidos se concretara, vacuna mediante, de modo veloz? Se supone que levantar rápidamente el pie del acelerador fiscal, retrayendo el gasto público para hacer lugar a la inversión privada, lo que debería revertir el ciclo descripto.

 

Así pensada, la ventana de oportunidad que el mundo le puede abrir a la Argentina acaso no sea demasiado grande. Ordenar la casa sería una tarea más urgente que nunca si no se quiere desperdiciar una nueva oportunidad.