La reunión de gabinete ampliado del 13 de diciembre, la última de 2018, fue para el Gobierno el arranque formal de la campaña electoral. Desde entonces, entienden todos en la Casa Rosada, la gestión en 2019 tendrá como único parámetro de validación el logro de la reelección de Mauricio Macri. En ese sentido, una encuesta reservada le acaba de dar al oficialismo motivos tanto para el optimismo como para la cautela.
El sondeo, que tiene la peculiaridad de haberse realizado entre los desencantados del macrismo, básicamente los que lo votaron en la segunda vuelta de 2015 y que desde entonces no hacen más que rumiar bronca por los desaciertos económicos, indicó que el 75% de ese universo se convertiría en reincidente si quien se planta enfrente del Presidente en octubre es Cristina Kirchner. Allí anida la clave del futuro.
Marcos Peña, jefe de Gabinete y jefe de campaña, ilustró ese resultado con una metáfora futbolera: si el equipo juega mal, los hinchas silban y hasta insultan, pero nunca cambian de camiseta. No se le escapa, sin embargo, que al menos una porción de los defraudados mal puede ser considerada hinchada propia y que la confianza en el triunfo podría desvanecerse si el contexto internacional, el mercado cambiario o una jugada inesperada de la oposición peronista patean en contra.
En el Gobierno no dudan de que el peronismo no se unificará, que Cristina será candidata y que ese es el escenario que más lo favorece. Sin embargo, cautos, no dejan de preguntarse qué hacer si eso no ocurre o si los fantasmas económicos reaparecen para complicar los planes.
Nadie piensa hoy seriamente en que Macri pueda declinar su candidatura, pero tampoco hay urgencia por descartar un enroque si la realidad lo muestra imperioso. La limitación es que el reemplazo no podría ser otro que María Eugenia Vidal, lo que dejaría vacío para Cambiemos un casillero clave del tablero: la provincia de Buenos Aires. Además, ¿qué clase de campaña haría esta, si el “plan A” se cae por los rigores del ajuste? ¿Podría prometer, acaso, algo diferente? No parece haber margen para esas fantasías.
Si el agua sube de más, menos improbable resulta otra idea, que, por el momento, no pasa de ese estadio: que Peña deje la Jefatura de Gabinete para abocarse de lleno a la campaña. En ese caso, sus espaldas quedarían bien cubiertas por su actual número dos, Andrés Ibarra, hombre de máxima confianza de Macri. Este año promete ser movido para el ex titular de Modernización: hacia el final del año puede caberle también la responsabilidad de unificar a todo el macrismo en Boca Juniors, el bastión en el que empezó toda esta aventura y que los errores de Daniel Angelici ponen en riesgo.
Quienes piensan en la posible carta de un Peña (formalmente) desligado de la gestión entienden que la estrategia electoral es el juego que mejor conoce. Y que si, como se espera, el mercado cambiario amaga, como suele ocurrir en los años electorales, en volver a tensionarse, un paso al costado podría tener un efecto analgésico sobre los operadores que no dejan de culparlo de la debacle de 2018 por su decisión de meter la mano en la política del Banco Central en el inolvidable 28-D del año precedente.
Todo está enfocado en el objetivo de la reelección, incluido el trago amargo de los tarifazos que anunció Javier Iguacel justo antes de su defenestración. No es casual que los mismos se vayan a concentrar de aquí a mayo, justo antes del comienzo de la campaña nacional, y que, después, quien maneje la sintonía fina entre las demandas del calendario electoral y las exigencias del FMI sea un hombre del propio Macri y de Peña, el ex vicejefe de Gabinete y flamante secretario de Energía, Gustavo Lopetegui. Si con Iguacel el resorte de la reducción de los subsidios, clave en el esfuerzo del ajuste, nunca se subordinó del todo a Nicolás Dujovne, con Lopetegui lo estará todavía en menor medida, más allá de los caprichos del organigrama.
Mientras, Peña y Guillermo Dietrich se preparan para bajarles a los gobernadores peronistas, a quienes harán desfilar en las próximas semanas por el despacho de Emilio Monzó, un mensaje claro: su necesidad política de ser críticos del Gobierno es comprendida, pero lo que se espera de ellos es que no jueguen en contra realmente a fondo. El desdoblamiento de los comicios en varios distritos, entienden, es funcional a esa estrategia.
Para que el recado les llegue del modo más eficaz, habrá una zanahoria y un palo.
La zanahoria será la promesa de que se liberarán los fondos necesarios para completar o realizar obras públicas en las provincias que, si bien no serán las soñadas, pueden resultar localmente relevantes en términos de votos.
El palo, acaso más convincente, es el argumento de que Cambiemos tiene por delante cuatro años más de gestión y que la memoria será implacable con los rebeldes.