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Felipe el Pacificador

Escribiendo sus memorias, Solá empezó a fantasear con el broche a su carrera: ser el presidente que cierre la grieta del PJ. Se basa en su experiencia, sus relaciones y en un rumor: el aval de CFK.
Por 22/07/2018 12:04

 

Un ejercicio de memoria fue abonando la idea de manera casi inconsciente. Un pedido editorial desembocó en un proceso de dos años de escritura, revisión de hechos, lectura en perspectiva, recopilación de datos, un repaso de la historia política. El libro fue tomando forma y, casi sobre el final del proceso, se acopló a una versión, un rumor, que surgió como una especie de globo de ensayo. A los 67 años, después de escribir su autobiografía, Felipe Solá, diputado, ex gobernador, ex vicegobernador, ex ministro, ex secretario de Estado, todavía miembro de un bloque liderado por Sergio Massa, se topó con una candidatura presidencial fogoneada por un sector del peronismo que le prende velas a la unidad para 2019 y, supuestamente, avalada por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, con quien hace diez años no se dirige la palabra. 

El bonaerense no dio muchos rodeos. Montado sobre su experiencia, seducido el clamor cercano, guiado por la ambición política, en marzo blanqueó sus intenciones por primera vez ante otro dirigente. El destinatario de la revelación fue Alberto Fernández. La conversación transcurrió en la casa del ex jefe de Gabinete, en Puerto Madero. Fernández, convertido nuevamente en uno de los dirigentes que más dialoga con la ex presidenta, se sorprendió pero aprobó el anuncio.

Un mes antes, los dos habían compartido con otros cinco referentes del peronismo el lanzamiento de un espacio que se puso como meta trabajar por la unidad para 2019. "El enemigo está afuera", coincidieron. El encuentro se había empezado a pergeñar en medio de un diciembre agitado, con la reforma previsional como disparadora. Aquel 8 de febrero, sobre el escenario de la Universidad Metropolitana (Umet) se ubicaron Solá, Fernández, los kirchneristas Agustín Rossi y Daniel Filmus, el diputado del Frente Renovador Daniel Arroyo, el líder del Movimiento Evita Fernando "Chino" Navarro y el presidente del PJ porteño, Víctor Santa María

 

El lanzamiento del "G7" peronista, el 8 de febrero.

El G7 peronista celebró algunos encuentros más pero se fue desinflando al calor del surgimiento de las candidaturas. Como Solá, pero desde adentro del kirchnerismo puro, Rossi también le puso proa desde allí a sus aspiraciones presidenciales. Arrancó antes que el bonaerense, y de manera sistemática, sus recorridas por diferentes ciudades del país y puso en palabras su intención, siempre supeditada a que no sea la propia Cristina quien decida ponerse el traje de candidata. 

Las figuras de Solá y Rossi se miran en cierta forma al espejo. Mientras el santafesino es el kirchnerista que nunca sacó los pies del plato del PJ de su provincia y mantiene diálogo aún con dirigentes peronistas que quieren dejar atrás a Cristina, Solá es el peronista exiliado que un sector del cristinismo mira con cierta simpatía, sobre todo a partir de su férrea oposición a Mauricio Macri, su defensa a Cristina en causas judiciales que considera "una locura", como aquella sobre la firma del memorándum con Irán. Eso, pese a que todavía forma parte del bloque massista que oficia desde hace más de dos años como dador de gobernabilidad. 

PULGAR ARRIBA. Fueron algunos interlocutores comunes -entre ellos el presidente del PJ Bonaerense, Gustavo Menéndez- quienes le llevaron a Solá la versión que empezó a girar hace un par de meses por distintos medios: que Cristina no veta –e incluso aprueba– una candidatura presidencial del bonaerense, que podría garantizar unidad al menos con un sector del peronismo. 

Desconfiado, Solá interrogó reiteradamente a sus interlocutores sobre el diálogo que mantuvieron con la ex presidenta al respecto: “¿Quién sacó el tema, ella o vos?”. La opción elegida fue siempre la última. Pero la certeza de que no hay veto sobre su figura existe. Así lo confirmaron a este portal dos personas de contacto frecuente con la ex presidenta, que aseguran que Cristina, además de tenerle respeto intelectual, ve en Solá un dirigente capaz de arrastrar al peronismo no kirchnerista y de seducir a los propios. En esa mirada coincide, por ejemplo, el ex jefe de Gabinete Jorge Capitanich, quien recibió a Solá, Fernández y Santa María en junio en Resistencia. Para entonces, Solá ya se había lanzado públicamente, en una entrevista con Radio 10

 

 

Con todo, las candidaturas se encienden mientras el Gobierno tropieza y Cristina sube en las encuestas. El peronismo federal, con Miguel Ángel Pichetto a la cabeza, asegura que la ex presidenta será candidata en 2019 y sacará de la cancha a todos sus no vetados. Mientras, deja hacer. 

Hace diez años que Solá y la ex presidenta no intercambian una palabra. La última vez que se vieron fue en 2013, cuando Cristina visitó General Rodríguez -partido donde vive Solá- para inaugurar una fábrica de tractores. Vecino ilustre de la zona, el diputado quiso presenciar el acto y concurrió junto a su esposa, María Helena Chaves. Para entonces, ya formaba parte del espacio del Frente Renovador, que Massa había armado tras su ruptura con el kirchnerismo. Cristina los saludó con un gesto desde lejos.

El ex gobernador y la ex presidenta se habían visto por primera vez en 1990 en Rio Gallegos, cuando Solá era secretario de Agricultura de Carlos Menem y Néstor Kirchner era intendente. “Te aviso que a mí me interesa la política”, fue la primera frase que le dedicó Cristina cuando se sumó a la reunión que mantenían su marido y el entonces funcionario nacional.

Los años siguientes mantuvieron relaciones formales y protocolares. Según el bonaerense, jamás hablaron solos en privado. Solá nunca formó parte del círculo de dirigentes que jugaba al fútbol con Kirchner los viernes en Olivos. Cristina solía sumarse a las charlas políticas que se generaban después del partido. El ex gobernador nunca tuvo acceso a ese círculo y solo pisó la residencia oficial una vez, la noche que Cristina le ganó a Hilda “Chiche” Duhalde el duelo de candidatas a senadoras nacionales, en 2005. 

Un año después, Solá empezó a diagramar la pelea jurídica que le podía permitir presentarse nuevamente como candidato a gobernador de la provincia, después de haber completado, en 2002, el mandato de Carlos Ruckauf –de quien había sido vice- , y de haber sido electo para el período 2003-2007. 

"Pero quién es la mancha venenosa? ¿Cristina o Macri? La alergia a Cristina los está dejando a muchos en una posición de no peronismo, de anti pueblo", sostiene el bonaerense. 

El bonaerense craneaba su estrategia cuando el obispo de Iguazú Joaquín Piña frenó en un referéndum el intento de reelección indefinida del misionero Carlos Rovira, el 30 de octubre de 2006. Kirchner entendió que el tiempo político de los mandatos continuos estaba agotado y decidió sepultar el intento de Solá. Algunos funcionarios nacionales lo deslizaron públicamente. El 6 de noviembre, el ex gobernador renunció públicamente a la reelección. “No quiero eternizarme”, dijo. 

En 2007, en simultáneo con la presidencial que consagró a Cristina como presidenta por primera vez, Solá encabezó la lista de diputados nacionales del Frente para la Victoria por la provincia de Buenos Aires. Su lista obtuvo el 46,02 por ciento de los votos. En la misma boleta, en el octavo lugar, figuraba su ahora jefa de bloque, Graciela Camaño

Pese a haber sido el diputado más votado, Solá no fue propuesto por el kirchnerismo como presidente de la Cámara baja. La decisión sorprendió al bonaerense que consideraba que, aún sin agitar la bandera del kirchnerismo de manera devocional, había respaldado desde su gestión al gobierno de Néstor Kirchner y había apoyado sus decisiones medulares. El lugar quedó para el jujeño Eduardo Fellner, en lo que determinó una herida en la relación entre Solá y el Gobierno kirchnerista. “Supongo que soy difícil de conducir. Y más, a patadas en el culo", concede el bonaerense como justificación. 

El quiebre definitivo se produjo pocos meses después, cuando el ex gobernador rompió con el bloque del Frente para la Victoria y votó en contra del proyecto que consagraba la Resolución 125. Producto de ese desacuerdo, Solá propició el surgimiento del peronismo federal, junto a otros dirigentes que quedaron del otro lado del kirchnerismo en la guerra gaucha, como los hermanos Rodríguez Saá, y los ex gobernadores Jorge Busti, Jorge Obeid, Carlos Reutemann y Juan Carlos Romero, entro otros. En 2009, Solá resolvió renunciar a su banca para buscar revalidarla en otro frente político. 

 

Macri, De Narváez y Solá: la triple alianza que le ganó a Kirchner en 2009.

 

LA TRIPLE ALIANZA. Esa decisión -singular para una política signada por pases- determinó otra que Solá anota en su lista de errores: el armado de una alianza junto a Macri y Francisco de Narváez que tuvo como único objetivo derrotar al kirchnerismo. “Guiado por el peor de los consejeros, el ánimo de revancha”, concede a modo de autocrítica. La sociedad naufragó dos meses antes de la elección, el día de la inscripción de alianzas, cuando los dirigentes incluyeron en la Alianza Unión Pro a Unión Celeste y Blanco, de De Narváez, y al PRO, de Macri, y dejaron afuera a Mejor, el sello de Solá. El ex gobernador hizo campaña por las suyas y volvió a verse con sus entonces socios recién para festejar el triunfo sobre el escenario de Costa Salguero. 

En privado, el bonaerense asegura que la noche anterior a la victoria, cuando su madre le preguntó por teléfono quién quería que ganase la elección, no eligió a a De Narváez sino al ex presidente Kirchner. “Pero que sea por una milésima, para que se asusten”, dijo Solá, convencido de que el gobierno kirchnerista había equivocado el rumbo. 

Del triunfo de la lista encabezada por De Narváez, en 2009, surgió la formación del llamado Grupo A, la mayoría opositora que votó la ley del 82% móvil, en 2010, y dejó a Cristina sin Presupuesto para el año 2011. Para el Frente para la Victoria fue traición sin medias tintas. Un sector del cristinismo todavía se la factura y le desconfía. Aun así, algunas relaciones perduraron. “Con tiranteces”, sostuvo un vínculo con Rossi, a quien define como su amigo. Los dos apuestan por llegar a 2019 con un frente en el que confluyan distintas líneas del peronismo para ganarle a Cambiemos. Un competencia leal, dicen. 

"Nosotros tenemos la obligación de llenar las expectativas de unidad de la gente. El modelo de desarrollo que planteamos para la Argentina no es tan diferente, es el desarrollo del trabajo argentino, las pymes, la ciencia", repite Solá, que cree que los dirigentes de mayor experiencia entienden que la realidad macrista les impone "un deber". "Para los veteranos, lo que pasa en el país es una mochila de angustia cotidiana", dice. El ex gobernador piensa, en la misma línea, que su candidatura aporta al esclarecimiento de la necesidad de la unidad, aunque entiende que ese escenario es hoy poco probable.
En el círculo de confianza de Solá creen que ni el kirchnerismo ni el peronismo federal tienen intenciones reales de acercar posiciones. "¿Pero quién es la mancha venenosa? ¿Cristina o Macri? La alergia a Cristina los está dejando a muchos en una posición de no peronismo, de anti pueblo", sostiene el bonaerense. 

 

 

REBELDÍA MASSISTA. Esa disidencia respecto de la línea que hoy marca el liderazgo del que todavía es su espacio de pertenencia formal, el Frente Renovador, se suma a otras que se acumulan desde que asumió Macri. Ya en marzo de 2016, Solá evitó votar la ley que consagró el pago a los fondos buitre, como hizo casi la totalidad de su bloque, a excepción de Héctor Daer y Facundo Moyano. Desde entonces, tuvo que desmentir tensiones internas y rupturas una infinidad de veces. 

Como el kirchnerismo, el massismo también lo acusa de no dejarse conducir. El diálogo con Massa, un candidato casi puesto para 2019, está cortado. Con Camaño, a quien le profesa respeto y admiración, tiene diferencias de estrategia política. En la Presidencia de la Cámara, Emilio Monzó ya puso el reloj de la cuenta regresiva para el anuncio de la ruptura formal del bloque. Cree que es cuestión de pocos meses. Desde su sillón, el macrista mira cómo Solá y Moyano se van desplazando cada sesión un poco más hacia el sector kirchnerista -pese a que pegaron el faltazo en la sesión que convocó el Frente para la Victoria para pedir la revisión del acuerdo con el FMI- mientras el massismo y el peronismo federal van confluyendo en la lógica de acción. 

 

Felipe está distanciado de Massa y el macrismo ya especula con su salida del bloque renovador.

 

LA MESA DE FELIPE. En el proceso, Solá arma su estrategia, lee papers, estudia y va delineando una primera recorrida nacional en busca de apoyos. Dialoga con una mesa chica de la que forman parte Facundo Moyano y Daer, el intendente Menéndez, los dirigentes del Movimiento Evita Emilio Pérsico, Navarro y el diputado Leonardo Grosso, el rector de la Umet, Nicolás Trotta, y otros dirigentes a los que considera de confianza, como el intendente de San Martín, Gabriel Katopodis. En el círculo de contactos habituales también están el gremialista Omar Plaini, algunos compañeros de bloque, como José Ignacio de Mendiguren, Cecilia Moreau y Carlos Selva, Ginés González García, el clan Cafiero, Victoria Donda y amigos que miran la política desde afuera, como el ex camarista y ex ministro León Arslanian. Silvestre, tampoco arrastra leales históricos ni tiene dirigentes incondicionales que le respondan directamente, fruto de sus portazos y pases. 

Las consultas técnicas llegan a oídos del economista Arnaldo Bocco, la socióloga Ana Castellani y el ex secretario de Comunicación de Daniel Scioli, Juan Courel. Los detalles los sigue de cerca su esposa, María Helena Chaves. La guía espiritual y también política la ejerce desde Roma el papa Francisco, quien sin embargo no pudo evitar que Solá se desmarcara para votar a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazo esbozando razones de salud pública. 

Fuera de su territorio natural, la provincia de Buenos Aires, Solá tantea diálogo con algunos gobernadores. Con tantos anotados en la carrera, la empresa es compleja. En los próximos meses buscará hacer pie en Entre Ríos para ver a Gustavo Bordet y en San Juan, para reunirse con Sergio Uñac. El chaqueño Domingo Peppo y la catamaraqueña Lucía Corpacci lo recibieron en sus provincias junto al grupo de la Umet, aunque más por cortesía de anfitriones que por entusiasmarse con una candidatura. 

El único dirigente de otro distrito que alentó hasta ahora públicamente su proyecto nacional fue Espartaco Marín, presidente del bloque peronista en la Legislatura pampeana e hijo del histórico Rubén Marín, ahora titular de la Comisión de Acción Política del PJ que todavía respalda al desplazado José Luis Gioja. Ese grupo también trabaja obsesivamente por la unidad, mientras choca con la resistencia del peronismo federal, que intenta excluir todo rastro de kirchnerismo. 

Para Solá, el eje es otro. Aunque cree que el gobierno de Macri podría terminar “en un 2001” -alerta, en particular, sobre el manejo de las fuerzas policiales por parte de Patricia Bullrich- y tiene pocas chances de ganar en 2019, está convencido de que “es riesgoso” que el peronismo llegue a la elección dividido. Y se vende a sí mismo como un dirigente capaz de sintetizar virtudes, un representante del peronismo clásico, un ex gobernador sin manchas de corrupción en la ingobernable Buenos Aires, capaz de seducir incluso a un electorado “gorila”, que no lo vincula al estereotipo peronista.

Un portador de experiencia que busca cerrar su libro con el broche de oro.

Felipe el Pacificador

Escribiendo sus memorias, Solá empezó a fantasear con el broche a su carrera: ser el presidente que cierre la grieta del PJ. Se basa en su experiencia, sus relaciones y en un rumor: el aval de CFK.

 

Un ejercicio de memoria fue abonando la idea de manera casi inconsciente. Un pedido editorial desembocó en un proceso de dos años de escritura, revisión de hechos, lectura en perspectiva, recopilación de datos, un repaso de la historia política. El libro fue tomando forma y, casi sobre el final del proceso, se acopló a una versión, un rumor, que surgió como una especie de globo de ensayo. A los 67 años, después de escribir su autobiografía, Felipe Solá, diputado, ex gobernador, ex vicegobernador, ex ministro, ex secretario de Estado, todavía miembro de un bloque liderado por Sergio Massa, se topó con una candidatura presidencial fogoneada por un sector del peronismo que le prende velas a la unidad para 2019 y, supuestamente, avalada por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, con quien hace diez años no se dirige la palabra. 

El bonaerense no dio muchos rodeos. Montado sobre su experiencia, seducido el clamor cercano, guiado por la ambición política, en marzo blanqueó sus intenciones por primera vez ante otro dirigente. El destinatario de la revelación fue Alberto Fernández. La conversación transcurrió en la casa del ex jefe de Gabinete, en Puerto Madero. Fernández, convertido nuevamente en uno de los dirigentes que más dialoga con la ex presidenta, se sorprendió pero aprobó el anuncio.

Un mes antes, los dos habían compartido con otros cinco referentes del peronismo el lanzamiento de un espacio que se puso como meta trabajar por la unidad para 2019. "El enemigo está afuera", coincidieron. El encuentro se había empezado a pergeñar en medio de un diciembre agitado, con la reforma previsional como disparadora. Aquel 8 de febrero, sobre el escenario de la Universidad Metropolitana (Umet) se ubicaron Solá, Fernández, los kirchneristas Agustín Rossi y Daniel Filmus, el diputado del Frente Renovador Daniel Arroyo, el líder del Movimiento Evita Fernando "Chino" Navarro y el presidente del PJ porteño, Víctor Santa María

 

El lanzamiento del "G7" peronista, el 8 de febrero.

El G7 peronista celebró algunos encuentros más pero se fue desinflando al calor del surgimiento de las candidaturas. Como Solá, pero desde adentro del kirchnerismo puro, Rossi también le puso proa desde allí a sus aspiraciones presidenciales. Arrancó antes que el bonaerense, y de manera sistemática, sus recorridas por diferentes ciudades del país y puso en palabras su intención, siempre supeditada a que no sea la propia Cristina quien decida ponerse el traje de candidata. 

Las figuras de Solá y Rossi se miran en cierta forma al espejo. Mientras el santafesino es el kirchnerista que nunca sacó los pies del plato del PJ de su provincia y mantiene diálogo aún con dirigentes peronistas que quieren dejar atrás a Cristina, Solá es el peronista exiliado que un sector del cristinismo mira con cierta simpatía, sobre todo a partir de su férrea oposición a Mauricio Macri, su defensa a Cristina en causas judiciales que considera "una locura", como aquella sobre la firma del memorándum con Irán. Eso, pese a que todavía forma parte del bloque massista que oficia desde hace más de dos años como dador de gobernabilidad. 

PULGAR ARRIBA. Fueron algunos interlocutores comunes -entre ellos el presidente del PJ Bonaerense, Gustavo Menéndez- quienes le llevaron a Solá la versión que empezó a girar hace un par de meses por distintos medios: que Cristina no veta –e incluso aprueba– una candidatura presidencial del bonaerense, que podría garantizar unidad al menos con un sector del peronismo. 

Desconfiado, Solá interrogó reiteradamente a sus interlocutores sobre el diálogo que mantuvieron con la ex presidenta al respecto: “¿Quién sacó el tema, ella o vos?”. La opción elegida fue siempre la última. Pero la certeza de que no hay veto sobre su figura existe. Así lo confirmaron a este portal dos personas de contacto frecuente con la ex presidenta, que aseguran que Cristina, además de tenerle respeto intelectual, ve en Solá un dirigente capaz de arrastrar al peronismo no kirchnerista y de seducir a los propios. En esa mirada coincide, por ejemplo, el ex jefe de Gabinete Jorge Capitanich, quien recibió a Solá, Fernández y Santa María en junio en Resistencia. Para entonces, Solá ya se había lanzado públicamente, en una entrevista con Radio 10

 

 

Con todo, las candidaturas se encienden mientras el Gobierno tropieza y Cristina sube en las encuestas. El peronismo federal, con Miguel Ángel Pichetto a la cabeza, asegura que la ex presidenta será candidata en 2019 y sacará de la cancha a todos sus no vetados. Mientras, deja hacer. 

Hace diez años que Solá y la ex presidenta no intercambian una palabra. La última vez que se vieron fue en 2013, cuando Cristina visitó General Rodríguez -partido donde vive Solá- para inaugurar una fábrica de tractores. Vecino ilustre de la zona, el diputado quiso presenciar el acto y concurrió junto a su esposa, María Helena Chaves. Para entonces, ya formaba parte del espacio del Frente Renovador, que Massa había armado tras su ruptura con el kirchnerismo. Cristina los saludó con un gesto desde lejos.

El ex gobernador y la ex presidenta se habían visto por primera vez en 1990 en Rio Gallegos, cuando Solá era secretario de Agricultura de Carlos Menem y Néstor Kirchner era intendente. “Te aviso que a mí me interesa la política”, fue la primera frase que le dedicó Cristina cuando se sumó a la reunión que mantenían su marido y el entonces funcionario nacional.

Los años siguientes mantuvieron relaciones formales y protocolares. Según el bonaerense, jamás hablaron solos en privado. Solá nunca formó parte del círculo de dirigentes que jugaba al fútbol con Kirchner los viernes en Olivos. Cristina solía sumarse a las charlas políticas que se generaban después del partido. El ex gobernador nunca tuvo acceso a ese círculo y solo pisó la residencia oficial una vez, la noche que Cristina le ganó a Hilda “Chiche” Duhalde el duelo de candidatas a senadoras nacionales, en 2005. 

Un año después, Solá empezó a diagramar la pelea jurídica que le podía permitir presentarse nuevamente como candidato a gobernador de la provincia, después de haber completado, en 2002, el mandato de Carlos Ruckauf –de quien había sido vice- , y de haber sido electo para el período 2003-2007. 

"Pero quién es la mancha venenosa? ¿Cristina o Macri? La alergia a Cristina los está dejando a muchos en una posición de no peronismo, de anti pueblo", sostiene el bonaerense. 

El bonaerense craneaba su estrategia cuando el obispo de Iguazú Joaquín Piña frenó en un referéndum el intento de reelección indefinida del misionero Carlos Rovira, el 30 de octubre de 2006. Kirchner entendió que el tiempo político de los mandatos continuos estaba agotado y decidió sepultar el intento de Solá. Algunos funcionarios nacionales lo deslizaron públicamente. El 6 de noviembre, el ex gobernador renunció públicamente a la reelección. “No quiero eternizarme”, dijo. 

En 2007, en simultáneo con la presidencial que consagró a Cristina como presidenta por primera vez, Solá encabezó la lista de diputados nacionales del Frente para la Victoria por la provincia de Buenos Aires. Su lista obtuvo el 46,02 por ciento de los votos. En la misma boleta, en el octavo lugar, figuraba su ahora jefa de bloque, Graciela Camaño

Pese a haber sido el diputado más votado, Solá no fue propuesto por el kirchnerismo como presidente de la Cámara baja. La decisión sorprendió al bonaerense que consideraba que, aún sin agitar la bandera del kirchnerismo de manera devocional, había respaldado desde su gestión al gobierno de Néstor Kirchner y había apoyado sus decisiones medulares. El lugar quedó para el jujeño Eduardo Fellner, en lo que determinó una herida en la relación entre Solá y el Gobierno kirchnerista. “Supongo que soy difícil de conducir. Y más, a patadas en el culo", concede el bonaerense como justificación. 

El quiebre definitivo se produjo pocos meses después, cuando el ex gobernador rompió con el bloque del Frente para la Victoria y votó en contra del proyecto que consagraba la Resolución 125. Producto de ese desacuerdo, Solá propició el surgimiento del peronismo federal, junto a otros dirigentes que quedaron del otro lado del kirchnerismo en la guerra gaucha, como los hermanos Rodríguez Saá, y los ex gobernadores Jorge Busti, Jorge Obeid, Carlos Reutemann y Juan Carlos Romero, entro otros. En 2009, Solá resolvió renunciar a su banca para buscar revalidarla en otro frente político. 

 

Macri, De Narváez y Solá: la triple alianza que le ganó a Kirchner en 2009.

 

LA TRIPLE ALIANZA. Esa decisión -singular para una política signada por pases- determinó otra que Solá anota en su lista de errores: el armado de una alianza junto a Macri y Francisco de Narváez que tuvo como único objetivo derrotar al kirchnerismo. “Guiado por el peor de los consejeros, el ánimo de revancha”, concede a modo de autocrítica. La sociedad naufragó dos meses antes de la elección, el día de la inscripción de alianzas, cuando los dirigentes incluyeron en la Alianza Unión Pro a Unión Celeste y Blanco, de De Narváez, y al PRO, de Macri, y dejaron afuera a Mejor, el sello de Solá. El ex gobernador hizo campaña por las suyas y volvió a verse con sus entonces socios recién para festejar el triunfo sobre el escenario de Costa Salguero. 

En privado, el bonaerense asegura que la noche anterior a la victoria, cuando su madre le preguntó por teléfono quién quería que ganase la elección, no eligió a a De Narváez sino al ex presidente Kirchner. “Pero que sea por una milésima, para que se asusten”, dijo Solá, convencido de que el gobierno kirchnerista había equivocado el rumbo. 

Del triunfo de la lista encabezada por De Narváez, en 2009, surgió la formación del llamado Grupo A, la mayoría opositora que votó la ley del 82% móvil, en 2010, y dejó a Cristina sin Presupuesto para el año 2011. Para el Frente para la Victoria fue traición sin medias tintas. Un sector del cristinismo todavía se la factura y le desconfía. Aun así, algunas relaciones perduraron. “Con tiranteces”, sostuvo un vínculo con Rossi, a quien define como su amigo. Los dos apuestan por llegar a 2019 con un frente en el que confluyan distintas líneas del peronismo para ganarle a Cambiemos. Un competencia leal, dicen. 

"Nosotros tenemos la obligación de llenar las expectativas de unidad de la gente. El modelo de desarrollo que planteamos para la Argentina no es tan diferente, es el desarrollo del trabajo argentino, las pymes, la ciencia", repite Solá, que cree que los dirigentes de mayor experiencia entienden que la realidad macrista les impone "un deber". "Para los veteranos, lo que pasa en el país es una mochila de angustia cotidiana", dice. El ex gobernador piensa, en la misma línea, que su candidatura aporta al esclarecimiento de la necesidad de la unidad, aunque entiende que ese escenario es hoy poco probable.
En el círculo de confianza de Solá creen que ni el kirchnerismo ni el peronismo federal tienen intenciones reales de acercar posiciones. "¿Pero quién es la mancha venenosa? ¿Cristina o Macri? La alergia a Cristina los está dejando a muchos en una posición de no peronismo, de anti pueblo", sostiene el bonaerense. 

 

 

REBELDÍA MASSISTA. Esa disidencia respecto de la línea que hoy marca el liderazgo del que todavía es su espacio de pertenencia formal, el Frente Renovador, se suma a otras que se acumulan desde que asumió Macri. Ya en marzo de 2016, Solá evitó votar la ley que consagró el pago a los fondos buitre, como hizo casi la totalidad de su bloque, a excepción de Héctor Daer y Facundo Moyano. Desde entonces, tuvo que desmentir tensiones internas y rupturas una infinidad de veces. 

Como el kirchnerismo, el massismo también lo acusa de no dejarse conducir. El diálogo con Massa, un candidato casi puesto para 2019, está cortado. Con Camaño, a quien le profesa respeto y admiración, tiene diferencias de estrategia política. En la Presidencia de la Cámara, Emilio Monzó ya puso el reloj de la cuenta regresiva para el anuncio de la ruptura formal del bloque. Cree que es cuestión de pocos meses. Desde su sillón, el macrista mira cómo Solá y Moyano se van desplazando cada sesión un poco más hacia el sector kirchnerista -pese a que pegaron el faltazo en la sesión que convocó el Frente para la Victoria para pedir la revisión del acuerdo con el FMI- mientras el massismo y el peronismo federal van confluyendo en la lógica de acción. 

 

Felipe está distanciado de Massa y el macrismo ya especula con su salida del bloque renovador.

 

LA MESA DE FELIPE. En el proceso, Solá arma su estrategia, lee papers, estudia y va delineando una primera recorrida nacional en busca de apoyos. Dialoga con una mesa chica de la que forman parte Facundo Moyano y Daer, el intendente Menéndez, los dirigentes del Movimiento Evita Emilio Pérsico, Navarro y el diputado Leonardo Grosso, el rector de la Umet, Nicolás Trotta, y otros dirigentes a los que considera de confianza, como el intendente de San Martín, Gabriel Katopodis. En el círculo de contactos habituales también están el gremialista Omar Plaini, algunos compañeros de bloque, como José Ignacio de Mendiguren, Cecilia Moreau y Carlos Selva, Ginés González García, el clan Cafiero, Victoria Donda y amigos que miran la política desde afuera, como el ex camarista y ex ministro León Arslanian. Silvestre, tampoco arrastra leales históricos ni tiene dirigentes incondicionales que le respondan directamente, fruto de sus portazos y pases. 

Las consultas técnicas llegan a oídos del economista Arnaldo Bocco, la socióloga Ana Castellani y el ex secretario de Comunicación de Daniel Scioli, Juan Courel. Los detalles los sigue de cerca su esposa, María Helena Chaves. La guía espiritual y también política la ejerce desde Roma el papa Francisco, quien sin embargo no pudo evitar que Solá se desmarcara para votar a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazo esbozando razones de salud pública. 

Fuera de su territorio natural, la provincia de Buenos Aires, Solá tantea diálogo con algunos gobernadores. Con tantos anotados en la carrera, la empresa es compleja. En los próximos meses buscará hacer pie en Entre Ríos para ver a Gustavo Bordet y en San Juan, para reunirse con Sergio Uñac. El chaqueño Domingo Peppo y la catamaraqueña Lucía Corpacci lo recibieron en sus provincias junto al grupo de la Umet, aunque más por cortesía de anfitriones que por entusiasmarse con una candidatura. 

El único dirigente de otro distrito que alentó hasta ahora públicamente su proyecto nacional fue Espartaco Marín, presidente del bloque peronista en la Legislatura pampeana e hijo del histórico Rubén Marín, ahora titular de la Comisión de Acción Política del PJ que todavía respalda al desplazado José Luis Gioja. Ese grupo también trabaja obsesivamente por la unidad, mientras choca con la resistencia del peronismo federal, que intenta excluir todo rastro de kirchnerismo. 

Para Solá, el eje es otro. Aunque cree que el gobierno de Macri podría terminar “en un 2001” -alerta, en particular, sobre el manejo de las fuerzas policiales por parte de Patricia Bullrich- y tiene pocas chances de ganar en 2019, está convencido de que “es riesgoso” que el peronismo llegue a la elección dividido. Y se vende a sí mismo como un dirigente capaz de sintetizar virtudes, un representante del peronismo clásico, un ex gobernador sin manchas de corrupción en la ingobernable Buenos Aires, capaz de seducir incluso a un electorado “gorila”, que no lo vincula al estereotipo peronista.

Un portador de experiencia que busca cerrar su libro con el broche de oro.