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Una reforma rodeada de policías y el golpeteo de vallas y cacerolas

Los golpes de las palmas abiertas contra las vallas, estridentes, sincronizados, sacudían la carne de los cuerpos que se arrimaban a ese límite artificial y violento. A 20 metros de esa división -y a un poco más de distancia, también- el cuerpo temblaba, el suelo latía. La sensación era de borde, de fractura, de precipicio. Un clima espeso a punto de quebrarse. Una explosión social homogénea, espontánea, pacífica, pero que tarde o temprano iba a interpretarse como furgón de cola de la violencia que muchas horas antes habían protagonizado las fuerzas de seguridad y un grupo minúsculo de encapuchados que intentó -y en parte logró- correr del foco la masiva movilización de organizaciones sociales y políticas contra la reforma previsional.

De un lado de las vallas, un cordón policial sólido y numeroso. Cientos de miembros de la infantería de la Policía de la Ciudad, protegidos por bastones, cascos y escudos, acompañados por otro centenar de agentes de civil envueltos en los chalecos azules y bordó de los que hicieron gala, por caso, en la represión ejecutada en Plaza de Mayo al cumplirse un mes de la desaparición de Santiago Maldonado. Así se amontonaban en las calles que rodean al Congreso, desiertas y oscuras, que sólo interrumpía esa paz forzada por las armas con los movimientos de policías y de algunos empleados parlamentarios que salían a comprar algo para comer, a fumar o simplemente a verificar cómo estaba la cosa en el barrio.

Del otro lado de las vallas, miles y miles de manifestantes convocados por redes sociales, por mensajes de texto, por invitación boca en boca, por acto reflejo al ver en la tele las primeras esquinas ocupadas, que salieron de sus casas para sumarse a una tanda de cacerolazos y que acabaron, muchos de ellos, formando parte de largas caravanas, registradas en múltiples videos, hacia al Congreso. Hacia el edificio en el que la Cámara de Diputados discutía la ley para ajustar las jubilaciones y las asignaciones sociales.

 

 

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Dentro del recinto, la diputada Vanesa Siley (FPV) reprodujo con su teléfono apoyado sobre el micrófono de su banca uno de esos videos. Antes, otros legisladores usaron sus celulares para chequear lo que pasaba afuera y, de paso, buscar que sonaran los golpes de lata mientras hablaban algunos diputados del oficialismo. Pero fue ella la que hizo resonar dentro del recinto las cacerolas sacudidas en muchas esquinas de Buenos Aires. Y de otras ciudades del país, también.

Esa calma atada con hilo de coser se rompió cuando se a acercó la hora de la votación. “Son las 3 de la mañana y sigue la cacería”, protestó el diputado Adrián Grana (FPV). “Simultáneamente, entraron las motos, empezó la represión, dispersaron la manifestación e inmediatamente ingresaron ustedes al recinto y trataron de votar rápido y sin gente en la plaza”, agregó Gabriela Cerruti (FPV), sugiriendo una acción coordinada entre lo que pasaba afuera y lo que pasaba adentro.

En Cambiemos admitieron que, coordinados por el ministro del Interior, Rogelio Frigerio –quien siguió toda la sesión desde el despacho de la Presidencia de la Cámara-, el oficialismo tenía las herramientas para cortar el debate cerca de las 4. Los diputados de Argentina Federal, bancada que agrupa al Bloque Justicialista y a los legisladores que responden a los gobernadores peronistas, ya habían dado el visto de bueno para acortar la maratón de discursos y someter el ajuste previsional a votación. Fue Emilio Monzó el que frenó la jugada que iba hacer arder, aún más, el recinto. El presidente de la Cámara de Diputados, después del bochorno del jueves pasado, no quiso volver a exponerse.

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Según el relato unívoco de los manifestantes, sin que mediara ataque, piedrazo o algún otro tipo de intimidación, la Policía actuó como si hubiese recibido la orden de volver a vaciar la plaza del Congreso. Ahí, en la valla que cruzaba la avenida Rivadavia a la altura del cruce con Rodríguez Peña, se había congregado la mayor parte de los que decidieron salir a la calle a la hora de la cena y marchar contra la reforma jubilatoria. Ahí se concentró el uso de la fuerza pública.

 

 

En otro torniquete de vallas, instalado cortando Callao a lo ancho justo en la esquina de Bartolomé Mitre, es donde el golpeteo a las vallas sonaba más intensamente. Hasta allí las fuerzas llevaron un carro hidrante listo para poner en marcha su poder de persuasión. Los otros dos puntos de conflicto, Rivadavia y Ayacucho y Entre Ríos y Alsina, tenían poco que envidiarle a los otros dos. El despliegue de uniformados fue atemorizante.

El jefe del SAME, Alberto Crescenti, caminaba inquieto, de un lado a otro, la vereda del Anexo de la Cámara de Diputados. En la esquina del histórico café El Molino se había instalado una carpa amarilla para atender heridos. Adentro sólo había un policía sin heridas visibles. A lo largo de la cuadra, alineadas a 45 grados, seis ambulancias listas para activarse. “Que nadie tenga un infarto en La Paternal porque no llegan”, bromeaban unos empleados de seguridad del Congreso, parados en la esquina del edificio parlamentario.

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Puertas adentro, todo estuvo siempre bajo control para Cambiemos. Peña transitaba los pasillos de la planta baja con su celular pegado a la oreja derecha, mientras saludaba a algunos diputados de su bloque. En el primer piso, Monzó y Frigerio salían entre risas de camaradería de una breve reunión con el presidente del bloque de PRO, Nicolás Massot, y el ex candidato a jefe de Gobierno y líder del bloque Social Demócrata, Martín Lousteau, aliado clave del oficialismo para el quórum que les permitió discutir lo que no pudieron discutir el jueves pasado.

Con un radio de dos cuadras a la redonda fuertemente militarizado y los votos garantizados en el recinto, el Gobierno sólo debía evitar una tragedia. La evitó. La orden del presidente Mauricio Macri, que trasladaron Frigerio y Peña a sus diputados -vía Monzó- fue que había que sacar la ley sea como fuera. Luego, los voceros presidenciales se encargaron de instalar un estado de despreocupación presidencial. Dijeron que Macri ni siquiera siguió la marcha por televisión. Un doble mensaje: aval al operativo de seguridad, que volvió a registrar escenas de excesos, violencia y hasta de saña, y una minimización oficial al rechazo a la reforma más importante de su portafolio.

Así, con ese mandato incuestionable, los diputados de Cambiemos lograron soportar cinco horas de demoras de la oposición, que apeló a cuestiones de privilegio y mociones de orden que perdieron una y otra vez -gracias a la consolidada sociedad de Cambiemos y una parte del interbloque Argentina Federal-, una infinidad de acusaciones, señalamientos, chicanas y hasta insultos, sólo respondidos por las bravuras y las provocaciones de los dos exponentes de mayor efervescencia en el oficialismo, Elisa Carrió y Fernando Iglesias, que habló de “el club del helicóptero trosko-kirchnerista-reciclador”. No hizo falta más. El resto era cosa juzgada.

Sólo quedó tiempo para hacer un minuto de silencio por las víctimas que se cobró la represión hace 16 años. Fue pedido por el presidente del bloque del Frente para la Victoria (FPV), Agustín Rossi, y aceptado por Monzó. Eran las 6.45. A la sesión le quedaban un puñado de minutos antes de llegar al momento de la votación. Ya había amanecido. Como un karma, la reforma más importante del paquete que Macri presentó como su legado a la historia argentina se convirtió en ley un 19 de diciembre.