Hay equipo para el cambio

Uno podría afirmar que las grandes transformaciones culturales surgen de profundas crisis sociales. Dichas crisis surgen de comportamientos nocivos que erosionan las reglas de convivencia más elementales: aquellas que procuran desde la seguridad de lo propio hasta el respeto de las señales de tránsito. Cuando todas y cada una de las reglas que tácitamente hemos asumido para vivir en sociedad son sistemáticamente violadas, la frustración y el hartazgo cobran relevancia. Esta podría ser una forma de describir los que hoy nos pasa en la Argentina.

Cuando la madre de un alumno agrede a la maestra de su hijo porque cuestiona una sanción correctamente aplicada; cuando tenemos que cuidar nuestras pertenencias porque lo ajeno es más apetecible que lo propio; cuando cruzar un semáforo en rojo es más común de lo que uno cree; cuando la ley se vuelve una sugerencia… la sociedad ha pasado su límite de tolerancia. Y es allí, donde cada uno de nosotros se plantea un importante dilema moral: o se es parte de la transgresión, la violencia y la anomia; o se es parte del cambio.

 

Desde el PRO –espacio político al cual pertenezco- creemos que la necesidad de un cambio es imperiosa, pero más aún, que el cambio es posible. Mucho se nos ha criticado en el pasado nuestra forma de hacer campaña por su colorido o alegría superficial. Sin detenerse a analizar que son esas mismas formas las que nos permiten estar cerca de la gente, dialogando con respeto.

 

Y aquél camino que en el 2002 empezamos a transitar en soledad, hoy nos encuentra más acompañados que nunca. No sólo porque el resto de las fuerzas políticas nos quieren imitar; sino porque son innumerables las personas que se nos acercan día a día para trabajar juntos en el cambio que necesita la Argentina.

 

Creo que no sólo hay que pensar a la política y el respaldo de la gente en términos estadísticos de intención de voto. Cuando diariamente se involucran más y más personas dispuestas a sacrificar su tiempo y su comodidad por un futuro colectivo mejor; ese el combustible emocional que transforma a un país y que ninguna encuesta puede englobar.

 

Me ha tocado encarar este 2015 desde un lugar de privilegio: tengo la suerte de conocer semanalmente a diferentes vecinos de la Ciudad cansados de la mentira, la hipocresía y la impunidad del gobierno nacional. Historias emocionantes, alentadas por la esperanza de un mañana mejor, que deciden disponer de lo poco o mucho que tienen –tiempo, ganas y fuerza- para llevar el mensaje de cambio de Mauricio Macri a cada uno de sus mundos: la familia, los amigos del club, los conocidos del barrio, etc.

 

A la Argentina del futuro la construimos entre todos. Creemos que este el mejor camino para que el diálogo supere a los monólogos irracionales y acusatorios; para que el respeto nos permita entender que se puede pensar distinto; y para que la empatía nos una y no nos obligue a dividirnos entre “ellos” y “nosotros”, sino que nos encuentre juntos en un “todos somos Argentina”.

 

Hoy estamos tomando conciencia del protagonismo que debemos asumir para sortear los desafíos de nuestro país. Mauricio Macri está formando un gran equipo para el cambio; y así, y solo así, lograr que los sueños de miles de argentinos unidos se conviertan en una inevitable realidad.

 

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