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¿Milei puede quedarse sin garante en EE.UU?

El plan de reelección de Javier Milei y la paralela instauración de una duradera hegemonía de extrema derecha en la Argentina dependen en buena medida de la suerte del proyecto político de su garante de última instancia: Donald Trump. Sin embargo, once meses antes de que todo eso se dirima en la Argentina, el electorado de los Estados Unidos decidirá el 3 de noviembre próximo si convierte al republicano en un king maker o en un pato rengo.

Mucho de lo que ocurra dependerá del futuro del conflicto en el golfo Pérsico, que ha salido de los grandes titulares menos por su encarrilamiento real que por la fatiga que suelen generar en la atención pública los asuntos crónicos y sin destino. Pues bien, esa guerra, que me atreví a avizorar hace tiempo como una de desenlace inconcluso, rebrota peligrosamente.

El régimen teocrático de Irán ha tenido a lo largo del tiempo algunas llaves para influir de modo decisivo en la política estadounidense y, por añadidura, en la internacional.

Así fue en 1979, cuando la crisis de los rehenes capturados por las juventudes jomeinistas en la embajada de Washington en Teherán corroyó la administración de Jimmy Carter y precipitó el comienzo de la "revolución conservadora" de Ronald Reagan –con sus impactos ulteriores en la Guerra Fría, la caída de la Unión Soviética y todo un cambio de paradigma económico a nivel global–.

¿Así es hoy, aunque en un sentido inverso?

Avatares de una guerra inconclusa

El ataque israelo-estadounidense contra instalaciones nucleares y misilísticas de Irán –más alguna escuela de niñas que se les coló– comenzó en 28 de febrero y "culminó" el 17 de junio, 110 días después. En el medio, el barril del petróleo llegó a dispararse por encima de los 120 dólares, los precios de las naftas en Estados Unidos se duplicaron, la inflación alcanzó en mayo el nivel crítico de 4,25% –anual–, las tasas de interés subieron fuerte, se encarecieron severamente –al 6% anual– los créditos hipotecarios que afrontan millones de familias, los ingresos disponibles se encogieron y el descontento cundió.

Con las midterms a la vista, Trump fue cediendo, habló una y otra vez de acuerdos que no se concretaban, le impuso a Israel un cese del fuego en el Líbano –donde el Estado judío combatía al proxy iraní Hizbulá– en modos reñidos con la alianza tradicional entre esos países y terminó aceptando una frágil tregua de 60 días sujeta a la negociación de todos los aspectos de fondo. La saga fue ampliamente vista en Estados Unidos como una suerte de capitulación del jefe de la Casa Blanca.

Irán sufrió un fuerte castigo militar, que incluyó el descabezamiento de su cúpula dirigente –empezando por el líder supremo, Alí Jameneí, y daños a las instalaciones en las que pergeñaba –y pergeña– el enriquecimiento de uranio necesario para dotarse de bombas atómicas y a sus capacidades defensivas y ofensivas con misiles y drones.

Sin embargo, ninguno de esos programas resultó dañado de modo definitivo y, encima, sus enemigos descubrieron a lo largo del conflicto una herramienta trascendente: su capacidad de bloquear el estrecho de Ormuz, paso del 20% del crudo que circula por el mundo.

Benjamín Netanyahu no había advertido a Trump de esa posibilidad al convencerlo de hacer lo que las agencias de inteligencia estadounidenses desalentaban: el voluntarismo de atacar Irán para precipitar un cambio de régimen, condicionar a un nuevo gobierno y obtener la desnuclarización de ese país.

Nada de eso se logró, claro, y el mundo quedó a merced, como se dijo, de una guerra inconclusa.

El poder que descubrió Irán

El detalle es que lo que había que negociar era prácticamente irresoluble y que cabía esperar pocas concesiones de un régimen que, pese a los golpes sufridos, no se sintió derrotado y que, para conseguir esa resistencia, se había preparado para el escenario bélico desde hacía al menos una década.

Con el endulzante del desbloqueo de unos 100.000 millones de dólares en activos congelados en Estados Unidos y la promesa de un gigantesco fondo de reconstrucción, Washington exigía el desmantelamiento del plan nuclear persa –al menos en su dimensión militar–; la entrega o el sometimiento a inspectores internacionales de los 440 kilos de uranio enriquecido al 60% –a un paso del 90% requerido para "la bomba"–; la limitación de los stocks de misiles y drones, y el fin del año a las milicias aliadas en la región: el movimiento político-militar chiita del Líbano Hizbulá, los palestinos de Hamás y los rebeldes hutíes de Yemen.

Eso suponía, en los hechos, la rendición incondicional de un régimen que, en verdad, no se asume derrotado y que no tiene planes de entregar un plan nuclear que entiende como su gran garantía de supervivencia en su conflicto con el también atómico Israel. Con alta probabilidad, esa carrera nuclear regional y ese nuevo capítulo de la doctrina de la contención mutua serán rasgos de un futuro cercano e inevitable.

El tema es que el descubrimiento de Irán de sus capacidades de incidir sobre la dinámica internacional es doble: a la permanente amenaza de un segundo cierre del estrecho de Ormuz –con sus consecuencias sobre el mercado petrolero, y la inflación y el crecimiento de Estados Unidos y del mundo– se suma, como en 1979, la posibilidad de incidir sobre la política interna de la superpotencia a través del descontento económico –de alcance electoral– de la ciudadanía.

Guerra en el Golfo: ¿volver a empezar?

Lo anterior explica que las negociaciones iniciadas el 17 de junio no hayan arrojado los resultados esperados –o, mejor, deseados– por Trump, que las hostilidades hayan vuelto al Golfo y que el republicano se declare decepcionado de una promesa que, al fin y al cabo, había sido producto de su imaginación.

El cese del fuego está roto y volvieron el intercambio de disparos, las denuncias de ataques iraníes a buques en el estrecho de Ormuz y la reanudación de los bombardeos de Estados Unidos e Israel.

Para Trump, el drama es que todo su poder como presidente de la hiperpotencia militar, su capacidad de torsión con las sanciones del Departamento del Tesoro, su posibilidad de alinear a mandatarios adulones en varios países y su autopercepción de ser un hombre colosal no le alcanzan para evitar acechanzas grandes.

Como esperando noviembre

Desde la firma del cese del fuego, el crudo volvió a niveles de 70 dólares por barril, similares a los previos a la guerra. Ahora, con las novedades del caso, vuelve a trepar, por ahora con cautela, a la espera de que los inversores definan si la violencia en el Golfo volvió para quedarse o no.

Fuente: Investing.

Mientras, en paralelo, el sensible precio de la nafta en Estados Unidos se mantiene 30% por encima de su nivel de preguerra, la Reserva Federal no avizora con claridad un regreso de la inflación a sus carriles normales y, pese al nombramiento del trumpista Kevin Warsh como titular de la Reserva Federal, parece que la baja de la tasa de interés que tan agresivamente le había reclamado el republicano a Jerome Powell deberá esperar.

El precio de la nafta común en Estados Unidos sigue demasiado alto para las necesidades electorales de Donald Trump. (Fuentes: AAA Gas Prices y Oil Price Information Service).

En lo interno, esto nafta e hipotecas más caras y menor consumo, actividad y creación de empleo. Un pésimo preelectoral alejado de lo ideal.

Trump, de hecho, no levanta y su imagen, que arrastrará para bien o para mal de la intención de voto de los republicanos en las próximas elecciones para las cámaras de representantes y de senadores, oscila entre lo malo y lo muy malo.

Promedio de encuestas de imagen de Donald Trump en Estados Unidos. (Fuente: RealClearPolitics).

Noviembre está tan cerca…

Trump, ¿de garante de Milei a "pato rengo"?

Una eventual derrota fuerte de los republicanos podría darles a los demócratas el control de las dos alas del Capitolio. Sí, a pesar de todo su desorden, reyertas y problemas. Realmente, cualquier similitud con el estado del peronismo es mera coincidencia.

Eso, de concretarse, sometería a Trump a una condición muy prematura de "pato rengo", esto es la de un presidente en vías de salida y con un poder que se le licúa aceleradamente.

Para peor, sujeto seguramente a permanentes pedidos de investigación y de juicio político por innumerables tropelías, entre ellas haber ido a la guerra sin aval del Congreso, presuntos manejos administrativos oscuros, apuestas financieras lucrativas y apalancadas en eventual manejo de información reservada, nepotismo, abusos contra los derechos humanos por sus políticas antiinmigración, persecución de opositores desde el FBI y el Departamento de Justicia y más, bastante más.

Eso sería así, sobre todo, porque el presidente no tiene reelección, más allá de que de boquilla amague cada tanto con forzar la Constitución a través de alguna presentación ante la Corte Suprema, intención que no prosperará.

Trump podría tener que distraerse en otros menesteres, pero no es seguro que eso, megalómano como es, limite su capacidad de daño. ¿Quién dice que ese estado de cosas no lo radicalizaría más y lo lleve, por ejemplo, a incrementar su agresividad en el hemisferio, continuando lo hecho en Venezuela con una ofensiva contra Cuba, con un avance que lleve a la extradición de Gustavo Petro desde la Colombia que gobernará desde el 7 de agosto y con otras injerenecias y abusos?

De hecho, ninguna injerencia le es ajena, ni siquiera sobre la FIFA para anular una suspensión a un jugador de fútbol.

Excesos… ¿y desvaríos?

Por ahora no da indicios de moderación.

Llegó a la cumbre del Grupo de los 7 en Ankara, Turquía, provocando otra vez a Giorgia Meloni, a quien mostró desde sus cuentas personales en las redes sociales embobada con él en base a un video hecho con inteligencia artificial. "Orden de restricción requerida", la humilló.

Ya allí, instruyó al Departamento del Tesoro a dar por tierra con todo trato financiero y comercial con España –¿y la Unión Europea?–, volvió a hacerle bullying a la OTAN con la insistencia en apoderarse de Groenlandia y anunció el retorno de la guerra en Irán.

El mismo Trump que había asegurado haber cambiado al régimen persa y contar ahora con un liderazgo pragmático, de "gente inteligente" y que le rogaba por un acuerdo de paz, adoptó un tono muy diferente y de frustración. Dijo el martes:

Encima, se mostró preocupantemente errático, lo que derivó en Estados Unidos en nuevas especulaciones sobre su estado mental a sus 80 años. Se equivocó al mencionar a la Guardia Republicana iraní, dijo que la guerra en curso era con la "República islámica de Japón" y mencionó al ucraniano Volodímir Zelenski como "el presidente Vladímir Putin".

Milei, Trump y una posible tormenta financiera

El problema argentino está dado por quienes adulan ese liderazgo suicida, al que le habilitaron y le festejaron actos de injerencia tan graves como la inrtervención directa del mercado cambiario antes de la última elección legislativa. ¿Qué sería de Milei si volviera a depender de un hombre distraído o directamente en retirada?

Al presentar el plan financiero de 2027 con la esperanza de generar confianza y empujar más a la baja el riesgo país, Toto Caputo dijo que aunque el swap con Estados Unidos no está contemplado de movida para asegurar el pago de las deudas por 24.900 millones de dólares que vencen en el año electoral, el eventual uso de esa herramienta podría "charlarse nuevamente".

Eso es así porque la tormenta financiera del 27 va más allá de ese frente de deudas de por sí amenazante. Nadie puede asegurarle a Milei –favorito en la mirada corta por falta de rivales y adhesiones oportunistas– que deberá buscar la reelección con una economía internacional favorable y, de hecho, los últimos episodios en el Golfo apuntan por ahora en un sentido divergente.

Si la inflación y las tasas en Estados Unidos siguieran altas, el dólar se fortalecería en el mundo, presionaría sobre todas las monedas emergentes, obligaría a devaluar el peso para no hacerle perder más competitividad y, en lo local, incrementaría el apetito de los ahorristas locales por llevarse, como tantas veces, los activos del Banco Central a sus cajas de seguridad. Todo, claro, en el contexto de la incertidumbre preelectoral propia de la Argentina.

El futuro luce extremadamente incierto en estos días. ¿No es sospechoso que el panorama de 2027 parezca tan favorable a la extrema derecha cuando todavía quedan 15 meses hasta la hora de la verdad, un horizonte de eternidad para la siempre sorprendente Argentina?

Que tengas un excelente fin de semana. Hasta el lunes.

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