El Mundial de Trump y la "nueva derecha"

La anulación de la suspensión del goleador estadounidense Folarin Balogun demostró que las políticas intervencionistas de Donald Trump no se limitan a ataques militares y descabezamientos de cúpulas como en Venezuela e Irán. El soccer acaba de quedar en la mira de la extrema derecha norteamericana, que mete mano en el negocio del Mundial desnudando su forma de concebir la política.

El episodio, derivado de una simple expulsión en el partido del último miércoles entre Estados Unidos y Bosnia-Herzegovina, se convirtió en una puja de poder puro y duro, en la que el republicano buscó obtener cierto apalancamiento electoral, pero más importante aun, proyectar un modo espectacular de ejercer el poder que no se alimenta de la legitimidad de las narrativas sino, sencillamente, de su condición arbitraria y abusiva. Así con Trump como con Javier Milei y tantos más.

En el medio apareció también un juego de sumisiones y adulaciones que lleva la marca en el orillo de todas las ultraderechas occidentales.

La derrota estadounidense de anoche, cuatro a uno ante Bélgica con una actuación discreta del involucrado, le pondrá sordina al capítulo deportivo del episodio, pero eso no reduce su carácter revelador en lo político.

El VAR de Trump: Mundial intervenido

El domingo, el Comité Disciplinario Independiente –sic– de la FIFA decidió aceptar la apelación de la Federación de Soccer de los Estados Unidos (USSF) y dejó en suspenso por un año la suspensión del futbolista, máxima estrella de una selección que tiene pretensiones fundadas de dejar una marca en la joven historia del fútbol de su país. Así, quedó habilitado para jugar los octavos de final de la Copa.

El único antecedente de ese tipo se remonta a Chile 1962, cuando el crack brasileño Garrincha fue "indultado" para que pudiera jugar la final contra Checoslovaquia. Es curioso: para hallar un hecho similar hay que viajar 64 años hacia el pasado y mencionar un país que ya no existe.

Lo interesante y lo revelador de los modos de las construcciones políticas de la "nuevas derechas" no es que la saga haya estado motivada por el jefe de la Casa Blanca, sino que esta se haya encargado de difundirlo.

Normalmente, las influencias impropias o los modos de hacer trampa, como es el caso, son enjuagues que quedan entre bambalinas o trascendidos. La actuación de la dictadura argentina en el Mundial 1978 es un ejemplo de eso. Con Trump, sin embargo, el abuso se convierte en espectáculo.

Así, llamó la atención que The New York Times informara, en primicia y en base a testimonios de cuatro fuentes del gobierno norteamericano, que "Trump llamó al titular de la FIFA días antes de que se revirtiera la suspensión de Balogun".

De inmediato se sumaron, con sus propias fuentes, otros medios de prestigio como The Wall Street Journal, Politico, las cadenas de televisión CBS y ABC, y la agencia Reuters, entre otros. Nadie quiso guardar un secreto.

La nota del Times contó que "poco después de que Balogun recibiera la tarjeta roja, altos funcionarios de la administración Trump –entre ellos Howard Lutnick, secretario de Comercio, y Andrew Giuliani, director ejecutivo del grupo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial– recurrieron a abogados para ayudar a la Federación a apelar la decisión (…), de acuerdo con dos de las personas conocedoras de la llamada".

"El año pasado, la FIFA creó y le otorgó a Trump el Premio de la Paz en medio de la campaña pública –aunque fallida– del presidente por obtener el Premio Nobel de la Paz", recordó.

El asunto escaló y sorprendió para convertirse en uno de Estado. Además de los funcionarios mencionados, nada menos que el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró a la prensa que "lo jodieron a Estados Unidos".

La política ultra es un espectáculo

No bastó con la filtración; la gestión tenía que ser todavía más explícita.

El propio Trump posteó un reconocimiento que Infantino habría preferido recibir en privado: "Gracias, FIFA, por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia. Presidente Donald J. Trump". Y por si eso fuera poco, la propia Casa Blanca reposteó al mandatario bajo un texto patriotero.

Infantino, desesperado, debió y deberá ahora seguir lidiando con las quejas de la Real Asociación de Fútbol de Bélgica –que se declaró "atónita"– y de la UEFA –"se cruzó una línea roja", advirtió–. Esta última está severamente enfrentada a su conducción y deseosa de tomar la posta. ¿Continuará?

Trump fue cada vez más claro. En una conferencia de prensa que brindó ayer, afirmó que "sí, lo hice: hablé con Gianni (…). Pedí una revisión por parte de la FIFA y hablé con un hombre que es muy respetado, y por cierto, cuyo nivel de respeto ha aumentado diez veces".

Las normas de la entidad, se supone, impiden la intromisión de las autoridades políticas en sus procedimientos, pero el republicano fue más allá. Se quejó del VAR con buenos argumentos –"muestran las imágenes en cámara lenta", indicó–, pero enseguida pretendió reescribir el reglamento del fútbol.

"Vi la jugada, fui un buen atleta y entiendo mucho de deportes –se autoelogió–. Eso no fue ni siquiera fue infracción. Fueron dos tipos corriendo a toda velocidad que terminaron chocando. Ese árbitro es un poco sospechoso… Si quieren, les puedo facilitar (datos sobre) su pasado. Además, una cosa es penalizar a alguien en ese partido ¿pero cómo lo van a penalizar para un partido que todavía no se jugó? Es muy injusto".

De ahí al meme ya no hubo distancia. Otra marca ultra.

Al "amigo" Gianni le duele la cabeza

El problema escaló a tal nivel que Infantino, un relacionista público eficaz que –acaso escaldado por el Fifagate de 2015– se declara "orgulloso" de ser amigo de Trump, debió emitir un comunicado en el que admitió que "discuto regularmente asuntos relacionados con la Copa Mundial de la FIFA con el presidente de los Estados Unidos y, en este asunto, recibí una llamada suya, tal como recibo llamadas de jefes de Estado, funcionarios gubernamentales, partes interesadas en el fútbol y ejecutivos empresariales de todo el mundo sobre muchos temas diferentes".

Sin embargo, aseguró que "durante nuestra conversación, le expliqué que había un proceso legal en curso que involucraba a los órganos judiciales independientes de la FIFA y que el caso sería decidido en su momento por los órganos competentes".

Estos "son independientes", garantizó. No es lo que había dicho Trump.

Ultraderecha, pan, circo y bullying

Además de ser un presidente de extrema derecha, Trump es el más poderoso de su especie; él no gobierna un país, sino un imperio que hoy lucha por su propia condición. Ese carácter de primus inter pares es útil para detectar con mayor claridad las formas groseras en que las nuevas derechas ejercen el poder.

El fútbol está ganando importancia en Estados Unidos, una tendencia de largo plazo y que surge de una práctica cada vez más extendida entre chicos y chicas, que no sólo gustan del juego sino que lo prefieren, como sus padres, por ser menos arriesgado físicamente que el fútbol americano y el hockey sobre hielo, por mencionar dos de los cuatro grandes.

Algo de eso se evidenció en un mundial en el que los estadios lucieron casi siempre llenos. Subirse a esa ola incipiente, pero ya perceptible es pura ganancia, aun cuando el soccer no sea todavía pasión de multitudes y la realización de la Copa no haya alterado el pulso del país.

Como sea, Trump se montó, en modo patriotero, sobre esa popularidad en alza, pero especialmente entre la comunidad latina, en la que ese deporte sí manda.

Una comunidad, además, que puede alejarse de los republicanos por las violentas redadas migratorias de los últimos meses, que fueron seguidas con desasosiego incluso por las familias que tienen sus papeles en regla. El hecho no es para nada menor en varios estados que el oficialismo necesita pelear en las cruciales midterms de noviembre.

Pero hay algo más: las extremas derechas del continente conciben el ejercicio del poder como un espectáculo de desenfado y de connotaciones brutales. Como una forma de bullying.

Para Trump y otros –cada uno en la medida de sus posibilidades– se trata de mostrar capacidad de imponer condiciones y de subordinar a personas y organizaciones, incluso por encima de los argumentos. La narrativa no busca legitimar un derecho, sino simplemente una posibilidad. "Me impongo porque puedo".

Para eso, esa forma de la política no duda en injuriar y mancillar honras personales. Trump, por caso, no sólo trató de "sospechoso" y de deshonesto al árbitro brasileño Raphael Claus, sino que lo extorsionó con la revelación de ciertos secretos. La cuestión tampoco debe haberle gustado al "amigo" Gianni.

En el medio aparece otro rasgo común a todos los líderes del palo, desde Trump y Milei hasta Jair Bolsonaro y Abelardo de la Espriella: los delirios de grandeza y la búsqueda denodada de adulación.

Hasta el senador Ted Cruz, un halcón republicano de Texas, dejó atrás ciertas diferencias y le agradeció al presidente "en nombre de todos los estadounidenses, por haber eliminado esa ridícula tarjeta roja. Fue espectacular".

"Espectacular", claro. La política de las ultraderechas es una en la que el poder se exhibe, se desnuda en su arbitrariedad y se convierte en show.

Como dijo Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos, "el nuevo carnaval no atiende al sentido común, sino que despliega su propia lógica, más cercana al teatro que a las aulas, más deseosa de cuerpos e imágenes que de textos e ideas, más centrada en la intensidad narrativa que en la exactitud de los hechos. Una razón sin duda muy alejada de las abstracciones cartesianas, pero no por ello privada de una coherencia inesperada, sobre todo en lo concerniente a su manera sistemática de derrocar las normas consolidadas para proclamar otras de signo opuesto".

Pareciera que la "nueva derecha" se parece sospechosamente a la vieja.

Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.

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