"No son capaces de ir a verla a San José para decirle 'compañera, ¿cómo está?'", reprochó a quienes, a su entender, no acompañan la prédica de la unidad con la solidaridad suficiente. Kicillof, claro.
La disputa –a la vez de poder y personal– tuvo ayer una continuidad de difícil retorno en el Senado bonaerense cuando Sergio Berni no sólo atacó duramente a Verónica Magario, sino que señaló, justo antes de que esta le apagara el micrófono por exceso de uso del tiempo, que "el gobernador, desde su mirada de izquierda, escribía artículos de oposición a las políticas económicas de Néstor Kirchner. La (ex) presidenta le abrió la puerta, lo llevó como gerente de Aerolíneas (Argentinas), lo hizo viceministro de Economía, ministro de Economía...". Si se le hubiese ocurrido decirle "zurdo", se habría parecido incluso más al extremista de derecha que gobierna desde la Casa Rosada.
En tanto, para envidia de la oposición, Mario Ishii fustigó, fotos en mano, las políticas sociales de la administración provincial. Si quedaba algún puente en pie, resultó arrasado por el fuego.
Horas después de ese escándalo, Berni y Guillermo Moreno –dos admiradores de la primera hora de Victoria Villarruel y hoy redescubiertos como cristinistas acérrimos– abundaron en la prédica macartista en una charla en el streaming Doctrinarios, en la que se hizo explícita la amenaza de dejar al gobernador sin primaria y de partir al peronismo en la elección presidencial.
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Aunque por ahora limitado por la escasa potencia política de los dos personajes mencionados, el mensaje es transparente: Kicillof deberá pagar peaje en términos de poder compartido si pretende dar esa pelea con votos que CFK considera propios, pero que no puede defender por su inhabilitación judicial. ¿Avalarán Máximo Kirchner y, sobre todo, la expresidenta ese modo de subordinar el interés de una base en busca desesperada de alternativas?
La capacidad de daño de esa concepción al proyecto presidencial del economista sería enorme. Ante eso, este tal vez encuentre en la experiencia de Alberto Fernández razones para ni siquiera levantar el teléfono.
A esta altura, más que una cuestión de candidaturas –asunto con el que vuelve a tentarse Sergio Massa–, el peronismo tiene que definir algo más básico: si vota en una interna para mantener la unidad o si se fractura. Lo segundo, claro, sería prácticamente el pasaporte de Milei a la reelección.
El PRO al rescate
En tanto, el PRO, el radicalismo mainstream y los diputados que responden a los gobernadores amigos volvieron a auxiliar ayer a la extrema derecha en la sesión de la Cámara de Diputados que trató el pago de 171 millones de dólares a un grupo de holdouts y el Súper-RIGI.
Lo mismo ocurrió cuando, al fin instalada la sesión tras el fracaso del quorum del martes, Myriam Bregman volvió a la carga con la interpelación de Adorni con miras a un voto de censura. El resultado de 125 votos en contra y 105 a favor terminó con todo suspenso y dejó el caso definitivamente en tratamiento en comisiones.
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Ese, de hecho, había sido el resultado del contubernio del martes, que el PRO debió salir a aclarar con un comunicado nocturno de lectura difícil. Es que el partido de Mauricio Macri quiere cargarse a Adorni, pero sin confrontar a fondo con el presidente que lo sostiene.
Así, hace un equilibrio inestable entre el vía libre para que el Gobierno gane tiempo a la espera de que el fuego se aplaque y una estrategia de fondo que sigue siendo la diferenciación en términos éticos y que debería, en algún momento, terminar en un empujón final al evasor confeso.
¿Un "próximo paso" hacia dónde?
Es en ese sentido que hay que interpretar el doble juego de Macri –cuyo "próximo paso" no tiene por ahora rumbo claro– en la Adorni Week.
"El expresidente avanzó en dos frentes para dejar claro que no salvará al jefe de Gabinete. En el Senado, el titular de su bloque, Martín Goerling Lara, presentó un proyecto de interpelación. En Diputados, el bloque PRO votó a favor de un pedido de Maximiliano Ferraro, de la Coalición Cívica, para ponerle fecha al dictamen de los proyectos para interrogar al ministro coordinador", dijo en una nota publicada en Letra P el colega Mauricio Cantando.
"Esa moción no podía prosperar porque requería dos tercios, pero aun así alcanzó 122 votos favorables y 108 en contra, y quedó a siete votos de la mayoría de la cámara. En las comisiones, sus firmas pueden ser decisivas para llevar al funcionario al banquillo", añadió. Eso sí, después de haberle concedido tiempo valioso a Milei y a su desacreditado funcionario.
Acaso uno y otro disfruten de un mismo hecho derivado de ese zigzag: la desautorización flagrante a Bullrich, cabeza visible de la rebelión interna contra el jefe de Gabinete y quien quedó en un offside que no precisó de VAR para ser cobrado al plantear la anulación del informe de gestión previsto para el 2 de julio, postura que quedó desmentida –con aval de Karina Milei– en cuestión de minutos por el propio funcionario. La senadora, contaban ayer, volaba de furia.
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Tanto corte y quebrada del PRO es de lectura difícil para la ciudadanía: resulta expresivo que el cambio del clásico color amarillo haya mutado hacia un rosado-anaranjado difícil de definir. De ese modo, el centro –apenas geográfico– que Paolo Rocca le encomendó mandar a la cancha a Macri no hace más que desdibujarse.
Ocurre que eso era en abril.
Cuestión de confianza
La situación de Milei hoy es diferente: las encuestas comienzan a arrojar o bien una leve recuperación tras un comienzo de año muy malo o, cuando menos, una estabilización.
El Presidente encarna hoy mejor que nadie el voto antiperonista que tiene, como se sabe, un piso del orden del 40%. De hecho, su nivel de aprobación detuvo la caída en torno a ese nivel o acaso apenas un poco por debajo de él.
De ese modo, ceden las prevenciones de los ofendidos del Círculo Rojo, cuyas maquinaciones incluso perdieron buena parte de su razón de ser tras el acuerdo de paz que supuso la convalidación oficial de la compra de Telefónica por el Grupo Clarín con módicas condiciones de desconcentración. Al final, como podía intuirse desde el inicio, esa guerra con el multimedio –que persiste únicamente como un inofensivo tuit fijado– efectivamente era fuego de artificio.
El Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) de la Universidad Torcuato Di Tella, considerado un eficaz predictor del voto, arrojó este mes una recuperación del 3,9%, lo que puso fin a una escalera fatalmente descendente: -2,8% en enero, -0,6% en febrero, -3,5% en marzo y un brutal -12,1% en abril.
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El indicador, que se mide en una escala de uno a cinco y que por eso –aunque no sea lo metodológicamente correcto– es fácilmente pensable en términos porcentuales, arroja este mes una nota de 2,07. Esta es mayor, a igual altura de mandato, que las registradas por Macri, Cristina Kirchner en sus dos gobiernos y Alberto Fernández, y sólo inferior a la de Néstor Kirchner.
Es interesante repasar lo que ocurrió con los cinco ítems que conforman en ICG. Tres de ellos subieron: Eficiencia, 12,8%; Capacidad, 4,3%, y Preocupación por el interés general, 3,8%. En tanto, Evaluación general del Gobierno disminuyó un leve 0,5% y Honestidad ya no varió respecto de mayo.
¿Acierta Milei cuando piensa, en su afán misterioso por reivindicar las venalidades confesadas por su jefe de Gabinete, que ya pagó todo el costo político de esa porfía maloliente y que la sensibilidad social contra la corrupción oficial ya alcanzó su techo?
Todos los optimismos del Presidente
Todo vuelve al punto de inicio de esta edición de desPertar: Milei se beneficia por la falta de contrincantes. Así, regresan la euforia y la grandilocuencia, desplazando el estado de ánimo oscuro e irascible que describían sus contertulios en los meses y semanas anteriores.
Fue prueba de eso su discurso del martes a la noche en el territorio amigo –y financieramente opaco– de la Fundación Faro para la "batalla cultural".
En el mismo, el mandatario no dudó en ratificar la vigencia de "la moral como política de Estado" ante un auditorio en el que aplaudía, entre muchos otros funcionarios, Manuel Adorni. Sorprendente.
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Además, delineó un futuro económico brillante que influiría en lo electoral, habló de un "récord de consumo" sin entender las penurias de la coyuntura en términos del magro ingreso disponible de la mayoría de la población, vaticinó una recuperación de salarios y jubilaciones, despotricó contra el 95% del periodismo, y dio por segura su victoria sobre el kirchnerismo.
Por si tanto optimismo fuera poco, prometió que la deuda soberana obtendrá el investment grade, lamentablemente para él en la víspera de la decisión de Morgan Stanley Capital International (MSCI) de mantener al país en la categoría de standalone market –mercado aislado–, en lugar de promoverlo a "de frontera". En criollo: por lo menos por lo que resta del año, la Argentina de Milei seguirá jugando en la Primera D del mercado de deuda. Sí, cuarta división: ni grado de inversión ni emergente y ni siquiera fronterizo.
Pese a eso y a las dificultades del caso, es probable que en la previa electoral los salarios recuperen algo desde los niveles mínimos desde 2017 a los que los llevó el actual gobierno; nada cae para siempre.
Además, si la inflación –que este mes podría perforar el piso del 2%– siguiera bajando, las jubilaciones que ajustan por IPC pasado también se recuperarían. Con todo, mientras se mantenga congelado el bono que complementa los haberes mínimos, la licuadora seguirá prendida y triturando la calidad de vida de nuestros viejos mes a mes.
En ese escenario, ¿qué primaría? ¿La memoria de la derrota de los ingresos punta a punta bajo el plan de la extrema derecha o la recuperación en el margen y desde el subsuelo?
Nada de so parece importar, y el Presidente se relaja porque se sabe solo en el ring.
Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.