Venezuela: desastre natural, desastre provocado

En momentos en que Venezuela llora a muertos que se elevan a centenares, se desvela por heridos que suman millares y se desespera por desaparecidos que se cuentan por decenas de miles, el mundo –incluida la Argentina– se vuelca en ponderables promesas de ayuda humanitaria. Sin embargo, los desastres naturales son también políticos, toda vez que su impacto resulta más o menos trágico según sean las condiciones de vida de base de la sociedad que los padece. Toca hablar de Donald Trump.

"¡Estados Unidos está listo, dispuesto y capacitado para ayudar! He instruido a todas las agencias de nuestro gobierno para que se preparen para actuar rápidamente. Estaremos allí para nuestros nuevos y grandes amigos. "¡Los primeros informes no son buenos!", posteó el presidente de los Estados Unidos pocas horas después del desastre.

Delcy Rodríguez, la presidenta encargada desde el secuestro de Nicolás Maduro, agradeció el gesto –así como el de otros países– en el discurso en que declaró el estado de emergencia. Luego, posteó en X su reconocimiento tanto en inglés como en castellano.

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En la versión en español le dijo a Trump que "Venezuela nunca olvidará la mano tendida a nuestro pueblo en estas horas tan duras".

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Un país debilitado en su peor hora

El tamaño de la catástrofe justifica que todo el mundo acuda en auxilio de ese pueblo sufrido. Nada es suficiente cuando ni siquiera se sabe cuántas personas están atrapadas bajo los escombros en horas cruciales para devolverlas a la vida; cuando hacen falta equipos pesados para remover estructuras colapsadas y manos expertas para quitar obstáculos menores y llegar a los sobrevivientes; cuando es necesario contar con gran cantidad de rescatistas, médicos, paramédicos y enfermeros para atender cuadros que serán muchos y graves; cuando hacen falta perros bien entrenados para encontrar vidas que se están por apagar.

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Todo eso es más urgente en un país estragado por décadas de deterioro económico, sanitario y de infraestructura. Esa estrechez, lamentablemente, se traducirá en más vidas perdidas y en más sufrimiento que los inevitables.

Las responsabilidades de ese estado de cosas son múltiples, empezando por un régimen que acentuó todas sus ineficiencias y rasgos autoritarios desde la muerte de Hugo Chávez, y siguiendo por una persistente política estadounidense de acoso.

A Maduro le caben las culpas por una represión creciente, por la obtención de reelecciones en condiciones impresentables –como la última, en julio de 2024, cuyas actas jamás se molestó en presentar–, por haber malversado los logros sociales de los años de vacas gordas del petróleo caro y la "revolución bonita", y por haber precipitado al país a una recesión interminable que llegó reducir el tamaño de la economía a un cuarto de lo que supo ser.

Asimismo, por haber desatado un destructivo proceso hiperinflacionario que sólo se autolimitó como un régimen de alta inflación en base a una dolarización silvestre. De la mano de esto, una extensa crisis de escasez de bienes básicos que hoy sí aparecen, aunque a precios muchas veces prohibitivos, y que convirtió la vida en un calvario.

Ese estado de cosas generó un éxodo poblacional masivo, estimado en casi un 30% de la población del país y que se hizo especialmente agudo entre 2017 y 2019.

Claro que Venezuela arrastra también muchos años de sanciones estadounidenses.

Incluso antes de que Trump asumiera su segundo mandato a comienzos del año pasado, el país ya sufría por una gran cantidad de cepos impuestos desde Washington.

El bloqueo financiero le impedía renegociar su deuda en los mercados occidentales, sanciones severas contra la petrolera estatal PDVSA limitaban drásticamente las exportaciones de crudo, el congelamiento de activos en el exterior privaban a la nación de recursos propios. Mención aparte, por no afectar a la población, merecen las penalizaciones financieras y de visados para decenas y decenas de jerarcas políticos y militares del chavismo.

¿Cómo ponderar, entonces, las responsabilidades internas y las externas en la fragilización de un país, de una infraestructura y de una sociedad?

¿Sería injusto cuestionar hasta qué extremos llevó las cosas una épica revolucionaria que, sobre todo tras la muerte de Chávez, perdió su razón de ser?

¿De qué sirven ciertos enfrentamientos extremos si derivan solamente en un deterioro abrumador y de largo plazo de la calidad de vida de una sociedad?

Trump: bombero y pirómano

Con Trump de regreso en la Casa Blanca todo fue peor. La escalada de restricciones y actos de guerra que terminó con un bombardeo sangriento en Caracas y con la captura de Maduro fue combo concebido como un juego en el que la caída de Venezuela debía llevar a la caída de Cuba. En esto último anda ahora Washington.

Desde su asunción el 20 de enero de 2025, el magnate lanzó un crescendo impresionante que terminó en el secuestro de Maduro a comienzos de este año y en la subordinación de una cúpula chavista que extravió totalmente la retórica antiimperialista y desafiante. La que hoy –obligada– agradece. Algunas de esas medidas fueron:

  • La reversión de los permisos que Joe Biden había otorgado a petroleras estadounidenses –en especial Chevron– para extraer y exportar crudo venezolano.
  • Anuncio de aranceles punitivos del 25% a cualquier país o empresa extranjera que adquiriera petróleo a Venezuela.
  • La Armada estadounidense procedió a interceptar y bombardear lanchas en el Caribe –bajo el argumento de la lucha contra el narcotráfico–, y a confiscar la carga de buques petroleros que transportaran exportaciones no autorizadas desde Venezuela.
  • Finalmente, la acción militar directa que terminó con Maduro preso en Estados Unidos.
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Más allá de las responsabilidades propias, el chavismo domesticado que permanece en el Palacio de Miraflores dispone hoy, ante la tragedia, de herramientas muy limitadas, y la sociedad venezolana, de condiciones de vida más precarias para afrontar las calamidades de los próximos meses y años.

Ante eso, no queda más que agradecerle al pirómano que se ofrece como bombero. ¿"Venezuela nunca olvidará"?

Los "nuevos amigos" de Trump

En su posteo, Trump prometió ayuda a sus "nuevos y grandes amigos". La foto de Delcy Rodríguez flanqueada por su hermano, el jefe del parlamento Jorge Rodríguez, y por el ministro del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz Diosdado Cabello parece poco compatible con aquella definición. Salvo Maduro, los amigos de hoy son los mismos que ayer nomás eran enemigos.

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Cabello, cabeza del ala militar del chavismo, fue formalmente imputado en 2020 por el Departamento de Justicia ante una corte de Nueva York por cargos de narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y uso de armas de fuego. Además, el Gobierno estadounidense ofrece una recompensa de 25 millones de dólares por información que facilite su arresto. El jerarca vive en un virtual régimen de libertad vigilada que, tras lo ocurrido con Maduro, no le permite grandes gestos de rebeldía.

Así, la Venezuela ahora elogiada por Trump –tan poco democrática como la que antes acorralaba– agradece la ayuda estadounidense que, ante el doble sismo, alivia penurias agravadas por ese mismo gobierno. También deja pasar palabras humillantes del republicano –"hemos tomado su petróleo", gusta repetir– y posteos crueles –replicados oficialmente por la propia Casa Blanca– que mostraron a Venezuela como el "estado 51 de los EE.UU".

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Al menos ahora, cuando es tan necesario, llegará al país tutelado un paquete de auxilio valuado en 150 millones de dólares, que incluirá equipos de búsqueda y rescate, y apoyo logístico militar.

Milei, un buen gesto (y una de más)

Hay que ponderar también el envío de ayuda por parte del gobierno de Javier Milei. El nuevo vocero presidencial, Adrian Ravier, detalló en qué consistirá.

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La primera reacción oficial al desastre fue un comunicado de la Oficina del Presidente de la República que, aunque ponderable, hizo "una de más".

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Con medio de un tono elogiablemente empático, expresó "profunda solidaridad con el pueblo venezolano" y señaló que "nuestros pensamientos están con las familias afectadas y con los equipos de rescate y protección civil que trabajan sin descanso". Bien.

Sin embargo, no se privó de hacer autobombo de magnanimidad al indicar que "más allá de las diferencias que puedan existir entre nuestros gobiernos, el presidente Javier G. Milei extiende su mano en solidaridad al pueblo venezolano".

¿Hacía falta mencionar eso?

De alineamientos forzados y voluntarios

Esa mezquindad contrasta con las palabras cariñosas de Trump hacia una cúpula chavista o poschavista.

"Con las relaciones diplomáticas rotas desde 2024, el Gobierno activó contactos con la administración de Georgia Meloni para que la embajada de Italia en Caracas ayude a los inmigrantes venezolanos que residen en Argentina a dar con el paradero de sus familiares", contó Gabriela Pepe en una nota publicada en Letra P.

Dicha ruptura de relaciones carece de sentido en el nuevo estado de cosas, cuando Washington despliega una suerte de protectorado en Caracas. Es más, bajo esa tutela lo que queda del chavismo probablemente tenga los días contados hasta la realización de las próximas elecciones. Si nada se precipitara antes, estas deberían acontecer en 2030.

Entonces –se insiste: si nada cambiara antes– Trump ya no estará en el poder. Un sucesor de su palo seguramente impondría condiciones que le abrirían la puerta a una administración antichavista, pero también cabe preguntarse qué incentivo tendría un mandatario demócrata para revertir el tutelaje que se ha consagrado.

Aceptarlo, para el doblegado chavismo residual, es una garantía de supervivencia, aunque sea de corto plazo y extremadamente condicional. Es tal su precariedad que la incertidumbre sobre el futuro es su mayor beneficio.

Diferente es pensar el alineamiento canino con los Estados Unidos de Donald Trump de un país como la Argentina, que en el mileiato adquiere un cariz mayormente voluntario.

Podría decirse que el mismo le permitió al Presidente zafar de una crisis financiera muy grave que estaba por estallarle en las manos antes de las elecciones legislativas del año pasado. Eso habría significado, con toda probabilidad, derrota en esa cita y, tal vez, una hipoteca ilevantable en 2027. Con todo, esa ganancia fue de Milei, no de la Argentina.

La Cancillería logró en los últimos dos días sendos éxitos en la causa Malvinas.

Pablo Quirno obtuvo ayer un nuevo aval del Comité de Descolonización de la ONU para que el Reino Unido negocie con nuestro país el diferendo por la soberanía, ratificación del estatus colonial que rige sobre el archipiélago usurpado. Una primera curiosidad es que la moción, equivalente a la habitual, fue patrocinada con Chile, y secundado por Bolivia y tres bestias negras del Gobierno: Cuba, Venezuela y Nicaragua.

En tanto, el miércoles, la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) ratificó por amplísima mayoría su apoyo a la postura nacional. Segunda curiosidad: Estados Unidos sostuvo su postura de neutralidad, incólume a pesar de las reverencias del anarcocapitalista.

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Si, a la hora de la verdad, el alineamiento de Milei no le sirve para nada al país en su causa nacional más sentida, tampoco ayuda el proclamado con Israel.

En la OEA, Brasil –un amigo a prueba de desaires– puso el dedo en las llagas de la militarización del Atlántico Sur y en la explotación de hidrocarburos que impulsa la administración colonial de las Malvinas. Allí, en la cuenca Sea Lion, ya tienen planes de explotación la petrolera británica Rockhopper y la Israelí Navitas.

Benjamín Netanyahu ya avisó que su gobierno no apoya ese proyecto, que depende de una empresa privada. Otro neutral y otro beneficiario de un alineamiento inútil.

Que tengas un excelente fin de semana. Hasta el lunes.

la argentina del medio se hunde con adorni
Imagen generada con inteligencia artificial.

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