El presupuesto de Javier Milei excluye a la juventud
El proyecto oficialista ordena las cuentas, pero margina a ese sector. A 25 años de 2001, la salida no es que se vayan todos, sino que participemos todos.
"Vamos a tener que usar la tarjeta de crédito para comprar la comida, otra vez", dijo María mientras ordenaba las cuentas del mes, con una libreta abierta sobre la mesa de la cocina. Después soltó un suspiro: "Los 300.000 pesos que gastamos en el súper, los comemos en 15 días y los pagamos en cuatro meses".
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Del otro lado de la mesa la escucha Lucas, su hijo de 21 años. Rindió el ingreso a Ingeniería, pero tuvo que poner la carrera en pausa para salir a trabajar: reparte pedidos en bicicleta para una aplicación y con eso ayuda a pagar las cuentas de la casa. A veces, de noche, fantasea con irse lejos. Pero acá está su casa, su madre, su familia. Hace tres años, votó aJavier Milei por hartazgo. Hoy, sin saberlo, su futuro se discute en el Presupuesto 2027 que el Gobierno envió al Congreso.
Ese presupuesto hace con el país lo mismo que María con su libreta: dice qué va primero y a quiénes deja esperando afuera, en la puerta. Lucas está entre los segundos.
Hace tres años, antes de la elección general, escribí en Letra P que el humor social elegiría a Milei para cumplir la función de Sansón: una fuerza ciega y descomunal, capaz de derrumbar la estructura de un sistema de privilegios. Pero que esa fuerza para destruir no traía en sí misma un proyecto para reconstruir la Nación. El Presupuesto 2027 lo confirma: se demolió el gasto público, pero no se construyó un espacio común para vivir mejor.
TRIBUNA LETRA P
El proyecto de Presupuesto 2027 enviado por el gobierno de Milei al Congreso expone de manera brutal la necesidad que tiene, desde su llegada al poder, de destruir al país
La propia palabra presupuesto, de origen latín, significa "poner antes de”. Este presupuesto pone un orden ficticio antes que a las personas.
Ahí está el corazón del problema. Este presupuesto niega la posibilidad de ser a los que deja afuera de la casa común. Lo que pierde Lucas no es solo un título: se le niega la posibilidad de llegar a ser quien estaba llamado a ser. Y no la sufre solo él. La Argentina pierde un ingeniero, y con él los puentes que no va a diseñar. Un país que se acostumbra a esa pérdida termina negándose a sí mismo. Cuando un sueño no florece, es un jardín que se empobrece.
Empieza en el aula. Allí la inversión en Educación y Cultura cae al 0,77% del PBI: junto con 2025, el nivel más bajo desde 2005, según Chequeado.
Sigue en la universidad. Las casas de estudio reciben un 25% menos de lo que exige la ley de financiamiento que el propio Congreso sancionó. Y las becas Progresar, que podían sostener a Lucas en la facultad, perdieron tres cuartas partes de su valor desde 2023: hoy alcanzan a casi la mitad de los chicos que las recibían entonces. Lucas rindió el ingreso; pero el presupuesto no rinde para él.
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Obras públicas y fondos jubilatorios, otros reclamos
Más adelante, la ciencia que podría esperarlo como ingeniero recibirá apenas el 0,18% del PBI, menos de un tercio de lo que fija su ley. Y la función Trabajo, que incluye la capacitación laboral, cae un 2,2% descontada la inflación.
Cuando vemos la Salud, la que lo cuidará al él y sus hermanos, sin obra social: las vacunas caen un 26% en términos reales, según UNICEF y ACIJ.
Y al final del día, el sueño del techo propio, ese que tantas generaciones alcanzaron con trabajo y crédito, se aleja: el fondo para Vivienda y Urbanismo cae otro 1,3% y no hay un programa para que un joven llegue a tener una vivienda con el esfuerzo de su trabajo.
Además, la casa en la que vive hoy se vuelve más cara: la nueva ley de zonas frías le quita el descuento en el gas a millones de hogares.
Y termina en la vejez, donde lo espera lo que hoy viven sus abuelos: una jubilación mínima de algo más de $428.000 y un bono de $70.000 congelado desde marzo de 2024. Ni siquiera eso tiene asegurado: trabaja para una aplicación, sin aportes suficientes.
Un joven de 21 años que lee este presupuesto recibe un mensaje difícil de malinterpretar: estudiar es un lujo, investigar es un gasto y la casa propia es un sueño para otra generación.
No todos reciben el mismo mensaje. Mientras la familia de Lucas paga más por calentar su casa, el Gobierno impulsa ampliar el régimen de Inocencia Fiscal, que permite incorporar dinero no declarado sin consecuencias. A la familia que paga sus facturas se le retira el alivio; al que nunca declaró se le ofrece un perdón. Con la Ley de leyes también enseña le enseñamos a los jóvenes qué conductas premia un país.
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Ni Estado omnipresente ni mercado omnipotente
¿Cómo se sale de acá? No volviendo atrás. Durante años nos prometieron que un Estado omnipresente lo resolvería todo; hoy nos prometen que lo hará el mercado. Más de 50 años zigzagueando entre un extremo y otro sin resolver los problemas estructurales de la Patria nos confirman que ninguno es, por sí mismo, suficiente.
Lo que falta es el actor que casi nunca se sienta a la mesa: un pueblo libre y organizado, con sus cooperativas, clubes, parroquias y pymes. Cuando gobierno, mercado y comunidad conviven en armonía, ese pueblo organizado es el fiel de la balanza: el que garantiza que las cuentas tengan rostro y la continuidad en la soluciones.
Hay señales de que es posible. En Córdoba, el programa Constructores de la Casa Común une a una fundación, a empresas y al Estado para que jóvenes a los que nadie esperaba aprendan un oficio y hagan prácticas laborales reales. Multiplicar esas experiencias cuesta mucho menos que resignarse a perder una generación.
Un sueño a diez años
Lucas no puede seguir esperando su turno, y la Argentina tampoco. Un país no se reconstruye con ciudadanos que esperan, sino con un pueblo que se organiza para asumir la responsabilidad que a cada uno le toca.
El orden fiscal es otro. Es un acierto que conviene sostener entre todos, gobierne quien gobierne. Pero el mismo consenso que se pide para cuidar el superávit hace falta para cuidar el futuro.
Un presupuesto dura un año; reconstruir la casa común exige imaginarla a diez, con un acuerdo de largo plazo que fije las prioridades que ningún gobierno pueda borrar de un plumazo: que nadie pase hambre en esta tierra bendita del pan; que todo joven pueda estudiar o trabajar, según sus actitudes e intereses; que trabajar alcance para llegar a fin de mes y aspirar a una vivienda digna y a un sistema de salud eficiente y que nuestros mayores vivan con dignidad.
¡Que vuelva a ser cierta la vieja promesa argentina: que el que estudia y trabaja puede vivir mejor que sus padres!
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En diciembre se cumplen 25 años de 2001. Aquella vez la consigna fue "que se vayan todos". Hoy tiene que ser otra: participemos todos en la reconstrucción de nuestra casa común.
Y hay que empezar por lo propio. Ninguna madre deja de alimentar a sus hijos para que le cierren las cuentas; María prefiere pagar la comida en cuotas. Tampoco un presidente debería hacerlo con el futuro de los suyos.
La fuerza de Sansón alcanzó para voltear el edificio. Levantar uno nuevo no lo hace un hombre solo: lo hace un pueblo que se pone de pie, cada uno en su tramo.
Esa noche, María cerró la libreta y Lucas volvió a salir en bicicleta. Ninguno de los dos va a leer el presupuesto, pero los dos van a vivir dentro de él. Que Lucas no tenga que soñar con irse depende de un esfuerzo mutuo. Reconstruyamos juntos la Argentina.