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COMBATIENDO EN CAPITAL

Horacio Rodríguez Larreta & peronismo, una sociedad de socorros mutuos porteña en exploración

La caída de JxC reordena la Ciudad y empuja al exalcalde a analizar un acuerdo con el PJ, que debate cómo ampliarse sin perder identidad ni detonar una interna.

La decisión del jefe de Gobierno, Jorge Macri, de buscar su reelección en la Ciudad de Buenos Aires fuerza un reordenamiento del sistema político porteño. La posibilidad de un adelantamiento electoral agita la discusión sobre alianzas entre el peronismo y Horacio Rodríguez Larreta, dos actores que, por distintas vías, consideran que el PRO está en su ocaso.

Más allá del anuncio anticipado de Jorge Macri —con el que busca, además, ordenar al PRO—, lo que realmente lo distancia de su exsocio es el endurecimiento discursivo contra la gestión larretista. En el entorno de Larreta consideran que esa retórica vuelve inviable cualquier negociación que conduzca a una primaria con él, que ya había explicitado su intención de volver a Uspallata. Sin unas PASO competitiva posible, el exalcalde queda obligado a construir una alternativa por fuera del macrismo.

Ese corrimiento abre un escenario de ingeniería política compleja. El larretismo empieza a explorar cómo consolidar un armado amplio, con anclaje progresista y una identificación de centro, donde entran fácilmente quienes formaron parte de Juntos por el Cambio (JxC), pero no tanto el peronismo, o al menos una parte de él, ya que Larreta plantea como condición evitar cualquier identificación directa con el kirchnerismo. Ahí aparece el primer límite estructural.

Un puente condicionado: Larreta y el peronismo porteño

El peronismo porteño no es un bloque homogéneo y esa es, al mismo tiempo, su fortaleza y su problema. Por un lado, el sector que articula Juan Manuel Olmos, que empuja una estrategia de ampliación con vocación de poder, a partir de un diagnóstico que afirma que con Jorge Macri el PRO no volvería a ganar las elecciones. En esa definición, promueve una estrategia más localista, que se expresó el año pasado en Es Ahora Buenos Aires, la denominación que adoptó el peronismo en la pelea porteña con la candidatura de Leandro Santoro.

Por el otro, una vertiente con fuerte identidad kirchnerista, referenciada en la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y el senador Mariano Recalde, con peso propio en la estructura política y electoral de la Ciudad de Buenos Aires, que plantea promover alianzas sin afectar su identidad política.

Esa dualidad es el núcleo del problema. Para Larreta, un acuerdo con el peronismo puede ser la vía para recuperar centralidad, pero sólo si logra evitar quedar subsumido en una identidad kirchnerista. Para el peronismo, en cambio, la disyuntiva es distinta: cómo ampliar su base sin diluir la cohesión alcanzada ni vetar a sectores internos que forman parte de su volumen político real.

Volumen propio, interna postergada y disputa por la identidad

Hoy el peronismo, bajo la referencia legislativa de Fuerza por Buenos Aires, tiene una ventaja relativa clave: es la primera minoría en la Legislatura, donde controla 20 de las 60 bancas y tiene capacidad real de bloquear o habilitar mayorías. Sin embargo, la experiencia reciente también marca un límite. El desempeño de Leandro Santoro consolidó un piso alto, aunque por debajo de las expectativas, y dejó abierta la incógnita sobre el techo electoral del espacio en la Ciudad de Buenos Aires.

Ese debate no es abstracto y empieza a expresarse en decisiones concretas. La postergación de la interna partidaria para diciembre y la discusión sobre la reforma de la carta orgánica del PJ porteño forman parte de ese mismo dilema: qué identidad debe asumir el peronismo y quiénes van a conducir ese proceso.

Ahí conviven al menos tres posiciones. Una, que empuja una opción más desideologizada, orientada a ampliar la base electoral. Otra, que propone una reivindicación más explícita de la experiencia kirchnerista, aun a riesgo de acotar las posibilidades de crecimiento. Y una tercera vía, que gana terreno en algunos sectores: sostener la centralidad del peronismo como fuerza mayoritaria y, desde esa posición, fijar las condiciones para cualquier eventual alianza.

En ese marco, la figura de Larreta vuelve a aparecer como una pieza posible, pero no definida. Para un sector del peronismo, su incorporación podría aportar volumen en segmentos medios y moderados que resultan clave para disputar un ballotage. Pero, sobre todo, podría suplir un déficit concreto: la falta de una figura capaz de “pescar fuera de la pecera propia”.

Para otros, la lógica es inversa: los buenos resultados cosechados el año pasado por el peronismo corren el riesgo de diluirse si se abraza una opción más blanda, con reminiscencias del Frente de Todos.

Un tablero de tres tercios y el factor libertario

El escenario se completa con la irrupción del presidente Javier Milei como un actor que rompe la lógica histórica del voto porteño y obliga a todos a correrse de sus zonas de confort. La Libertad Avanza se proyecta como un competidor central en la Ciudad de Buenos Aires y tensiona tanto al PRO como al peronismo.

En ese esquema de tercios —PRO, peronismo y La Libertad Avanza—, la construcción de mayorías deja de ser lineal. La hipótesis de un ballotage competitivo empieza a depender menos de la identidad pura de cada espacio y más de su capacidad de articular alianzas con figuras representativas del imaginario porteño.

Un PRO golpeado, pero con puentes abiertos

En ese tablero en reconfiguración, el PRO no desaparece, pero tampoco logra mostrarse como un bloque compacto. La conducción de Jorge Macri arrastra el desgaste de la gestión y la fragmentación del espacio, pero mantiene abiertas líneas de diálogo que funcionan como red de contención política.

Por un lado, hay un acuerdo sólido con el radicalismo, en buena medida a través de Daniel Angelici, que mantiene alta capacidad de articulación en la Ciudad de Buenos Aires. Por otro, el oficialismo sostiene vínculos con figuras como Graciela Ocaña y, más silenciosamente, con el propio Larreta, con gestualidades que pasan debajo del radar.

Esa relación, aunque tensionada en lo discursivo, no está completamente rota. En el último tiempo, la gestión porteña incorporó funcionarios con terminal política en el larretismo, una señal de que, más allá de la confrontación pública, subsisten puentes de convivencia dentro de lo que fue Juntos por el Cambio.

El resultado es un oficialismo que llega debilitado a la discusión electoral, pero que todavía conserva herramientas para incidir en el armado de alianzas. En ese equilibrio inestable, el PRO puede no ser hoy el eje ordenador del sistema político porteño, pero sigue siendo el actor que maneja el Ejecutivo y buena parte de los organismos de la Ciudad de Buenos Aires.

La resolución de ese entramado definirá no sólo si la Ciudad de Buenos Aires entra en una etapa de alternancia después de casi dos décadas, sino también bajo qué condiciones podría construirse esa alternativa: si a partir de una convergencia amplia entre espacios hoy enfrentados o si el sistema vuelve a ordenarse en torno a identidades más duras que, hasta ahora, mostraron límites para imponerse por sí solas.

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